TV: Crítica de “Bloodline”

Bloodline (Estados Unidos – 2015/2016)

Creadores: Todd A. Kessler, Glenn Kessler y Daniel Zelman / Producción: Lori Jo Nemhauser / Intérpretes: Kyle Chandler, Linda Cardellini, Norbert Leo Butz, Jacinda Barrett, Jamie McShane, Enrique Murciano, Sissy Spacek, Ben Mendelsohn, Taylor Rouviere, Chloë Sevigny / Compañía productora: Sony Pictures Television / Episodios: 23 (2 temporadas) / Cadena original: Netflix.

UN PLAN NADA SIMPLE

Una vida perfecta, un lugar paradisíaco, una familia modelo. Madre, padre y tres hijos. Cada uno ocupa un lugar estratégico en la vida de los cayos: hotelería, transporte marítimo, la ley de los papeles, la ley de las armas. Pero esa familia se fundó sobre una mentira y un sacrificio. Una verdad pone en jaque todas las mentiras y esa verdad es Danny, el cuarto hermano, el que fue dejado al margen, el rebelde que vuelve a casa para soplar el castillo de cartas que son los Rayburn. Cuando Danny, como víctima, de joven, amenazó la estabilidad de la familia, se lo sacrificó. Ese sacrificio enterró el abandono de la madre y la violencia del padre. Al volver, décadas después, a poner en riesgo la familia, ya no como víctima sino como victimario, la familia lo vuelve a sacrificar, pero esta vez definitivamente.

La tensión en Bloodline en su primera temporada no se basa en el suspense, sino en el manejo de la información, en la forma y los momentos en que esas mentiras van saliendo a la luz y sus consecuencias. A través de los numerosos flashfowards sabemos desde el comienzo que Danny muere y que los asesinos son nada más ni nada menos que sus hermanos. Pero eso no debilita la tensión dramática, porque la pregunta que nos hacemos durante todo el tiempo no es “qué” sino “por qué” o “cómo”.

Los hermanos se manejan en arenas movedizas, ante cada amenaza meten sus manos para sacar sus pies de la arena y no hacen más que hundirse, como en un dibujo animado. Sin embargo, el arco dramático de la primera temporada los muestra triunfantes. En el proceso de radicalización en el que están sumergidos los Rayburn una mentira tapa otra mentira y las mentiras son cada vez más grandes, más importantes e involucran a mayor cantidad de gente. Pero lo que se juega no es la unidad familiar, sino el apellido. Como miembros ejemplares de su comunidad, deben defender el bronce. La familia, de esta manera, no es una comunidad de individuos unidos por lazos sanguíneos o políticos que se cuidan entre sí, que se brindan afecto, sino que es una corporación y esta llega a ser más importante que sus propios miembros.

En su segunda temporada, hay un cambio sustancial en cuanto a la información: en la primera los protagonistas saben mucho más que nosotros, en la segunda compartimos la misma información, su sorpresa es la nuestra. O no tanto, pues incluso entre ellos, las verdades esconden mentiras, son siempre verdades a medias. El logline de la primera temporada es “somos buena gente, pero hemos hecho algo terrible”. Si todo documento de cultura es un documento de barbarie, en la segunda temporada el logline podría ser “cada fortuna es el documento de un crimen”. Esa fortuna puede ser desde el más humilde puesto en una dependencia estatal o la más inmensa riqueza. La fortuna como destino, claro está.

Cada verdad pone en riesgo todas las mentiras, pero esas mentiras están hechas de verdades. Ahora empezamos a preguntarnos hasta dónde son capaces de llegar los hermanos, no ya para cuidar el nombre de la familia sino para mantenerse libres. Empero, esa familia termina convirtiéndose en algo vacío, una corporación para la que todos se sacrifican pero que no hace nada por nadie. Finalmente pareciera que los hermanos comprenden eso y comienzan a preocuparse por su propio bien. Con ello se rompen todos los lazos, lo que anticipa que la próxima temporada será un “todos contra todos”. Si una mentira llevaba a otra mentira, en la segunda temporada una muerte lleva a otra muerte. Ambas temporadas funcionan como una imagen especular donde el reflejo es inverso. Primero, el personaje de Danny se vuelve cada vez más malo mientras más sabemos de él peor es, casi justificando su asesinato. Pero luego viene el reverso: a medida que conocemos su vida pasada y de su familia, comprendemos sus actos y hasta los justificamos. Esa familia con la cual empatizábamos ahora es un pequeño Leviatán, un monstruo que funcionó de protector en un principio pero que pronto se volvió tirano y del que se tienen que liberar o comenzar una guerra sin cuartel.

Martín Miguel Pereira
redaccion@cineramaplus.com.ar

 

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