Crítica: Green Book (2018), de Peter Farrelly

Green Book (Estados Unidos – 2018)

Dirección: Peter Farrelly / Guion: Nick Vallelonga, Brian Currie, Peter Farrelly / Producción: Jim Burke, Brian Currie, Peter Farrelly, Charles Wessler / Música original: Kris Bowers / Fotografía: Sean Porter / Montaje: Patrick Don Vito / Intérpretes: Viggo Mortensen, Mahershala Ali, Linda Cardellini, Sebastian Maniscalco, Maggie Nixon, Dimiter Marinov, Jenna Laurenzo, Mike Hatton, Suehyla El-Attar / Duración: 130 minutos

La segregación racial hace tiempo que le ha funcionado a Hollywood para lustrar su imagen y así poder exhibir su indiscutible corrección política. Por eso, la entrada de Green Book a la lista de los premios Oscar no sorprende a nadie, es más, era hasta predecible. Estamos ante una película sin bordes, de manual. Una película hecha por ese compañero que aprueba todo con diez estudiando de memoria. Una película sin riesgos, que conoce bien qué es lo que a los premios (o a ese tipo de premios) les gusta, y así y todo, Green Book consigue no solo eso, sino que de verdad entretiene. Conocido por haber dirigido las dos entregas de Tonto y Retonto, Peter Farrelly consigue -para suerte de todos- alejarse de esa gracia estúpida y escatológica típica de la Nueva Comedia Americana y del gag instantáneo, vacío, que supo ser siempre su arma fácil, para adentrarse en una odisea que, con el humor como vehículo, retoma el eje del racismo. La historia es una suerte de biopic abreviada de la relación entre Don Shirley, un experimentado pianista afroamericano, y Tony Vip, un ex patovica de un bar neoyorquino, quien es contratado como su guardaespaldas personal durante una gira por el sur de los estados Unidos, durante 1962. Como varias buddy movies el contraste de personajes es lo que motoriza el relato. Mientras Viggo Mortensen comanda el humor con su papel de italoamericano bruto y elemental, un personaje que parece salido de una mala copia de alguna de gánsteres de Abel Ferrara o Martin Scorsese, Mahershala Ali y ese rostro sufrido (convertido desde la premiada Moonlight en su marca registrada) le otorgan el costado más profundo y sentimental, el lado b.

Lo acartonado y caricaturesco que podría ser Mortensen, reforzado por esa pronunciación intencionalmente mala del italiano, se extiende hacia su forma de ver el mundo. Para él la comunidad negra es como un equipo de fútbol en el que todos escuchan Little Richard, Aretha Franklin y su comida preferida es el pollo frito. Hasta se anima a responderle a Shirley que no conoce nada de los “suyos”. Esa ignorancia es lo que causa risa. El humor de Farrelly se rige bajo la fórmula de invertir los roles del estereotipo. Es decir, si a lo largo de la historia del cine los negros fueron retratados mayormente como los brutos, los básicos, los bárbaros, como los choferes, los empleados, los asistentes del hombre blanco, Green Book cuestiona estas construcciones dando vuelta el tablero. Shirley le enseña a su guardaespaldas de dicción, de buenos modales, lo ayuda en la escritura de una carta a su mujer. En una palabra lo educa a vivir en sociedad. Si bien el personaje interpretado por Viggo Mortensen es mostrado en un inicio como alguien que por su racismo, es incapaz de beber agua del mismo vaso que un afroamericano, el filme ridiculiza, humilla, se ríe de su prejuicio. Sin embargo, hay veces en que la ignorancia se confunde con inocencia. Hay una suerte de mirada enternecedora en las actitudes ingenuas de Tony Lip que lo acompaña hasta su total conversión, erigiéndose al final como el héroe de la película. Sin sus músculos y su presencia, sin su figura de white survivour el pianista no hubiese podido dar ni un concierto. Tal vez ni siquiera hubiese sobrevivido. Ríamosno, pero después agradezcamos.

En 1956 Don Shirley publica Orpheus in the Underworld, una obra musical inspirada en aquel personaje de la mitología griega que descendía al inframundo y apaciguaba las almas de las fieras con el sonido de su lira. El tour por el Deep South, de algún modo, puede ser leído en esa misma clave: un artista negro que al sentarse frente al piano atenúa todo el racismo existente en su público. Eso sí: siempre y cuando esté en el escenario tocando y entreteniendo a la gente porque al bajar, una vez que el show termina, el mundo continúa igual de apestado. A medida que se van hundiendo en los estados del sur la segregación racial aumenta, la policía los hostiga más, un vendedor no le permite a Shirley probarse un saco, incluso se le prohíbe a cenar en el mismo salón que a su propio público. Y no solo eso, el largometraje también expone la discriminación que el músico sufre por parte de la comunidad afroamericana. El traje, sus modales refinados, ese porte bohemio e intelectual son mal vistos por aquellos que comparten su color de piel pero no sus privilegios. Si el arte fuese reflejo del artista, las composiciones de Shirley concentran esta crisis identitaria. Sus canciones suenan a jazz, aunque también flota cierta influencia de la música clásica, sin terminar siendo ni una ni otra. “No soy lo suficientemente negro ni lo suficientemente blanco ¿Qué soy?” vocifera desnudando lo que los ojos de Tony, el único en captar la sensibilidad del artista, ya sospechaban: una tristeza que explica su alcoholismo y su personalidad reacia. Una profunda soledad e incomodidad con el mundo que excede la cuestión de la piel y alcanza a todo humano.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

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