Crítica: Transit (2018), de Christian Petzold

Transit (Alemania / Francia – 2018)
Berlinale 2018: Competencia Internacional – Premiere Mundial
BAFICI 20: Sección Oficial – Fuera de competencia – Premiere Latinoamericana

Dirección y Guion: Christian Petzold / Director de fotografía: Hans Fromm / Edición: Bettina Böhler / Dirección de arte: Kade Gruber / Música: Stefan Will / Producción: Florian Koerner von Gustorf, Michael Weber / Intérpretes: Franz Rogowski, Paula Beer, Godehard Giese, Lilien Batman, Maryam Zaree / Duración: 110 minutos.

Cristian Petzold es el realizador del cine germano contemporáneo por excelencia, siendo singularmente diestro en el melodrama y todas sus posibles derivaciones discursivas.

Hemos conocido ya sus abordajes en filmes como Seguridad interior (2000), Triángulo (2008), Bárbara (2012) y Ave Fénix (2014) donde vemos cómo pone en juego una mirada intimista sobre los vínculos e inquietante sobre los mundos psicológicos de sus personajes. Su pulso en la narrativa se impone con la capacidad de un estudioso cinéfilo y como apasionado cineasta conjuga tramas y situaciones que nos envuelven con sus complejas narrativas emocionales haciendo del uso del contexto un espejo invertido sobre los mundos interiores de los seres que lo habitan.

Intertextualmente conectado con Wenders y Fassbinder, en sus filmes hay huellas de ambos realizadores alemanes con los que dialoga profundamente, aquellos que fueron motores del icónico Nuevo Cine Alemán que resurgía de las cenizas de la post guerra. Pero su marca lleva huellas de otros maestros como Hitchcock, Sirk y otros genios del cine clásico americano.

Cristian Petzold es preciso y profundo a la hora de diseñar estructuras narrativas. Capaz de narrar como un brillante ajedrecista presentándonos formas – cronológicas o no – que siempre se nos hacen audaces y llenas de incertidumbre. No son simplemente estructuras no canónicas o de superficial corte experimental, sino que son ante todo ensayos cuidadosamente construidos donde la línea de pensamiento sobre el tema a tratar se une a la trama de manera inseparable. Ese leit motiv del autor se deja entrever a través de las vivencias de sus caracteres al mismo tiempo que despliega su solvencia y hodnura en la construcción del andamiaje estructural.

Las apuestas de Petzold se hacen cada vez más atractivas, ya que a la hora de abordar un nuevo diagrama no apela a las redundancias ni las obviedades. Es con esa genuina pluma que nace Transit, su último filme. El mismo director lo contextualiza como el cierre de una trilogía iniciada con Bárbara y continuada por Ave Fénix, cuyo tema nuclear es el de “los amores que nacen dentro de sistemas opresivos”.

El relato cinematográfico está basado en la novela homónima de la alemana Anna Seghers (1944) siendo el guion obra del propio director. En la tarea de transposición Petzold se toma algunas libertades autorales, ya que replica el mundo germano durante el nazismo aquel de los años 40 que la novela propone, pero instala el contexto de esos mismos conflictos en la Marsella contemporánea, una clave de resignificación total de la historia.

Cuenta el cineasta que el primer abordaje a la adaptación fue una idea que compartió con magistral documentalista alemán Harun Farocki, colega y amigo, que consideró inviable el proyecto, al menos en los términos de una adaptación clásica y especialmente partiendo de ese texto germen de alta calidad literaria lo que suponía el riesgo de caer en una obra de menor profundidad narrativa. Aún así, Petzold inició un boceto del proyecto y en el proceso de escritura el material terminó perdiéndose en una computadora averiada. Años más tarde se reencontró con una nueva idea germinal sobre Transit ya sabía que el planteo sería diferente y ese descubrimiento fue la llave para abrir un nuevo camino hacia el filme. Presentificar ese pasado opresivo, traer el relato ubicado en los últimos años de la segunda guerra al contexto actual, y yuxtaponer a eso las caracterizaciones de los personajes como si ellos vivieran en aquella histórica década atroz. Este disloque de temporalidades hace al filme universal, atemporal, espejando el pasado de la segunda guerra con la opresión de la Europa actual. Un reflejo sobre los refugiados del presente en aquellos “otros” refugiados del pasado, reiterándose en ambos planos la condición de ser ante todo sujetos “en tránsito”.

