Crítica: Cuando dejes de quererme (2018), de Igor Legarreta

Cuando dejes de quererme (España / Argentina – 2018)

Director: Igor Legarreta / Guion: Javier Echániz, Asier Guerricaechevarría / Producción: Belén Bernuy, Gloria Bretones, Andrés Longares, Felicitas Raffo / Música: Lucio Godoy / Fotografía: Imanol Nabea / Montaje: Alejandro Lázaro / Intérpretes: Florencia Torrente, Miki Esparbé, Eduardo Blanco, Joaquín Climent, Antonio Dechent, Amaia Ruiz de Galarreta / Duración: 101 minutos.

REENCUENTRO PRIMIGENIO

Una muerte que lleva a otra a través de una breve sincronía temporal entre el presente de un cuarto de hospital y una carta a modo de confesión que evoca a una llamada del 2002. La actualidad se desvanece para plasmar ese gran flashback como nudo de Cuando dejes de quererme hasta el retorno a la habitación con camilla vacía y a una nueva mirada sobre aquel pedazo de papel. De esta forma, la voz en off de Fredo, padrastro de Laura, transporta a la joven a la mañana en el laboratorio en la que el tío Martín le da una inesperada noticia: el hallazgo del cuerpo del padre enterrado en las cercanías de Durango en el País Vasco. Una revelación que alborota lo poco que conocía sobre Félix Carreaga, es decir, el abandono hacia ella y su madre más de 30 años atrás y la llegada de ambas a la Argentina para comenzar otra vida. Si bien dejó de preguntar en la adolescencia, la sorpresa y la curiosidad por descubrir lo ocurrido la llevan de regreso al lugar de nacimiento y a reencontrarse con la familia paterna la que apenas conoce. Una búsqueda plagada de secretos y omisiones en la que Laura no saldrá indemne, ni siquiera con la protección del colgante maternal.

El mayor acierto de la película tiene que ver con el entretejido entre recuerdos y pasado. Desde un primer flashback que se remonta a principios del siglo XXI e intercala vivencias durante la época del franquismo (con la ETA y la guardia civil) para poder descubrir quién y por qué asesinó al hombre de un tiro en la nuca y la razón del ocultamiento del cadáver. En consecuencia se articulan tres acciones temporales permanentes que le imprimen diversos climas al relato y subrayan los condimentos propios del género policial. La primera de ellas tiene que ver con el posicionamiento en ese nuevo presente en el que Laura junto con Fredo y Javier –un agente de seguros que le informa sobre la existencia de un seguro de vida del padre pedido pocos días antes de la muerte– intentan develar lo ocurrido asumiendo el rol de detectives ya que la policía no se muestra interesada en investigar un crimen prescripto. Por ejemplo, entran a una casa deshabitada o interrogan a un conocido de la víctima en el baño de un bar. Las otras dos operaciones apuntan a la reconstrucción de los sospechosos, a veces guiadas por objetos como cartas, colgantes, fotos o panfletos y, por último, al hecho en sí mismo. Un trabajo que apela a la fugacidad, a la creencia y a la manipulación como grandes pilares de la memoria pero también a las razones más íntimas que enceguecen y pretenden respaldar determinadas acciones.

Por el contrario, la ópera prima de Igor Legarreta flaquea en el desarrollo de los personajes ya que ninguno de ellos, ni siquiera la protagonista, terminan por apropiarse de sus historias, de las emociones, de las incertidumbres, de lo oculto, de los deseos; en definitiva, de aquello que los vuelve singulares. Si bien con la repentina aparición del fallecido se aspira a revolver aquello aquietado durante más de tres décadas, el resultado es opuesto al esperado. Todos se mantienen en la superficie, fríos en lugar de descubrir capas y estados de ánimo al punto que confidencias profundas pierden efecto y se transforman en meras declaraciones. Frente a tal ligereza, el director apela a los chistes y a la intromisión continua del padrastro en la vida sentimental de la joven, rasgo que tampoco aporta demasiado al relato. Parecería como si la necesidad de plantear personajes excesivamente ambiguos, en el afán de mostrarlos como posibles culpables, los volviera planos y monótonos, carentes de matices, arrebatos, rencores o dudas.

Hacia el final, el filme recupera cierta tensión temporal así como la importancia de ese cuerpo encontrado. Un camino de vaivenes para resignificar los lazos, la historia, los amuletos y el legado familiar en un autodescubrimiento identitario libre de omisiones y secretos y en sintonía con una de las esencias más preciadas: la verdad.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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