Crítica: Cold War (2018), de Pawel Pawlikowski

Cold War / Zimna wojna (Polonia / Francia / Reino Unido – 2018)

Dirección: Pawel Pawlikowski / Guion: Pawel Pawlikowski, Janusz Glowacki, con la colaboración de Piotr Borkowski / Producción: Ewa Puszczynska, Tanya Seghatchian / Dirección de fotografía: Lukasz Zal / Montaje: Jaroslaw Kaminski / Intérpretes: Joanna Kulig, Tomasz Kot, Agata Kulesza, Borys Szyc, Jeanne Balibar, Cédric Kahn, Aloïse Sauvage / Duración: 88 minutos.

La nueva película de Pawel Pawlikowski presenta el regreso de este director a la pantalla luego de su premiado filme Ida (2013). Ida se cristalizó en las pantallas provocando un reencuentro mundial con el cine polaco de autor. Un filme que aunaba un relato pequeño sobre una joven novicia antes de dar sus votos unido al retrato de las consecuencias de una segunda guerra que había arrasado con generaciones enteras y la esperanza de muchos otros más. Planteó una dimensión estética exhaustivamente elaborada, con encuadres fuera de lo común que relacionaban la forma y el contenido narrativo de manera íntima y de superior calidad formal.

Cold War, nos trae parte de estos elementos discursivos casi impuestos en otra propuesta narrativa donde vemos algunas afinidades formales pero notorias diferencias estructurales.

La trama está ambientada en la Polonia de la Guerra Fría, allá por el año 1950. Desplazando parte del argumento a Berlín, París y Yugoslavia el relato sigue allí los pasos de los dos protagonistas que se encuentran y desencuentran en la telaraña de un amor imposible, circulando a través de esas ciudades icónicas de la Europa de aquellos tiempos y aquellos hechos políticos tan críticos que le costaron al viejo continente varios años para poder rearmarse en acto y palabra.

Mientras las nuevas autoridades comunistas se imponen en Polonia, se crea una escuela de música folklórica para agrupar a jóvenes que llevarán a los camaradas polacos alegría y pintoresquismo local. Wiktor es un pianista que trabaja para la orden directiva de la escuela y allí conoce a una joven, Zula, que será elegida como parte del grupo de bailarines y cantantes del grupo. Desde ese encuentro primero surge el melodrama que vincula a estos dos personajes y su historia de imposibilidad amorosa, una y otra vez fallida.

Es ese vínculo el que nos permite observar el retrato de una sociedad que al pasar de los años y en distintas ciudades sigue llevando la marca dura de la post guerra.

El deseo parece tenerlos atados aún cuando muchas veces no se atreven o no les es posible encontrarse sin limitaciones o peligros. Las posturas políticas los separan, los separa el poder y también sus propios fantasmas, sus impedimentos más íntimos donde amar sin medida parece impensable.

La propuesta del director trae un poco de los pelos algunos hallazgos de otros de sus filmes como Ida. Por ejemplo: el uso de escenas breves con cortes tajantes que no permiten una progresión o un acontecimiento conclusivo, no tienen ni la fuerza narrativa, ni la necesidad dramática que tuvo en su anterior película que hizo de este recurso una forma de omisión casi necesaria para el sentido del relato total. Esa fragmentación de sucesos “cortados” no deja desenvolverse al relato que es más clásico que contemporáneo.

La cuidada fotografía aquí se propone como un embellecimiento exquisito de la imagen pero no apuesta a ningún riesgo formal fuera del canon, ni encontramos más efectividad que la de los expresivos primeros planos. La música es ante todo protagonista de los pasajes temporales desde el folklore musical al jazz más intenso o el rock y sus derivaciones más sofisticadas.

El final del filme, que es el de este derrotero amoroso, se impone cruel pero discurre fuera de campo lo cual supone una opción más sugerente y efectiva que otras decisiones ya tomadas en el resto de la película con menos riesgo.

Bella como una seriada fotográfica de los 50 sumada a una música exquisita, Cold war se nos acerca hasta el oído susurrante, con su atractivo blanco y negro, con sus rostros emocionales. Amaga a conmovernos, pero no nos atraviesa el corazón.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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