El argumento no es simplista, obvio, directo, ni lineal. Juega entrando y saliendo de distintos acontecimientos que nos intrigan y nos arrojamos a ellos buscando develar su significación final. Es nítido el punto de vista ya que el filme nos propone seguir a nuestro protagonista, Georg, un judío alemán refugiado que vive en la Francia de los años 40. Un amigo lo compromete a entregarle unas cartas a otro refugiado, un escritor a quien encuentra ya sin vida, lo cual cambia todo el sentido del plan. Georg vislumbra en esa situación un salvoconducto para repensar su identidad, el que es un don nadie tal vez pueda, en el cuerpo de ese ausente escritor, encontrar una salida para su supervivencia y sus anhelos. Allí encuentra como vestigios del escritor fallecido una novela de su autoría y la carta sin entregar de su mujer, Marie.

La trama se focaliza en el camino que toma Georg al decidir ser ese “otro” apropiándose de la identidad del ausente y poniéndole el cuerpo a ese hombre del que ya casi nadie puede recordar con detalle su rostro pero que algunos aún esperan. Se construye como un doble, otro yo, un fantasma de otro fantasma.

El azar, o cierto compromiso, lo llevan a conocer a una mujer y un niño que viven solos en las afueras de la ciudad. Más allá de encariñarse con ellos, son otros refugiados que nada tienen que ver con su búsqueda.

Otra es la meta que le ha tocado en suerte. Una mujer de labios rojos y largo piloto que aparece una y otra vez es quien lo lleva como un fantasma a su objetivo. Ella, Marie, con un nombre tan universal como su existencia, tal vez una metáfora o una alegoría sobre el amor. Ella es quien lo confunde con otro hombre huyendo cada vez para volver a aparecer. Es esa la mujer que él espera sin saberlo. La esposa sin hombre, una y todas las mujeres a la vez. La vemos existir como la proyección de una fantasía masculina capaz de hacer real lo inalcanzable, y ahí habita ella, la fantasmática Marie.

La trama los encuentra casi como si el destino lo quisiera, y en ese encuentro se definen el uno al otro, en torno a este vínculo amoroso y a la falsa identidad que Georg detenta. Se aman, o al menos eso desean. Las fantasías imposibles que proyectan el uno en el otro van llevándolos al punto crítico de otro nuevo desencuentro. Una historia de amor en el limbo inconmensurable que es el del estado de vivir “en tránsito”, en una suerte de “no lugar” de estado de no pertenencia.

La segunda guerra, que habita en el drama de los personajes, funciona como un fondo fantasmático están allí padeciendo esas angustias y la vez allí no están. El melodrama que envuelve a esta pareja se imbrica con otras complejidades. El estado de dualidad de Georg, que es y no quien es, la duplicidad que lo lleva a presentarse también como otro sujeto de alguna manera “fantasma” buscando su propia identidad en este universo inestable.

La película tiene una clave esencial para abrir su puerta misteriosa, para correr ese velo que la hace diferente a cualquier filme sobre el nazismo, o cualquier relato actual sobre el tema de los refugiados. Esa clave es la de una atemporalidad única, construída por dos tiempos nítidos y superpuestos. Uno es el tiempo de los hechos de la narración y sus datos precisos, esos que describen textualmente la segunda guerra mundial, instalados en todos los diálogos, en los hechos que se trazan en el argumento y en muchos detalles del arte del filme. Por otra parte está el nítido presente, la actualidad, que es donde se enclavan todo el resto de los elementos del relato: los espacios, los vehículos, los personajes, los otros refugiados que remiten al aquí y ahora siendo los extranjeros que hoy habitan Europa y que ahora son el tema de conflicto cultural.

Es una película que, uniendo dos momentos históricos alejados, amplía la reflexión sobre la pregunta existencial sobre la identidad y la reflexión sociológica sobre la pertenencia. La hondura de los conceptos que el relato atraviesa son de fuerte raíz filosófica con bases conceptuales en temas como el individuo, el otro, la pertenencia y la muerte.

La superposición de planos históricos es la marca de agua de la película, pero además está llena de citas internas a otros filmes de ficción sobre la guerra o la post guerra en Alemania, como por ejemplo “El casamiento de María Braun” (1979) de R.M. Fassbinder donde una mujer, Marie, espera incondicionalmente el regreso de su hombre de la batalla.

Al iniciarse el filme vemos que reza en la pantalla: “Dedicada a Harun Farocki”. Es suficientemente clara su posición al elegir abrir el relato con este homenaje al ya fallecido gran maestro, referente de Petzold. Como grandes humanistas que ambos son, sin duda los enlaza una capacidad de atravesar las más complejas preguntas sobre el hombre y su frágil condición de ser frente a la controversial situación del estar, aquí y ahora. Eternas preguntas de la filosofía germana que solo pueden resurgir a la pantalla desde las manos de este gran artista y pensador del lenguaje.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

95%
  • Nuestro Puntaje
Podría interesarte

Escribe un comentario

No publicaremos tu mail