Crítica: Días de temporada (2019), de Pablo Stigliani

Días de temporada (Argentina – 2019)

Dirección y Guion: Pablo Stigliani / Fotografía: Luis Sens / Edición: Xi Chen / Sonido: Renato Alvarado / Duración: 78 minutos

Este trabajo observacional es el primer filme de no ficción del joven realizador argentino Pablo Stigliani, cuya opera prima fue Bolishopping (2013) , y su segundo largometraje Mario on Tour (2017). Esta vez nos presenta el retrato de una serie de trabajadores de la Costa Atlántica durante las vacaciones de verano.

Días de temporada se dedica a observar y describir la cotidianidad laboral e íntima de una serie de “obreros” de la costa, más precisamente de las playas de Santa Teresita, un páramo popular y familiar, criollo por definición y donde se instalan nuestras clases proletarias a pasar los más calurosos días del verano. Allí se repiten cada año los rituales de la vida en vacaciones: comprar churros, pochoclos, ver gente disfraza de súper héroes, aplaudir a imitadores, comprar entradas para un show nocturno, y ante todo dar vueltas por el camino de la peatonal. Ese derrotero repetido año a año se encuentran todos los días trabajando nuestros seis protagonistas.

La narrativa organiza una serie de personajes retratados como en una panorámica fragmentada, que se enlaza a una línea de contraste: la línea imaginaria que une y separa la vida de los vacacionantes contra la cotidianidad de estos laburantes “de la diversión ajena”. La mirada del narrador los muestra por separado y los une a la vez, haciendo de este contrapunto entre el obrero y el visitante un juego de convivencias.

La lista y las texturas de los personajes son diversos y van unos enlazados con otros progresivamente. Desde Bamba, el joven senegalés que vende parlantes en la playa que nos permite ver la precariedad de su vida y la espera solitaria de quien aguarda la compañía de sus seres queridos, El churrero y su novia que develan tanto el ritual nocturno de los churros que se cocinan por las madrugadas para salir a la luz del día, y esta pareja que funciona como un retrato tierno del trabajo y del amor; El adolescente que se disfraza del hombre araña en el trencito de la alegría mientras prepara la materia que se llevó a marzo; la madre joven con su bebé que trabaja en el carrito de pochoclos y la condición de la maternidad como tema; el imitador de Sandro que funciona como el personaje que construye otro personaje oscilando entre la parodia, y la tristeza de una soledad sin solución casi como la misma de ídolo imitado; y para finalizar Lola, trans que hace su show trasnoche, cerrando el día, el documental y la jornada laboral cantando en un escenario iluminado con un azul fantasioso sobre su vestido blanco.

La cámara registra este universo siempre ubicada por debajo de la visión normal, en palabras del director durante el estreno “es como si estuviéramos viendo pasar el día sentados en una reposera”. Me tomaría la libertad de agregar que ese punto de vista marca la altura (real) aproximada de un niño de 8 años que ve el mundo pasar, y lleva en su mirada algo de sorpresa y a la vez una afectuosa empatía con lo que observa.

La solvencia estética de la fotografía logra con mínimos recursos un uso adecuado y cuidado de la textura cinematográfica (alejando todo resabio televisivo) , aprovecha el trabajo de los colores y los matices de la luz natural acompañados por la eficiencia de un encuadre que no titubea. En esa solvencia se sostiene la coherencia del relato.

Si algo se percibe con claridad es que el ojo de la cámara no sanciona, ni juzga a quien tiene frente a si. Es una mirada contenedora, empática y amorosa que siempre está buscando un poco más de intimidad. El seguimiento cronológico del día a día, de la mañana a la noche, dan un orden algo reiterativo, pero seguro. El filme presenta cadencias lentas de pura observación, donde la ansiedad del espectador de sacar conclusiones debe dejarse de lado para priorizar la contemplación. Viajar en este retrato coral por esas playas paradigmáticas y por la vida de estos seres cotidianos, nos permite un devenir fluido que lleva matices de humor, hilos de melancolía, penumbras de pena, la oscuridad de una preocupación, tanto y cuanto van de la mano y en la medida en la que sus personajes los vivencian. Sus personajes estereotípicos que nos muestran otras facetas de su lado más humano, son los que quedan plasmados en los 70 minutos de Días de Temporada como en una fotografía que pide perdurar.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

75%
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