BAFICI: Crítica de “Hedi”, de Mohamed Ben Attia

Hedi / Inhebbek Hedi (Túnez / Bélgica / Francia – 2016)

Dirección y Guion: Mohamed Ben Attia / Fotografía: Frederic Noirhomme / Montaje: Azza Chaabouni, Ghalya Lacroix, Hafedh Laaridhi / 
Sonido: Jean-Sebastien Garbe / Música: Omar Aloulou / Producción: Dora Bouchoucha Fourati / Intérpretes: Majd Mastoura, Rym Ben Messaoud, 
Sabah Bouzouita, Omnia Ben Ghali, Hakim Boumessaoudi
 / Duración: 89 minutos.

La presencia de los hermanos Dardenne se manifiesta desde las sombras en Hedi. No solo porque son coproductores, sino por la influencia que ejercen en el registro de Mohamed Ben Attia cuando sigue de cerca al protagonista de esta historia. De modo similar a El hijo (2006), los planos cerrados trabajan la asfixiante realidad de Hedi signada por la crisis personal. Tiene una mamá opresiva y está a punto de casarse por conveniencia. En su parco rostro, inexpresivo,  se dibuja la insatisfacción y el complejo de inferioridad frente a su hermano; también la situación de un país cuya economía está resentida. En la primera escena del film asistimos a una reunión donde se presiona al personal, entre ellos, al propio Hedi (es vendedor en Peugeot y le niegan una licencia para irse de viaje de bodas). Todo el tramo inicial muestra de qué modo la existencia pesa sobre el personaje. La cámara capta su nerviosismo y el tránsito por monótonas locaciones. Es como una especie de mochila que carga en su espalda por caminatas inciertas. La misma parálisis que lo afecta en cuanto a su futuro es la que breves pinceladas pintan con planos generales sobre una geografía de parajes desolados y de negocios vacíos. El país parece apagado ante los ojos de Ben Attia (cinco años después de la revolución).

Será un nuevo destino laboral el que lleve a Hedi a un hotel,  y allí conozca a una bailarina que pondrá en crisis el mandato a la tradición. Aún así la felicidad se manifiesta a través de raptos de euforia. Son apenas paréntesis que descomprimen la tensión, como si ese espacio indefinido del hotel potenciara la liberación momentánea de su inconsciente. Hay, en este sentido, una escena genial donde lo vemos en trance en medio de una fiesta. Son momentos donde se palpa la fisicidad del personaje al que el director nunca abandona. Sin embargo los imperativos familiares y sociales se hacen sentir y entonces la historia comienza a explotar la sospechosa vía del drama sensible cuyo principal mecanismo pasa por jugar con la expectativa del público. Hedi debe decidir entre el casamiento con su novia pautado por su madre (Estado/Tradición) y una nueva vida con Riim. Son dos mujeres opuestas, dos versiones de su mente (una no se permite besar al novio antes de casarse; la otra baila para los turistas y posee un carácter nómade y vital). Hacia el final, será nuevamente su rostro el lugar donde leamos la determinación que marcará su futuro. Juzgarla desde un punto de vista occidental puede conducirnos a un problema, sin embargo, todo el film se juega en esa tensión por intentar no caer en el melodrama trillado ni subrayar un discurso sobre el peso de la tradición. A veces lo logra, otras no.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

Podría interesarte

Escribe un comentario

No publicaremos tu mail