Crítica: Enterrados (2018), de Luis Trapiello

Enterrados (España / Argentina / Venezuela – 2018)

Pre estreno exclusivo a través de la Plataforma CINE.AR

Dirección y Guion: Luis Trapiello / Música: Ernesto paredano / Fotografía: Lucio Bonelli / Intérpretes: Joaquín Furriel, Candela Peña, Paula Prendes, José Antonio Lobato, Manuel Pizarro / Duración: 102 minutos.

Joaquín Furriel interpreta a Daniel, un ingeniero argentino que trabaja para una mina de carbón en Asturias. El vaciamiento alarmante del recurso lleva a que el dueño de la empresa le encomiende la tarea de bajar por primera vez al pozo con el fin de inspeccionar una galería en desuso que, se sospecha, todavía podría ser explotada. En este viaje a las profundidades lo acompañan dos mineros experimentados, uno de ellos a punto de retirarse, lo que anticipa cierta crispación entre aquel que conoce la técnica y los que viven la práctica. De la introducción en descenso a la explosión del conflicto no pasan más que diez minutos. Una vez que arriban al espacio de trabajo, un derrumbe de tierra y piedra cae con fuerza, encerrándolos y obstruyendo cualquier vía de escape. Al aislamiento se le suman otras dos personas que se encontraban cavando en una zona contigua, de las cuales, una de ellas morirá rápidamente agregándole la primera cuota de dramatismo a la situación. A diferencia de lo que podría ser una típica película de catástrofe, apenas sucede el desmoronamiento, la acción se detiene por completo. Al constatar la imposibilidad de salir por sus propias fuerzas, las víctimas -salvo Daniel que es el más inquieto de los cuatro- bajan los brazos quedando a la espera de que alguien allá afuera se le ocurra bajar a buscarlos. El único suministro con el que cuentan es el agua que se filtra a cuentagotas de las paredes. No hay comida, preocupa la falta de oxígeno y la desesperación comienza a ocupar cada vez más el interior de ese espacio reducido.

Lo común sería que el conflicto derive y se concentre en las peleas entre los personajes, cosa que sucede en más de una ocasión. Por ejemplo, cuando a Daniel le seduce la idea de utilizar el cadáver del primer fallecido como alimento. Allí surge una discusión moral de si está bien o no comer carne humana que me retrotrajo a la clásica película de supervivencia: ¡Viven! (Frank Marshall, 1993). Sin embargo, el director español opta por aprovechar el estancamiento dramático para conducir a un movimiento centrífugo en el que se superponen y acoplan a la trama principal, otros espacios, otros tiempos y hasta otras realidades. De flashbacks que revelan una inestabilidad emocional causada por una ruptura matrimonial se cuelan situaciones que transcurren paralelamente en la superficie. Después de la segunda mitad el óperaprimista español Luis Trapiello irá complejizando este rompecabezas temporal al difuminar la línea entre realidad y fantasía. El hambre conduce a Daniel a la alucinación y la locura. Sueña y se despierta varias veces dentro de un mismo sueño como hundido en una mamushka. En este punto, la metáfora de las galerías subterráneas como el tour por las inmediaciones del inconsciente salta a primera vista. A Joaquín Furriel le recae la responsabilidad de motorizar la película desde un ejercicio interno. Pesa más la manera en que consigue transmitir su estado emocional que su accionar en sí. Creo que salvo el plot twist -acertado y necesario para darle fin al enigma- el director no alcanza a producir nunca un clima suficientemente opresivo y desesperante. O no a través de los personajes. Esto lo lleva a recaer en exceso en la música que podrá ser envolvente e intrigante pero, como todos los recursos que manotea desde la profundidad de la mina, no deja de estar demasiado adherida, de ser demasiado exógena.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

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