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¿Qué es una serie web? Respuestas parciales y un ejemplo: “Minga”

Cuando nació el cinematógrafo (pues este arte debe su nombre al invento de los hermanos Lumiére) lo hizo como un artefacto tecnológico. Primero fue un espectáculo de feria, como en su momento Aureliano Buendía fue a la feria a conocer el hielo en la invención de García Márquez. Con los años se fue resignificando hasta convertirse (recién en la década del ’60) en un arte mayor en algunos casos. Pero antes de ello debió reclamar su especificidad dentro del mundo artístico; cuando se lo denominó el séptimo arte no fue por haber adquirido entidad propia, sino porque se la pensaba como una disciplina capaz de aunar a todas las demás, pero sólo como la suma de sus partes. Para llegar al estadio que ocupa hoy en día, la crítica se desvivió por encontrar qué es lo exclusiva y específicamente cinematográfico, aquello que lo identifica y distingue de las otras artes.

La televisión, en cambio, nació más desprejuiciada, eran otras épocas y nunca pretendió para sí misma laureles que, creía, no le correspondían ni le interesaban. Ahora bien, a partir del nuevo siglo y con ciertos cambios que se venían insinuando en el modo de visionarla, la tele (hoy ya es arcaíco llamarla así) comenzó a demostrar que podía ser algo más, que ese faro, esa hermosa anormalidad que había sido Twin Peaks  a comienzos de los ’90 podía serializarse, podía repetirse y superarse. Hoy son pocos los que no ven que las series pueden llegar a alturas artísticas similares e incluso en muchos casos superiores a las del cine –especialmente al cine mainstream contemporáneo-.

En el camino de la evolución tecnológica ha aparecido un nuevo formato que va ganando cada vez más fuerza y es el que nos ocupa en esta reseña: la serie web, nacida de formas alternativas de visionado y la reducción de los costos de producción. Pero ¿de qué se trata esto?

Una de las razones del gran triunfo de las nuevas series y que ha generado una fiebre de maratones de capítulos, es su formato más corto que el de las películas, que, como en los ’60 cada vez se hacen más largas (siempre hablando de los “tanques”). Allí se genera una paradoja que no hace más que reafirmar esos cambios: es muy frecuente encontrar espectadores que pueden llegar a ver de tres a seis capítulos en un día, obviamente hay quienes ven hasta lo que les permite las horas del día y del sueño. Si sumamos seis capítulos de 52 minutos (por poner uno de los estándares utilizados) nos da 312 minutos, cinco horas y doce minutos, lo suficiente para ver hasta tres películas de mediana duración. Ahora, sí es raro encontrar gente que vea tres películas en un día. Uno podrá decir que la cantidad de tiempo es la misma, pero el problema no es la cantidad sino la cualidad (no calidad) de esas horas.

El formato de serie está diseñado para tener una narración ágil, con una respiración distinta a la de un filme y en donde cada capítulo, lejos de ser un círculo cerrado, es una espiral que se une indefinidamente con otra. Dicho de otra manera, llena de cliffhanger. Ese mismo tempo es el que nos hace creer que podemos dejarla en cualquier momento, que no debemos comprometernos demasiado tiempo cuando elegimos comenzar cualquier relato. Claro, es la falsa ilusión de las adicciones.

Todavía este formato está creado para verse en grandes pantallas (hogareñas, por supuesto) y suele estar acompañado de cierto ritual previo, desde la “juntada”, cuando se comparte la adicción con amigos hasta, por lo menos, acomodarse en la cama y darle play al SmartTv. Nada de esto ocurre con las series web. Si hay algo que las distingue de las series televisivas y las películas es que están creadas para ser vistas en Smartphones y Tablets. Su duración, además, es mucho menor; aquí también existen diferentes estándares pero podemos situarlas entre los cinco y los trece minutos. Una cosa va de la mano con la otra: un capítulo (o varios) puede ser visto en un viaje de colectivo/tren/subte, en una sala de espera para un turno médico, mientras realizamos algún trámite o hasta cuando hacemos una cola para pagar facturas. La duración, como ya explicamos, determina las formas de narración. Julio Cortázar utilizó una metáfora boxística para hablar de la literatura y que muchas veces se usa en las escuelas de cine: “Una novela (largometraje) se gana por puntos, mientras que un cuento (cortometraje) se gana por Knockout”. Las similitudes están a la vista.

En cuanto a los géneros, el que más se repite es la comedia. Quizás se deba a que por su corta extensión se asemeja al sketch televisivo o porque el ritmo de la comedia se ajusta a un visionado corto y de mucha intensidad (nos parecería imposible pensar una serie como Mad Men  en este formato).

La Bienal de Arte Joven de Buenos Aires de este año eligió como ganadoras en su categoría “serie web” tres productos bien diferentes aunque con un nexo común: todas son historias protagonizadas por mujeres. De las tres seleccionadas me centraré en analizar la que considero más arquetípica de este formato: Minga.

Minga  nació de un blog que escribió la directora de la serie, Maitena Minella, entre 2010 y 2012. Ese blog derivó en un libro, luego un piloto y, finalmente, fue elegida por la Bienal de Arte Joven como una de las ganadoras para producir 6 capítulos. La serie se apoya principalmente en el encanto y la destreza de su protagonista, Camila Romagnolo. Minga una joven que se debate entre un amor virtual y amor analógico representado por sus dos parteners masculinos; es introvertida, misteriosa, apachorrada y casi desidiosa. Tiene un trabajo difícil de explicar –también lo es para sus padres, que la mantienen parcialmente-; es moderna, vive a través de las nuevas tecnologías. Con el correr de los capítulos vamos conociéndola al mismo tiempo que sentimos que nos falta más por conocer. Ese es uno de los grandes logros de la serie, generar el misterio, provocar la ansiedad, ambos sentimientos que nos impulsan a seguir mirando.

Si bien podemos pensar que una serie web es sinónimo de austeridad de producción y recursos, en este caso no se aplica ese prejuicio. La producción consta de muchos escenarios, un número considerable de actores y extras, posee una música original muy orgánica con el tono y los sonidos de la serie; la fotografía es muy prolija y trabaja con los tonos medios y desaturados. Es difícil catalogar a Minga  en un género pues su naturaleza es más bien híbrida, una conjunción de humor entre cínico con cáscara de inocente (la influencia “Rejtmaniana”), un toque de grotesco bien contenido y toques naif que parecen develar la verdadera naturaleza de su protagonista, opuesta al humor que maneja la serie, ella es cínica por fuera e inocente por dentro.

Las situaciones son apenas una excusa para presentarnos a un personaje en ciertos sentidos inenarrable, inconmensurable. En ese sentido se emparenta con series como Fleabag.  Esa cualidad le permite tener a Minga  mucha tela para cortar aún, por lo que esperamos ansiosos la segunda temporada.

Por Martín Miguel Pereira
redaccion@cineramaplus.com.ar

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