Crítica: Cenote (2019), de Kaori Oda

Cenote (Japón / México – 2019)
Se exhibe gratuitamente en la plataforma DAFILMS hasta el domingo 23 de enero (luego se podrá ver con suscripción durante dos semanas más, en el marco de la retro del Festival de Yamagata).

Dirección, Guion y Montaje: Kaori Oda / Producción: Jorge Bolado, Marta Hernaiz Pidal, Kaori Oda / Sonido directo: Augusto Castillo / Duración: 73 minutos.

Se puede buscar mucha información sobre los cenotes y escuchar varios relatos legendarios al respecto. Pero hay que estar en uno para captar la magia del lugar. Y si no es posible hacerlo, es bueno toparse con películas como la de Kaori Oda, que nunca eligen el camino convencional por documentar ese espacio mítico, sino que lo transforman en una experiencia estética y cinematográfica.

“Esta es nuestra historia y aquí estamos” se escucha al principio a través de dos pistas superpuestas, una cuya voz parece la de un niño y otra, un susurro. Mientras tanto, las imágenes distorsionadas dan cuenta del movimiento del agua, una sinfonía visual y sonora que marca el tono imperante. Estamos ante una forma de protocine, con sombras proyectadas sobre superficies, como si el cenote mismo se constituyera en una sala, un pasaje donde confluyen todos los tiempos. Y a medida que los planos se suceden, el misterio y el carácter insondable de esos lugares parecen exigir una forma adecuada de representación que Oda logra a partir del ensamble de efectos lumínicos y sonoros, siempre generados por el principio vital, el agua.

Podemos ver gente nadando, podemos escuchar voces del más allá, pero no hay nada que explicar, solo sentir, internarse en la marea de colores que inunda la pantalla. Es un modo de aprovechar la tecnología en función de un efecto, el de la inmersión en esas aguas cristalinas, para captar su misterio, para capturar los ecos ancestrales. Y es sobre ese principio, que incluye la distorsión permanente, que se apela a una sensación de atemporalidad. Aunque, a veces, un registro fundado más en la nitidez nos pone en contexto. Allí se alternan segmentos de comunidades y registros orales que personifican a los cenotes como monstruos mitológicos que devoran a humanos cuando ya nadie ofrece sacrificios para ellos.

Calificar de experimental la propuesta sería reducir un potencial. Estamos, más bien, ante una experiencia sensorial que puede agotarse como recurso, pero que no deja indiferente por su extraña belleza.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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