Crítica: El grito de Granuaile (2022), de Dónal Foreman – BAFICI

El grito de Granuaile / The Cry of Granuaile (Irlanda – 2022)
BAFICI 23: Competencia Internacional

Dirección, Guion, Edición: Dónal Foreman / Producción: Dónal Foreman, Edwina Forkin, Liam Beatty / Fotografía: Diana Vidrascu / Diseño de Arte: Nina McGowan / Sonido: Peter Nicell, Simon Bird / Música: Nick Roth, Olesya Zdorovetska / Intérpretes: Dale Dickey, Judith Roddy, Fionn Walton, Rebecca Guinnane, Cillian Roche, Andrew Bennett / Duración: 82 minutos.

Los dos primeros planos de la película conforman el prólogo y el programa estético de la misma. En el primero, suena la delicada melodía de Bert Jansch, un músico folk escocés, mientras vemos, a través de una abertura, el océano. Luego, un travelling conduce la mirada horizontalmente para seguir el paisaje marítimo con sus aves, pero la música vira hacia tonos más solemnes. La lógica parece ser el contrapunto. Si un plano transmite calma y pasividad, el otro parece una advertencia escindida entre la belleza. Y esto es porque cada espacio tiene su misterio y sus fantasmas, más allá de la presencia humana. En la película de Donal Foreman, los cielos y el mar de una isla marcan las emociones. Nunca se pierden de vista, aún si la cámara está metida dentro de un auto para registrar una conversación, por las ventanas se cuelan las nubes, el horizonte, los árboles, todos aquellos signos que sirven para animar continuamente una presencia espiritual. Y en este orden feérico se producen hechos e intenciones varias.

Una cineasta estadounidense acaba de perder a su madre  y solicita la ayuda de una joven académica irlandesa para llevar a cabo un viaje. Su objetivo es investigar sobre Granuaile, una legendaria reina pirata del siglo XVI, líder de varias rebeliones contra la corona británica. La historia es prácticamente una excusa para unir a ambas mujeres en un viaje por la remota tierra del Atlántico y para que Foreman ostente una furiosa libertad expresiva. En el recorrido, el azar es el principio rector. Del mismo modo que la protagonista saca su cámara inspirada por el espacio que la circunda, el director intenta congelar algunos momentos como si respondiera a las musas. Y entonces la película se vuelve difusa, como las líneas que la componen, donde la memoria y la historia, los sueños y la vigilia, empiezan a formar parte de zonas de intersección. Y la identidad de las dos mujeres, también.

En esa alternancia entre lo cotidiano y la intensidad emocional se debaten ambas mujeres, quienes se conocen a sí mismas a partir de la mirada de la otra. Pero es el mismo tipo de conexión fantasmagórica que se da con el espacio al cual hay que filmar, escribir, dibujar, aunque, en definitiva, nunca sea suficiente el lenguaje para ello. Y entre las intenciones posibles, asoma el intento por escenificar un duelo y hallar el punto climático con las imágenes.

Más allá de lo anterior, también hay una película dentro de otra. Una película que transcurre mientras una cineasta busca definir la suya propia. Su acercamiento como foránea al lugar es ingenuo, romántico, pero al mismo tiempo potencia una curiosidad que despierta a los lugareños (ansiosos de participar en “una película hollywoodense”) y activa la colaboración del triste personaje de la guía académica. En efecto, la directora llamada Maire, llega a Irlanda cargada de ideas místicas sobre Granuaile porque ha leído poemas e historias escritas sobre ella. Cáit, afincada en Dublín está convencida de que estas narraciones son solo fantasías. Es otro de los contrapuntos de la película que se irán retorciendo con el paso de los minutos cuando la sombra del personaje se agigante y la ficción envuelva absolutamente la realidad objetiva de ambas mujeres, subyugadas por el mito y el espacio.

The Cry of Granuaile goza de un halo de misterio que fascina por momentos, hace gala de su libertad (saludable) y asume el riesgo de la dispersión, la misma a la que se exponen los relatos abiertos a búsquedas tanto temáticas como formales. En ese entramado de instantes acaso aflore lo mejor: aquello que se siente y no se dice.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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