Crítica: Anoche (2018), de Paula Manzone y Nicanor Loreti

Anoche (Argentina – 2018)

Dirección: Paula Manzone, Nicanor Loreti / Guion: Paula Manzone / Fotografía: Leonel Pazos Scioli / Montaje: Emanuel Flax, Nicanor Loreti / Dirección de arte: Catalina Oliva / Música: Pablo Sala / Producción: Oriana Castro, Nicolás Galvagno, Nicanor Loreti, Paula Manzone, Magdalena Schavelzon, Hori Mentasti, Esteban Mentasti / Intérpretes: Gimena Accardi, Benjamín Rojas, Valeria Lois, Diego Velázquez / Duración: 70 minutos.

DERRIBAR A LOS TRES MONOS

¿Saben cómo me siento? Como si hubiera descubierto un secreto”, declara Juan. Ya sea a propósito, en tanto marcación del guion o como sentimiento personal, esa frase se hace bandera para resquebrajar los blindajes de los cuatro personajes –tres de ellos ligados al yo, mientras que el otro a su ausencia– y habilita los primeros matices del autodescubrimiento. Cada uno empieza a visualizarse y a asimilar las palabras del otro para luego transmitir quién es y qué desea. Porque esa madrugada que parece no tener nada especial –ni siquiera como el aniversario de dos años de Pilar y Marcos–, se transforma en un momento revelador individual para romper con las ataduras que les impedían avanzar, que los estancaban en ilusiones extinguidas o que los mantenía invisibles.

Por ese motivo, no es casual que tanto el afiche del filme como el tríptico gigante sobre el sillón reflejen a los llamados tres monos sabios; más bien se trata de subrayar los sentidos vedados de cada uno. Marcos parece un novio ejemplar brindando por ella y su sonrisa, diciéndole que quiere pasar el resto de la vida juntos, pensando en Pilar incluso en la salida con amigos mientras una chica lo miraba con atención, comprándole un regalo para celebrar la fecha o soñando con un bebé. Él cree conocerla en profundidad pero se sorprende cuando ella dice que no quiere hijos aún o toma el vodka sabor melón; incluso, no respeta su caja de recuerdos y hasta le revisa los mails. En realidad está tan ensimismado en un amor obsesivo y avasallador que se olvida de escucharla para descubrirla. Ema, la hermana mayor, no puede superar la ruptura con Juan al punto de que siente que él le oculta información por no entregarle el cuaderno de comunicaciones de la hija de ambos. Tampoco sabe resolver cuestiones simples o cotidianas sola y llama al ex o a la hermana bajo cualquier excusa. Aún menos tiene reparos en minimizar cuestiones que para Pilar fueron complejas o hasta la ridiculiza pensando que es una broma. Ema no puede ver más allá de sí misma y se resiste a quebrar su dependencia para convertirse en una mujer libre.

Juan, ex cuñado, decide ir a lo de Pilar para revelarle lo que detectó después de la pelea y separación con la novia. Sin embargo, no consigue poner en palabras sus emociones –la besa o le agarra un ataque epiléptico–, pensamientos o necesidades más allá del arranca impulsivo de la visita. Por último, Pilar se reprime completamente. Cuando Marcos llega de imprevisto guarda los pochoclos y vomita, no puede evitar que la hermana abra su caja, aprieta los puños con fuerza y recibe largos llamados de la madre sin poder cortarle la charla. Ella sólo se expresa a través de gestos casi imperceptibles, de una mirada triste, cediendo en pos del otro o del silencio en una búsqueda de su propia voz. De hecho, los directores Paula Manzone y Nicanor Loreti proponen cierto juego de materialidades ya que al comienzo todos aparecen por primera vez desde la voz en el portero o desde el celular, salvo Pilar, y después entran en escena, mientras que la cámara se detiene unos segundos con cada uno dentro del ascensor, como si la imagen del espejo retratara a ese nuevo yo liberado de la pesada carga y con una cierta verdad manifiesta.

La primera escena de Anoche evidencia su marcado registro teatral: la pantalla negra, una voz en off que se vuelve más audible lentamente, mientras que la imagen surge de a poco de esa oscuridad. Entonces revela un fondo con papel floral bordó y una luz que entra de algún lugar no revelado, mientras que al frente se divisan las alacenas de la cocina también oscuras y la protagonista como enmarcada por la barra del desayunador, las banquetas y la pared blanca del living que, a la derecha del cuadro, tiene una lámpara de pie prendida y un cuadro de Marilyn Monroe celeste que equilibran la luz del fondo. La mayoría de las escenas están filmadas de la misma forma e incluso las actuaciones y los diálogos poseen huellas teatrales, por ejemplo, la manera en que cuelgan los abrigos en el perchero, el uso del espacio o las pausas a la hora de hablar. Además, el relato se desarrolla enteramente en las diferentes habitaciones del departamento, salvo la breve caminata nocturna, y la cámara se apropia de los espacios para sumarle otro efecto a la puesta en escena.

El secreto se revela de manera fragmentada y singular hacia cada uno de ellos, con la esperanza de que sostengan la búsqueda del nuevo yo, una intención privada y permanente que los aleje de forma definitiva de los atascos o trabas del no ver, no escuchar y no hablar.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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