Crítica: La amante (2016), de Mohamed Ben Attia

La amante / Hedi (Túnez, Bélgica, Francia, Qatar, Emiratos Árabes – 2016)

Dirección y Guion: Mohamed Ben Attia / Fotografía: Frédéric Noirhomme / Edición: Azza Chaabouni, Ghalia Lacroix y Hafedh Laridhi / Intérpretes: Majs Mastoura, Rym Ben Messaoud, Sabah Bouzouita, Hakim Boumsaoudi / Duración: 93 minutos.

OASIS

¿Hasta qué punto una persona conoce a otra? ¿Y a sí misma? ¿En qué medida un sueño no es más que un proyecto que necesita de cierta consistencia para volverse posible? Estas preguntas irrumpen en la esquemática vida del protagonista y ponen en duda tanto el mandato social como su búsqueda personal. Porque, en definitiva, lo único que Hedi tiene en claro es que le gusta dibujar historietas y debe hacerlo en secreto, como algo oculto. Entonces, ¿qué es lo que realmente espera de su vida?

Frente a una mostración rutinaria del joven de 25 años y agente comercial de Peugeot, la ópera prima del tunecino Mohamed Ben Attia trabaja tres fases de la mujer: la madre, como cabeza familiar luego de la muerte del marido y fuerte parámetro de la tradición; la novia, en tanto figura que obedece los preceptos sociales y carece de deseos propios y la amante, como encarnación de autonomía, experiencia, liberación y cierta fugacidad porque ella trabaja de bailarina en el hotel donde se conocieron (él fue a Mahdia por trabajo) y cambia de paradero de forma constante.

Las dos primeras lo restringen desde el deber ser, los mandatos sociales, la falta de conocimiento del otro o, incluso, de ambición propia; mientras que Rym lo envuelve en su “rebeldía” de presentarse ante el mundo como espíritu libre que disfruta de cada momento.

En La amante, se pueden asociar las construcciones de las mujeres de acuerdo a los espacios dónde se desenvuelven o que habitan, puesto que la madre se encarga de la casa y de todos los arreglos de la futura boda de Hedi, la novia vive con sus padres y debe salir a escondidas para verse con su prometido en el auto y la amante no tiene un sitio propio, ella está en constante pasaje. De hecho, el director plasma dos espacios bien diferenciados: el que sería catalogado como “real”, ordinario, de trabajo o familiar y uno con tintes oníricos, en esa suerte de micro-hábitat del hotel, las habitaciones, la playa o los paseos por la ciudad, donde la experiencia en sí misma simula una ilusión.

Más allá de esto, el protagonista nunca termina de constituirse más que como hombre estructurado y amante del cómic, ni siquiera cuando está con Rym o en las escenas del final con la madre y el hermano mayor. Porque si bien hay destellos o decisiones que lo alejan de los parámetros establecidos por la cultura y la sociedad, a final de cuentas Hedi tampoco entiende cómo transformar el sueño del cómic en un proyecto efectivo como le dice Rym. Entonces, la fortaleza del discurso de independencia, complicidad o conocimiento con el otro y consigo mismo queda sujeta a ese micro-hábitat del hotel, como si se tratara de una fantasía, un deseo o la propia puesta en cuestionamiento para develar el preciado secreto que queda desdibujado en el aire: ¿qué es lo que quiere hacer de su vida? O ¿cómo es Hedi en realidad?

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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