Crítica: Joel (2018), de Carlos Sorín

Joel (Argentina – 2018)

Dirección y Guion: Carlos Sorín / Fotografía: Iván Gierasinchuck / Edición: Mohamed Rajid / Intérpretes: Victoria Almeida, Diego Gentile, Joel Noguera, Ana Katz / Duración: 99 minutos.

Han pasado 33 años desde aquel filme radical que dejó una huella en el cine argentino, La película del rey (1985), y el septuagenario Carlos Sorín entrega su noveno filme como realizador vigente en su tierra.

Joel es una historia en su apariencia y varias otras a la vez escondidas entre los personajes y los puntos de vista con la que puede ser abordada. La historia directa y explícita narra como un matrimonio de treinteañeros que viven en un pueblo de la Patagonia reciben la noticia de que les ha sido designado un hijo adoptivo en guarda provisoria, algo que esperan claramente hace largo tiempo. Hay miedos y ansiedad, pero ante todo la fantasía de ejercer lo que ellos creen es y será el acto de la paternidad. Pero este niño llamado Joel, no es un infante de 4 años níveo y angelical como un invento de Disney. Ya ha cumplido 9 años, ha nacido en el conurbano bonaerense, es huérfano y con un tío en prisión hecho que lo ha dejado sin tutores de ningún tipo. Joel no mira como si la realidad fuera un sueño feliz, mira como quien ya vio muchas cosas de este mundo hecho de puro desamparo.

La trama se explaya sobre esta familia en construcción y todo gira sobre la tarea de inserción de Joel en este cuadro familiar y en ese pueblo pequeño del sur. Cecilia y Diego ponen en juego lo que creen es ejercer el rol de padres dejando ver los prejuicios que ambos tienen sobre este niño lleno de marcas del pasado. Lejos de ser una página en blanco Joel es una pequeña historia viviente compleja y singular.

Cecilia se dedica a dar clases de piano y a las tareas del hogar, su imagen es casi al extremo la de una madre que pareciera dulce y contenedora, blanda y emocional. Pero más que eso en ella se evidencian las marcas de modelo maternal lleno de preconceptos sobre lo que el niño debe ser o no debe ser, lo que le debe gustar o no, lo que debería ser Joel y no lo que él es. Un pasaje muy significativo es cuando ella le dice a Diego -en una escena diurna en la plaza mientras Joel se hamaca solitario- “No debemos hablar de su pasado, ahora es todo borrón y cuenta nueva”.

La forma de la maternidad no aparece como un gesto de amor a otro que es “otro” y a quien buscamos guiar en este espacio llamado realidad, Cecilia lo plantea como el acto de domesticar, palabra que infiere más a la idea de civilizar lo salvaje o humanizar lo animal. Con suave mano firme la joven madre en construcción intenta doblegar las resistencias del niño como si allí se jugara toda la magnitud de la tarea de la crianza. Y obvio, Cecilia hace lo que la sociedad le ha enseñado que debe hacer una madre en la llamada “institución familiar”.

Diego, que trabaja en el bosque fuera de la casa, cumple un rol de mediador involucrado en la educación tanto ejerciendo el control sobre los hábitos del niño como buscando un nexo de identificación que lo pueda hacer parte de su vida de padre para poder sentir realmente que Joel podría ser su hijo. De lo poco que habla Joel sale un día el dato que certifica su fantasía al niño no le gusta el fútbol como el resto de sus pares, a él le gusta el taekwondo, deporte que Diego practicó durante toda su juventud “es que le va a dar disciplina y confianza en sí mismo” le dice a su mujer cuando descubre la potencial conexión entre ambos. Diego es en especial quien se preocupa por preservar la imagen que llega de ellos al pueblo, allí donde vive y trabaja deben mostrarse respetuosos de la mirada de los otros, una moral determinante de la institución familiar más tradicional.

Pero Joel es singularmente no tradicional, tiene más carencias que certezas, más preguntas que conocimientos escolares, y un pasado que no coincide ni con el piano que hay en la casa, ni con la lecto escritura obligatoria, ni con las reglas de las buenas costumbres burguesas. Joel no sabe como unir este presente de familia tipo con camioneta y hora fija para la cena con el celular robado que guarda en un cajón, la foto de su abuela y un encendedor de quien sabe qué cosa habrá encendido con él. Y claro de su pasado no hay relato porque de eso no se habla”.

El pueblo oscila entre idolatrar a la pareja de buenos samaritanos que han adoptado un niño de casi una década a pasar al otro polo entrando en un terreno de tensión por la presencia perturbadora del niño diferente, y por distinto, peligroso para el establishment social.

La película permite en su lectura que nos quedemos en la superficie humanitaria y noble de una historia de adopción y de inclusión donde una pareja lucha por consolidar una familia y ser reconocidos como pares en su micro mundo. Pero esa es la parte más obvia del filme, la apuesta arriesgada es encontrar la crítica a las instituciones que aún hoy intentan mantenerse en pie con recetas caducas. Y no solo la familia en su versión más esquemática se percibe vetusta, sino también otro gran paradigma de la infancia y del ideal de aprendizaje: la escuela.

La película inquietante es otra, es la de la imposibilidad de los padres de ser padres en el sentido más amplio de la palabra. Como los griegos intentaron definir el amor familiar “ágape” que habla de un ideal de amor hacia el otro, pues no solo de reglas vive el hombre ni solo con ellas se construye una identidad. Y junto a ese imposible modelo parental cohabita la imposibilidad de la institución educativa que no alcanza a ser un espacio libre, de aprendizaje y de integración.

Para cerrar vuelvo al inicio de la película que expone el filme en una de sus primeras escenas en la que la jueza recibe a la pareja de adoptantes y les repite una frase que de tan dicha tal vez habrá quedado vacía de sentido, pero no por eso es menos verdadera y necesaria: “Acá lo prioritario es el niño. Nosotros buscamos padres para un niño y no un niño para unos padres”.

Por Victoria Leven
@levenvictoria

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