Crítica: El traidor (2019), de Marco Bellocchio – MDQFilmFest34

El traidor / Il traditore (Italia – 2019)
MDQFilmFest34: Panorama / Autores

Dirección: Marco Bellocchio / Guion: Marco Bellocchio, Valia Santella, Ludovica Rampoldi, Francesco Piccolo, con la colaboración de Francesco La Licata / Producción: Beppe Caschetto, Viola Fügen, Simone Gattoni, Caio Gullane, Fabiano Gullane, Alexandra Henochsberg, Michael Weber / Música: Nicola Piovani / Fotografía: Vladan Radovic / Montaje: Francesca Calvelli / Intérpretes: Pierfrancesco Favino, Luigi Lo Cascio, Maria Fernanda Cândido, Fausto Russo Alesi, Fabrizio Ferracane, Ada Nisticò, Nicola Calì, Giovanni Calcagno, Federica Butera / Duración: 145 minutos.

Hay un sustrato real, histórico, que funciona como marco en la película: 1980, Palermo, la capital de la heroína para la Cosa Nostra, con las familias reunidas para la Fiesta de Santa Rosalía. La película toma elementos de El padrino. En principio, una fiesta. Pero a diferencia del clásico de Coppola, todo está podrido de entrada. Primero porque Bellocchio empieza con una certeza: cuando la droga formó parte del negocio, la Cosa Nostra se fue al diablo. Allí están los capos reunidos aun sabiendo que forman parte de una farsa. La foto grupal que se sacan ya marca el primer signo de un teatro de máscaras, la presencia del artificio y el mundo de las apariencias. En una apertura magistral, el golpe seco del disparo de la cámara ilumina sus rostros como si fueran parte de una pantomima, a la vez que se inscriben los nombres de cada uno.

Entre ellos se encuentra Tomasso Buscetta, el jefe de dos mundos, quien se transformará en el traidor del título. Esta identidad fronteriza es escenificada por el director en un plano fundamental. Parado en mitad de una escalera observa cómo los tipos dialogan en el interior de una habitación. Luego, dirige su mirada a la playa y ve a uno de sus hijos pasado de heroína. Mafia y familia. Esos son sus dos mundos, y en un momento deberá elegir.

La sangre no tardará en recorrer las calles en una secuencia operística magistralmente dirigida, uno de esos momentos del cine de Bellocchio donde la exacerbación de la pasión atraviesa a los personajes y sus vidas.  La razón para todos los actos es el amor, ese es el motor de Tomasso. Poder, dinero, religión, son signos que se funden en la visión melodramática que el realizador italiano le confiere a esta larga odisea que no tiene desperdicio y contiene, además, una de las mejores escenas que se hayan visto sobre un juicio, desmesurada, bien gringa, por momentos surrealista, una coreografía de insultos, miradas y gestos que no hacen más que confirmar que el mundo es sueño. Un momento sublime sale de la boca de Tomasso: “La mafia no existe, es un invento periodístico. Se llama Cosa Nostra. Nosotros, los hombres de honor, lo llamamos así”. Y la vida es un manicomio de bocas cosidas, ataques de ira, pero también de boleros. Y de comedia. Porque ese juego de comportamientos caricaturescos durante el litigio no hace más que confirmar la impronta de una tradición de oro. ¿Cómo mirar sino la escena en la que Buscetta busca un traje para el juicio y aparece Andreotti en calzones? ¿Cómo no reírnos con su hijo, en un guiño autorreferencial al propio Bellocchio? El traidor tiene una fuerza y un ritmo cuyos efectos son similares a las convulsiones de sus personajes. La imagen documental final con Buscetta cantando es clave y hermosa, es la confrontación entre eso que llamamos realidad y el mundo del cine, el de las ideas platónicas, el que vale la pena. El posta.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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