Crítica: Hit The Road (2021), de Panah Panahi – MDQFF36

Hit The Road / Jaddeh Khaki (Irán – 2021)
Cannes 2021: Quincena de los realizadores
Mar del Plata 2021: Astor de Oro a la Mejor Película de la Competencia Internacional / Premio del jurado ecuménico

Dirección y Guion: Panah Panahi / Producción: Jafar Panahi, Panah Panahi, Mastaneh Mohajer / Música original: Peyman Yazdanian / Fotografía: Amin Jafari / Montaje: Amir Etminan, Ashkan Mehri / Intérpretes: Pantea Panahiha, Hasan Majuni, Rayan Sarlak, Amin Simiar / Duración: 93 minutos.

Al comienzo de la película, vemos al principal protagonista, un auto. Panahi se carga la tradición de un cine que consagró los viajes como una forma de enfatizar la mirada, homologando las ventanillas con las pantallas, y este caso no es la excepción. En varios pasajes, asistimos a la perspectiva de los personajes como si fueran espectadores, y al mismo tiempo, miramos con ellos aspectos de una realidad que pocas veces es interferida por el montaje. Adentro del auto viaja una familia con algunas disfuncionalidades. A medida que el viaje avance, descubriremos algunos de los motivos de su huida hacia la frontera con Turquía. Pero mientras tanto, conoceremos a un padre huraño con el pie enyesado, una madre afectada por el destino de su hijo mayor (que conduce el móvil) y un pequeño con trastornos de ansiedad que no par de hablar y de moverse. Nunca está claro cuál es el drama del clan, pero ciertos gestos, reproches y palabras dejan entrever un conflicto de base. Pero, a diferencia de otros cineastas mayores de Irán, no es exclusivamente la veta realista la que predomina. Ya desde el comienzo la música de Schubert marca una atmósfera destinada a poner las cosas en el imaginario de la fábula y a superponer los niveles intradiegéticos con los extradiegéticos, recurso que se confirmara posteriormente en algunos excesos musicales (da la sensación de que la cuota kitsch en gran parte del cine contemporáneo intenta cubrir baches). La madre, semidormida, pregunta “¿dónde estamos?”, y el pequeño responde “estamos muertos”. Y el tono de la película busca por momentos generar esa sensación. ¿De dónde vienen, a dónde van? Mientras tanto, es el tiempo del viaje, de la road movie, con paradas de acción, de humor, de fatalidad, de suspensión emocional, de abrazos y reclamos. Y la película también es un compendio de escenas que van desde el registro a lo lejos de un paisaje en el anochecer, que invita a descubrir qué ocurre en situaciones dramáticas, hasta pasajes más íntimos que preparan el horizonte de llegada.

La inclusión de un niño tan particular es otro signo que emparienta a este filme con la tradición de un país que nos ha regalado lo mejor sobre cuestiones de la infancia. Si bien existen partes un poco forzadas y sobreactuadas, no deja de inyectarle a la historia un soplo de aire fresco, principalmente para levantar esos momentos donde el temor ante el destino del hijo mayor, Farid, se homologa a esos cielos con nubarrones que Panahi registra en los parajes montañosos. Como si fuera una sinfonía musical, tenemos etapas emocionales cambiantes. Y en este sentido, también como en la música, los silencios serán tan importantes como las palabras.

Por último, la idea de tránsito, que atraviesa diversas aristas. En primer lugar, el tránsito genérico por diferentes moldes que van de la comedia costumbrista al drama con tintes oníricos y poéticos; por otro, los cambios en la vida misma y en el seno de una familia, lidiar con la resignación y el dolor cuando “hay que soltar” para que los hijos vuelen. Al final, hasta el auto es esa especie de hijo que debemos soltar también para habilitar otros sueños.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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