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Crítica: Coco (2017), de Lee Unkrich y Adrian Molina

Coco (Estados Unidos – 2017)

Dirección: Lee Unkrich y Adrian Molina / Guion: Adrian Molina y Matthew Aldrich / Fotografía: Danielle Feinberg / Música: Michael Giacchino / Edición: Steve Bloom y Lee Unkrich / Voces originales: Anthony Gonzalez, Gael García Bernal, Benjamin Bratt, Alanna Ubach, Alfonso Arau, Natalia Cordova-Buckley, Edward James Olmos, Sofía Espinosa / Duración: 105 minutos.

“RECUÉRDAME”

La Factoría Pixar arremete con este nuevo filme de la mano de Lee Unrick (Toy Story 3) junto a Adrián Molina un realizador estadounidense de ascendencia Mexicana, y en esta fusión logran crear una historia sobre nuestro universo de creencias latinoamericanas lleno de creatividad. Ambos ponen en la mesa un acertado homenaje a ciertos valores culturales y estéticos que realmente nos representan como el concepto de familia, el peso de los mandatos, los roles parentales y el sentido de la muerte. Obviamente desde la mirada Pixar, con sus ingenuidades y reducciones, pero planteado con precisión y emotividad.

La historia se instala en un México bello y folklórico donde se desarrolla una trama fantástica a partir de ciertos mitos locales, aquellos relacionados con la muerte: como la vida después de la muerte y los rituales que se despliegan a su alrededor. Crean así, en Coco, un mito del mito con mucho respeto y creatividad, exaltando el valor de la memoria y la identidad enmarcadas en el paradigmático Día de los muertos.

Miguel es un pequeño de 12 años, es inevitable ver este filme como un coming of age, pues el pequeño varón que va en camino a ser hombrecito se cría como hijo de una familia de tradición de zapateros de fuerte corte matriarcal, y ama lo que está prohibido para todo el clan: la música. Vive con su abuela, sus padres y su bisabuela, una anciana silenciosa y tierna llamada “Coco”.

Una breve y bella secuencia de presentación se arma utilizando las formas de unas guirnaldas festivas que funcionan como viñetas narrativas, y se despliegan varias escenas animadas para describirnos la historia de esta familia, los Rivera.

Había una vez, allá lejos y hace tiempo, una mujer casada que se queda sola con una niña frente a la partida de su esposo, un bohemio y talentoso cantante que va tras los pasos de ser “un músico del mundo”. Tras su partida sin retorno, la fuerte mujer se decide a salir adelante sola y comienza a hacer zapatos para terminar creando una estirpe familiar de zapateros que solo tienen un enemigo acérrimo en la vida: la música.

Miguel es el tataranieto de aquella poderosa mujer, desea ante todo aquello imposible: vivir con su guitarra y sus canciones, ese es el mundo que lo enamora. Escondido entre unos trastos, con su perro y su guitarra juega a cantar las canciones de su ídolo, Ernesto de la Cruz, un famoso cantautor, fallecido ya, que es su referente, aquel a quien querría parecerse más que a nadie, a quien ve como el perfecto caballero y el rey de la canción.

La aventura estalla cuando Miguel escapa de las reiteradas prohibiciones de su abuela y busca una guitarra para competir en un concurso musical en homenaje al Día de los muertos, este día que es el leit motiv de toda la trama.

El Mundo de los muertos que la película reinventa, tiene decenas de detalles originales, como plantea su paleta de colores, sus diseños de personajes y lugares, sus caracteres y sus fantasiosas figuras. Claramente hay mucho estudio del universo de la estética mexicana y del folklore de esta festividad en particular. Desde los esqueletos humanos hasta un homenaje divertido al mundo plástico de Frida Kahlo hacen de esta aventura un viaje de una vasta riqueza narrativa.

La tecnología Pixar funciona al servicio de la historia dejando ver que trabajan con una calidad cada vez más elevada en la construcción de figuras, de sus movimientos, de los decorados, o sea la dinámica de las escenas y la puesta general.

Quienes la vean posiblemente vivencien esa sensación de conmoverse, con o sin lágrimas, sientan esa emocionalidad que transmiten estos pequeños personajes y el ritual que une esos vínculos. Como cuando se juega la idea de la familia como espacio de pertenencia o del acto de recordar como una forma de capturar lo ausente para que se haga presente. La reflexión sobre la identidad se nos muestra como una construcción asociada a la historia de cada individuo, lo que sucedió antes de su existencia y lo que sucede ahora que estamos aquí tratando de entenderla.

Si hablamos de la muerte y jugamos a pensar que no es esa nube oscura o esa parca siniestra, aparece la imagen festiva de que tal vez nuestros muertos bailan aquí a nuestro alrededor gracias al recuerdo vívido y vigente que nos une a ellos. Entonces la tragedia de una vida que se acaba ya no sería un final sino una continuidad, un devenir sin principio ni fin, una fuerza eterna unida de lado a lado por un hilo de oro invisible y trascendente: la memoria.

Y Coco es sin duda alguna un homenaje a la memoria.

Por Victoria Leven
@victorialeven

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