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Crítica: El hijo de dios (2015), de Fernández y Girod

El hijo de Dios (Argentina – 2015)

Dirección y guión: Mariano Fernández y Gastón Girod / Fotografía: Gastón Girod / Edición: Carlos M. Cambariere / Música: Maxi Prietto / Intérpretes: Paula Soria, Juanki Lo Sasso, Ignacio Ballone, Agustín Repetto, Marina Artigas / Duración: 92 minutos.

El suelo de tierra fragmentada, seca de tanto calor, no impide que los habitantes de Betania, un pueblo detenido en el tiempo, se arriesgue a jugar al futbol, a pesar de su prohibición.

Este pueblo, bajo el poderío de Pilatos (arquero y comisario) en complicidad con el párroco local (réferi ocasional) juega todos los años, principalmente en tiempos de Pascua, un partido con el objetivo de mantener el orden y el control sobre los habitantes del lugar.

En una ciudad, donde se ignora esta realidad, un grupo de amigos decide pasar un tiempo juntos, la excusa es ir a pescar. Pero durante ese viaje, ya entrados en el interior bonaerense, el motor del auto se descompone. Allí, aparecerá un extraño personaje que los ayudará a reparar el coche y los conducirá hacia Betania.

Así comienza un viaje de sorpresas en el que estos amigos se enfrentan con modales y léxicos que no son propios de ellos. Tendrán que adaptarse y aceptar el enfrentamiento que las autoridades le impondrán para intentar lograr su libertad.

La dupla de directores Mariano Fernández y Gastón Girod relatan la historia de futbol desde lo más profundo que tiene el fanático con respecto por este juego: la pasión. Una pasión que desborda y se transforma en religión. Recurriendo a referencias, actitudes y nombres bíblicos, construyen un escenario decorado al mejor estilo de las películas de vaqueros: duelos, un pueblo que quiere ser “libre”, una dama en apuros, y por supuesto, un héroe. En un pueblo donde la corrupción manda y hay un orden establecido, los habitantes esperan a que un mesías cambie las reglas del juego.

El filme, es una acertada mezcla de géneros (bíblico/western), con muchas referencias futboleras ideales para la apreciación de los fanáticos.

Cabe destacar la dirección de arte de Danna Caldara y la fotografía de Gaston Girod, en una suerte de cuadros con movimientos. Estas imágenes son bien acompañadas por la musicalización que nos incorpora al pueblo y nos hace sentir parte del él. Un partido/duelo muy bien editado y unos actores que están a la altura de lo que se quiere contar, cierran esta propuesta que sin pretender lo que no es, cumple con lo que promete. Una historia atrapante de noventa minutos… con dos de adición.

Por Mariana Ruiz
@mariana_fruiz

 

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