Nuestro puntaje

5/10

Aballay, el hombre sin miedo (Argentina – 2010)

Dirección: Fernando Spiner / Guión: Fernando Spiner, Javier Diment y Santiago Hadida, según un cuento de Antonio Di Benedetto / Elenco: Pablo Cedrón, Nazareno Casero, Claudio Rissi, Moro Anghileri / Duración: 100 minutos

Un western criollo. O una de vaqueros con gauchos en vez de pistoleros. Como usted quiera, desde lo formal Aballay, el hombre si miedo se vale de un relato corto de Antonio Di Benedetto para intentar reconstruir el género por excelencia del cine norteamericano (tanto que su estructura se repite en la actualidad, travestido de otros géneros: ver la reciente Rango, como ejemplo más extremo) insertándolo en el territorio nacional, repensándolo en una relación posible con la literatura gauchesca. Fernando Spiner, que ha dado muestras de trabajar los géneros desde una perspectiva personal -La sonámbula, Adiós querida Luna- aportándole un nuevo lenguaje, consigue aquí por momentos aunar estéticas y conceptos, aunque sin darle verdadera vida a un relato que avanza torpemente sin saber desarrollar sus tiempos muertos, ni construyendo personajes que se vinculen fluidamente con el paisaje.

Tal vez lo mejor de Aballay… esté en el comienzo, un prólogo donde vemos como Aballay y su banda de forajidos mata a un hombre, para luego sorprenderse con la presencia del pequeño hijo de su víctima. Ese cruce de miradas cambiará el sentido de la vida para el asesino, quien decidirá apartarse de su senda criminal y vivir hasta el final de sus días como aquellos estilitas sobre los que escuchó, quienes decidieron treparse a columnas y no volver a pisar el suelo. Por eso, Aballay se quedará sobre su caballo y no querrá tocar nuevamente la tierra sobre la que pecó. Así, también, Aballay se convertirá en un mito al que los lugareños le rezarán en busca de milagros. En ese cruce (de miradas y de estéticas), se da lo más atractivo del relato: el cruce del western, la literatura gauchesca y el relato sobre el mito, fundamentalmente en un género que se construye sobre la base constante de lo iconográfico, como un acercamiento que es a la vez reflexivo.

Habrá una elipsis y el relato se ubicará diez años después, cuando aquel niño convertido en hombre regrese al pueblo para vengar la muerte de su padre. Hay que decir que todos los tópicos están puestos: el pueblo, el mandamás déspota (Claudio Rissi, lo mejor), el tiroteo final, la chica de buen corazón en puja entre el bueno y el malo (Mariana Anghileri), el paisaje, los planos amplios que recorren geografías como un cuerpo. Sin embargo, en el film falta algo: por un lado, no hay más que una puesta en escena que conoce el decorado, pero que no sabe cómo contar eso que tiene que contar. Como decíamos, Aballay… se define no en sus secuencias de acción -bien montadas- ni en su sangre más deudora de Sergio Leone que de John Ford, sino en sus tiempos muertos, donde los personajes deben definirse por la palabra, ya sea en presencia o ausencia.

Por un lado el film no tiene mucho para decir, no es más que una serie de personajes disfrazados para la ocasión, con una trama lineal (la de la venganza) y otra supuestamente profunda (la subtrama mítico-religiosa), que se entorpecen mutuamente sin darle fluidez al relato; pero por otra parte se vale de actuaciones demasiado fuera de registro o que parecen estar en otra película (Nazareno Casero, especialmente) y que impiden, a partir de torpes dicciones que buscan identificarse con regionalismos (Horacio Fontova, Gabriel Goity), que uno se crea el cuento que le cuentan. Hay otra indefinición, vinculada con la ideología del género y desarrollada por Daniel Cholakian en su crítica para Fancinema, que permite notar esa contradicción entre el western y sus vaqueros que conquistaron un territorio, con la literatura gauchesca que habla del que fue dominado. El western en nuestros paisajes es posible por condiciones geográficas, pero imposible si no se lo relee adecuadamente con nuestra historia. Más allá del consciente anacronismo que significa la introducción de la Marcha de San Lorenzo en la historia (la canción se conoció tiempo después de la época que cuenta el film), no hay nada más que haga entender que la analogía entre el western y lo gauchesco pueda ser satírica. En todo caso Aballay… termina siendo de esas películas que son saludadas por el proceso antes que por sus resultados.

