Crítica: Agua dos porcos (2020), de Roly Santos

Agua dos porcos (Argentina / Brasil – 2020)
Debido a la crisis sanitaria este filme se estrena simultáneamente en Cine.Ar TV y Cine.AR Play (Gratis durante una semana).

Dirección: Roly Santos / Guion: Oscar Tabernise, basado en su novela El Muertito / Director de fotografía: Vinni Gennaro / Montaje: Jerry Zóttola / Música Original: Edu Zvetelman / Intérpretes: Roberto Birindelli, Daniel Valenzuela, Juan Manuel Tellategui, Mayana Neiva, Allana Lopes, Luiz Guilherme, Leona Cavalli / Duración: 108 minutos.

Trasladar un género parido en el corazón de las grandes ciudades como el cine negro a un ambiente rural, silvestre, despojado del ruido de los motores y más cercano a una supuesta tranquilidad, de momento, invita a que uno preste atención al movimiento. Y si ese espacio es uno particular, con coordenadas reconocibles y una idiosincrasia que solo puede existir ahí mismo y en ningún otro lugar, la singularidad geográfica aumenta esa atracción. Hablamos de la triple frontera, esa zona indeterminada donde la unión de tres países se junta para hacer surgir uno nuevo. Uno donde las lenguas se empastan, los límites físicos se borran con el codo, y los legales, claro, a punta de pistola. El punto de partida de Agua dos porcos es en realidad una novela policial escrita por el propio guionista que busca –como también lo intenta la película- poner en relieve los tejemanejes que sostienen el sistema corrupto que reina en la región y que engloba crímenes tan atroces como es el tráfico de bebés, la prostitución infantil y la pedofilia. El vehículo para llegar al fango del asunto es el detective Gualteri, un ex policía bonaerense que frustrado ante los embates de la vida decide aceptar su último caso antes de retirarse. Lo único que sabemos de él es que utiliza un perfil trucho para chatear con su hija de 15 años y que le debe una mensualidad. Sobre esa deuda afectiva (la cual no es más que una mínima nota al pie -debajo del pie) es que aspira a sostenerse todo el comportamiento del personaje. Desde el porqué fuma más de lo que habla hasta el porqué elige meter el hocico donde no lo llaman poniendo en peligro su integridad física y desafiando el funcionamiento de la policía local con su chapa de “porteño”.

Como dicta el código genérico, un homicidio nunca es solo un homicidio y un pueblo chico puede también ser un inferno grande. Cargando esa lógica entre ceja y ceja, el protagonista no va a tardar mucho en desmalezar el terreno y darse cuenta que el cadáver mutilado es apenas la punta de una pirámide más podrida en la que participan políticos, fiscales, fuerzas de seguridad y casi por el simple hecho de vivir ahí, cualquier habitante del lugar. La factura visual que imprime el director Roly Santos lejos está de acoplarse a las perversiones que denuncia, más bien lo contrasta con una estética plástica e hipersatinada en constante roce con lo publicitario (las tomas de la selva desde lo alto de un drone no parecen otra cosa que paisajes de un video oficial del Ministerio de Turismo de Misiones). De principio, esto no debería contrarrestar la gravedad de lo que retrata. Sin embargo, las flaquezas de algunas actuaciones, los forcejeos vacíos de energía calórica que concluyen en torpes muertes, las resoluciones -y revelaciones- apresuradas que se apilan todas juntas hacia el final y ciertos errores técnicos (como ese inconcebible montaje prohibido en pleno asesinato del capomafia Benítez en manos del encargado del hotel) no solo vuelven irremontable la seriedad de las escenas, sino que desvían involuntariamente el relato hacia lo grotesco. Basta ver como en uno de los DVDs encontrados por Gualtieri se observa un sujeto portando innecesariamente una máscara de chancho mientras tiene sexo. Pero lo que es peor, ese gemido hiriente, molesto, que se escucha sostenido y cada vez más fuerte, se vuelve todavía más insoportable cuando entendemos que lo que suena es la voz de un niñx.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

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