Crítica: Sol Alegría (2018), de Tavinho Teixeira – FICIC

Sol alegría (Brasil – 2018)
FICIC Cosquín 2019: Mejor Película de la Competencia Internacional

Dirección: Tavinho Teixeira / Fotografía: Ivo Lopes Araújo / Diseño de producción:  Thales Junqueira / Vestuario: Gabriela Campos / Intérpretes: Mariah Teixeira, Tavinho Teixeira, Mauro Soares, Joana Medeiros, Suzy Lopes / Duración: 90 minutos.

Esta película de origen brasilero, autoría de Tavinho Texeira, se alzó con el premio al mejor filme en la “Competencia Internacional” del FICIC en su novena edición. La presentación del mismo en boca de su director artístico, Roger Koza, puso el acento en dos aspectos singulares de esta provocativa propuesta carioca, una su condición de insolencia y la segunda su potencial condición predictiva, o sea una mirada sobre la realidad en la ficción que podríamos interpretar como un saber anticipado de la situación social, política y moral del Brasil en la era “Bolsonaro”.

Es inevitable dar cuenta de que el filme descoloca al espectador tanto en su tratamiento estético como en la invención alegórica que fabula. Una imagen de colores hiper saturados, una iluminación excesiva y un universo de decorados y vestuario lejos de todo filme narrativo costumbrista que podemos conectar tanto con la vulgaridad hecha forma en el cine de John Waters, como a la vez una la estética kitsch que parece parodiar el cine pro revolucionario de los 60 y 70 que fue casi una moda en esos tiempos.

Sol alegría lleva este nombre ya que así se nombra a un grupo de resistencia, una comunidad secreta constituída por monjas divertidamente licenciosas que cultivan cannabis para sostener la gesta revolucionaria, y en donde se pone en practica la sexualidad de manera desprejuiciada y sin tabúes, más como un acto contestario al sistema opresor que parece existir en el fuera de campo que por razones más intimas o personales. El sexo liberado como una respuesta a los modelos de castración del poder, no deja de remitirnos, y eso es algo poco novedoso, a como el hippismo concibió la idea de libertad allá por los años 70.

Lo más solvente del uso de la insolencia capaz de provocar nuevas ideas en el espectador sobre el universo del relato está sustentado por el constante acto de parodiar, de ironizar sobre lo que podemos reconocer como los estereotipos de nuestra cultura haciendo uso de un humor artificioso y exacerbado, que lleva al límite de lo verosímil todo lo que toca. El mismo color tiñe a sus personajes y sus deseos, que parten a un nuevo viaje desde la comunidad de las monjas liberales hacia una búsqueda imprecisa a la que todos llama “la misión”, y que la podemos entender como la meta de poder encontrar una “nueva forma para la revolución”.

En ese viaje tipo road movie de mixtura de géneros – un poco de western, un poco de cine fantástico, un poco de todo – aparecen resignificados los roles de los personajes que emprenden el viaje: la mujer adulta es la subversión de la idea tipo de “la madre”, el conductor del auto que juega el rol de anfitrión en un imaginario cabaret que instalan en la ruta se embiste en el rol del “padre” , el joven de pelo rosa y sexualidad en estado ecléctico es el “hijo” y sus significaciones varias, para que finalmente, la joven mujer, la hija imaginaria, se instituya en el papel de “la última mujer fértil del mundo” y desde ese lugar simbólico e imposible actúe su deidad femenina y arroje textos lúcidos acerca de la necesidad de crear “una máquina de la revolución que incluya al hombre en toda su condición de sujeto del deseo”.

Es un filme con un estilo de mixturas impuras que tiene tanto algo de predictivo, algo de utópico, algo de desfachatado y algo de bizarro, todo esto hilado sin preocupaciones de preciso rigor formal pero con muchas intenciones de dar un personal sacudón de fuerte peso ideológico.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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