Mex Faliero

Nuestro puntaje

5/10

Aballay, el hombre sin miedo (Argentina – 2010)

Dirección: Fernando Spiner / Guión: Fernando Spiner, Javier Diment y Santiago Hadida, según un cuento de Antonio Di Benedetto / Elenco: Pablo Cedrón, Nazareno Casero, Claudio Rissi, Moro Anghileri / Duración: 100 minutos

Un western criollo. O una de vaqueros con gauchos en vez de pistoleros. Como usted quiera, desde lo formal Aballay, el hombre si miedo se vale de un relato corto de Antonio Di Benedetto para intentar reconstruir el género por excelencia del cine norteamericano (tanto que su estructura se repite en la actualidad, travestido de otros géneros: ver la reciente Rango, como ejemplo más extremo) insertándolo en el territorio nacional, repensándolo en una relación posible con la literatura gauchesca. Fernando Spiner, que ha dado muestras de trabajar los géneros desde una perspectiva personal -La sonámbula, Adiós querida Luna- aportándole un nuevo lenguaje, consigue aquí por momentos aunar estéticas y conceptos, aunque sin darle verdadera vida a un relato que avanza torpemente sin saber desarrollar sus tiempos muertos, ni construyendo personajes que se vinculen fluidamente con el paisaje.

Tal vez lo mejor de Aballay… esté en el comienzo, un prólogo donde vemos como Aballay y su banda de forajidos mata a un hombre, para luego sorprenderse con la presencia del pequeño hijo de su víctima. Ese cruce de miradas cambiará el sentido de la vida para el asesino, quien decidirá apartarse de su senda criminal y vivir hasta el final de sus días como aquellos estilitas sobre los que escuchó, quienes decidieron treparse a columnas y no volver a pisar el suelo. Por eso, Aballay se quedará sobre su caballo y no querrá tocar nuevamente la tierra sobre la que pecó. Así, también, Aballay se convertirá en un mito al que los lugareños le rezarán en busca de milagros. En ese cruce (de miradas y de estéticas), se da lo más atractivo del relato: el cruce del western, la literatura gauchesca y el relato sobre el mito, fundamentalmente en un género que se construye sobre la base constante de lo iconográfico, como un acercamiento que es a la vez reflexivo.

Habrá una elipsis y el relato se ubicará diez años después, cuando aquel niño convertido en hombre regrese al pueblo para vengar la muerte de su padre. Hay que decir que todos los tópicos están puestos: el pueblo, el mandamás déspota (Claudio Rissi, lo mejor), el tiroteo final, la chica de buen corazón en puja entre el bueno y el malo (Mariana Anghileri), el paisaje, los planos amplios que recorren geografías como un cuerpo. Sin embargo, en el film falta algo: por un lado, no hay más que una puesta en escena que conoce el decorado, pero que no sabe cómo contar eso que tiene que contar. Como decíamos, Aballay… se define no en sus secuencias de acción -bien montadas- ni en su sangre más deudora de Sergio Leone que de John Ford, sino en sus tiempos muertos, donde los personajes deben definirse por la palabra, ya sea en presencia o ausencia.

Por un lado el film no tiene mucho para decir, no es más que una serie de personajes disfrazados para la ocasión, con una trama lineal (la de la venganza) y otra supuestamente profunda (la subtrama mítico-religiosa), que se entorpecen mutuamente sin darle fluidez al relato; pero por otra parte se vale de actuaciones demasiado fuera de registro o que parecen estar en otra película (Nazareno Casero, especialmente) y que impiden, a partir de torpes dicciones que buscan identificarse con regionalismos (Horacio Fontova, Gabriel Goity), que uno se crea el cuento que le cuentan. Hay otra indefinición, vinculada con la ideología del género y desarrollada por Daniel Cholakian en su crítica para Fancinema, que permite notar esa contradicción entre el western y sus vaqueros que conquistaron un territorio, con la literatura gauchesca que habla del que fue dominado. El western en nuestros paisajes es posible por condiciones geográficas, pero imposible si no se lo relee adecuadamente con nuestra historia. Más allá del consciente anacronismo que significa la introducción de la Marcha de San Lorenzo en la historia (la canción se conoció tiempo después de la época que cuenta el film), no hay nada más que haga entender que la analogía entre el western y lo gauchesco pueda ser satírica. En todo caso Aballay… termina siendo de esas películas que son saludadas por el proceso antes que por sus resultados.

