Crítica: La deuda (2019), de Gustavo Fontán

La deuda (Argentina / España – 2019)

Dirección: Gustavo Fontán / Guion: Gustavo Fontán, Gloria Peirano / Producción: Lita Stantic, Pedro Almodóvar, Agustín Almodóvar, Esther García, Silvana Di Francesco / Fotografía: Diego Poleri / Arte: Alejandro Mateo / Sonido: Abel Tortorelli / Montaje: Mario Bocchicchio / Intérpretes: Belén Blanco, Marcelo Subiotto, Leonor Manso, Edgardo Castro, Andrea Garrote / Duración: 74 minutos.

MERODEO CAPRICHOSO

Mónica fuma en la puerta de su trabajo, mientras se distinguen colectivos, autos y transeúntes. Luego, el portón del garaje se abre y el vehículo pronto se pierde junto a los demás. Algunos minutos más tarde, ella tira el cigarrillo y sube las escaleras hasta la oficina. La cámara fija pone en evidencia dos tiempos diferentes y simultáneos. Por un lado, el movimiento del tránsito y de los ciudadanos –tanto dentro del cuadro, aunque recortado, como por fuera gracias al sonido ambiente que completa la escena–; por otro, la suspensión temporal encarnada en la mujer y en los futuros vagabundeos nocturnos. Un juego sostenido a lo largo de La deuda para desnudar los aspectos más sombríos, ocultos y solitarios pero que, por momentos, parece arbitrario.

El instante clave es la culminación de la jornada laboral ya que la parsimonia del ámbito interno se mezcla con el último ajetreo del día fusionándose en un aparente silencio a medida que se oculta el sol. Allí no sólo convergen ambas temporalidades, sino que se afianzan mediante al recorrido de la protagonista como una suerte de flâneur bajo la excusa de juntar la cantidad de plata que tomó sin consultar. A diferencia del término francés, el circuito no resulta azaroso o sin rumbo, sino un encadenamiento de lugares entre la capital y el conurbano que la vinculan con los otros personajes: la casa de la hermana, la suya, la de un antiguo amor o de un amor que nunca fue, el hospital o el casino; todos ellos conectados por diferentes medios de transporte para subrayar la contemplación urbana y sensorial. Sin embargo, ese merodeo pierde el valor metafórico o poético convirtiéndose en algo rebuscado o impuesto.

La ciudad, entonces, adquiere los mismo rasgos elípticos que los demás y precisa de los otros para ser investida de sentido. En este punto resulta muy interesante el uso del fuera de campo puesto que no sólo habilita a los espectadores a reconstruir lo no dicho, sino también a imaginar gestos o acciones posibles de aquello que no ven pero escuchan. Tal es el caso de la charla entre Mónica y el hombre en el coche con la mirada puesta en los carteles de publicidad, los camiones o la autopista. Ocurre lo contrario con el despliegue de los espacios. Nadie parece habitar en ellos; por el contrario la forma de circular o utilizarlos, el contacto con los elementos, la decoración y hasta las luces realzan cierta artificialidad, distancia y apatía. Todos actúan como no lugares o sitios de tránsito.

Si bien se muestran a los personajes fragmentados, Gustavo Fontán deja en claro dos reincidencias de la protagonista: la sustracción de dinero y el ataque de asma. Estas características son las únicas dos certezas detalladas en el filme, mientras que hacia el final trabaja en espejo desde el aspecto así como en lo narrativo.

Con el amanecer, el exceso de tonos azules empieza a disiparse. El clima hostil que amenazaba con dominar todo rasgo de la condición humana da lugar a nuevas alternativas, mientras que el detenimiento temporal vuelve a descomponerse para generar dos corrientes simultáneas y distintas. Hora de saldar la deuda.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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