Mex Faliero

Crítica: Aballay, el hombre sin miedo (2010), de Fernando Spiner

Nuestro puntaje

5/10

Aballay, el hombre sin miedo (Argentina – 2010)

Dirección: Fernando Spiner / Guión: Fernando Spiner, Javier Diment y Santiago Hadida, según un cuento de Antonio Di Benedetto / Elenco: Pablo Cedrón, Nazareno Casero, Claudio Rissi, Moro Anghileri / Duración: 100 minutos

Un western criollo. O una de vaqueros con gauchos en vez de pistoleros. Como usted quiera, desde lo formal Aballay, el hombre si miedo se vale de un relato corto de Antonio Di Benedetto para intentar reconstruir el género por excelencia del cine norteamericano (tanto que su estructura se repite en la actualidad, travestido de otros géneros: ver la reciente Rango, como ejemplo más extremo) insertándolo en el territorio nacional, repensándolo en una relación posible con la literatura gauchesca. Fernando Spiner, que ha dado muestras de trabajar los géneros desde una perspectiva personal -La sonámbula, Adiós querida Luna- aportándole un nuevo lenguaje, consigue aquí por momentos aunar estéticas y conceptos, aunque sin darle verdadera vida a un relato que avanza torpemente sin saber desarrollar sus tiempos muertos, ni construyendo personajes que se vinculen fluidamente con el paisaje.

Tal vez lo mejor de Aballay… esté en el comienzo, un prólogo donde vemos como Aballay y su banda de forajidos mata a un hombre, para luego sorprenderse con la presencia del pequeño hijo de su víctima. Ese cruce de miradas cambiará el sentido de la vida para el asesino, quien decidirá apartarse de su senda criminal y vivir hasta el final de sus días como aquellos estilitas sobre los que escuchó, quienes decidieron treparse a columnas y no volver a pisar el suelo. Por eso, Aballay se quedará sobre su caballo y no querrá tocar nuevamente la tierra sobre la que pecó. Así, también, Aballay se convertirá en un mito al que los lugareños le rezarán en busca de milagros. En ese cruce (de miradas y de estéticas), se da lo más atractivo del relato: el cruce del western, la literatura gauchesca y el relato sobre el mito, fundamentalmente en un género que se construye sobre la base constante de lo iconográfico, como un acercamiento que es a la vez reflexivo.

Habrá una elipsis y el relato se ubicará diez años después, cuando aquel niño convertido en hombre regrese al pueblo para vengar la muerte de su padre. Hay que decir que todos los tópicos están puestos: el pueblo, el mandamás déspota (Claudio Rissi, lo mejor), el tiroteo final, la chica de buen corazón en puja entre el bueno y el malo (Mariana Anghileri), el paisaje, los planos amplios que recorren geografías como un cuerpo. Sin embargo, en el film falta algo: por un lado, no hay más que una puesta en escena que conoce el decorado, pero que no sabe cómo contar eso que tiene que contar. Como decíamos, Aballay… se define no en sus secuencias de acción -bien montadas- ni en su sangre más deudora de Sergio Leone que de John Ford, sino en sus tiempos muertos, donde los personajes deben definirse por la palabra, ya sea en presencia o ausencia.

Por un lado el film no tiene mucho para decir, no es más que una serie de personajes disfrazados para la ocasión, con una trama lineal (la de la venganza) y otra supuestamente profunda (la subtrama mítico-religiosa), que se entorpecen mutuamente sin darle fluidez al relato; pero por otra parte se vale de actuaciones demasiado fuera de registro o que parecen estar en otra película (Nazareno Casero, especialmente) y que impiden, a partir de torpes dicciones que buscan identificarse con regionalismos (Horacio Fontova, Gabriel Goity), que uno se crea el cuento que le cuentan. Hay otra indefinición, vinculada con la ideología del género y desarrollada por Daniel Cholakian en su crítica para Fancinema, que permite notar esa contradicción entre el western y sus vaqueros que conquistaron un territorio, con la literatura gauchesca que habla del que fue dominado. El western en nuestros paisajes es posible por condiciones geográficas, pero imposible si no se lo relee adecuadamente con nuestra historia. Más allá del consciente anacronismo que significa la introducción de la Marcha de San Lorenzo en la historia (la canción se conoció tiempo después de la época que cuenta el film), no hay nada más que haga entender que la analogía entre el western y lo gauchesco pueda ser satírica. En todo caso Aballay… termina siendo de esas películas que son saludadas por el proceso antes que por sus resultados.

Mex Faliero

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