Crítica: Manco Capac (2020), de Henry Vallejo Torres – Festival de Lima

Manco Capac (Perú – 2020)
Festival de Cine de Lima: Competencia Ficción

Dirección: Henry Vallejo Torres / Guion: Henry Vallejo Torres, Elard Serruto Dancuart / Producción: Flor Vallejo Torres, Henry Vallejo Torres / Fotografía y Montaje: José Vallejo Torres, Carlos Vallejo Torres / Música y Sonido: Carlos Vallejo Torres / Dirección de Arte: Flor Vallejo Torres / Intérpretes: Jesús Luque Colque, Gaby Huaywa, Mario Velásquez, Yiliana Chong, Leonardo Villa, Henry Peláez, Sol Calatayud, Julissa Paredes / Duración: 92 minutos.

En el comienzo de Manco Capac de Henry Vallejo Torres, la realidad se trasluce a través del vidrio de la ventana de un micro. Es un reflejo que se desprende de un medio de transporte que lleva a la gente como ganado, es decir, un signo más de la degradación humana en nuestra Latinoamérica asolada por continuos gobiernos pendulares que perpetúan la miseria. Así, con pequeños trazos, la película nos hablará de la hostilidad como signo comunicacional, una hostilidad que ya no se atribuye solo a un odio de clase, sino a la indiferencia de pobres ante pobres, trabajadores mal pagos contra otros trabajadores, y ni hablar de los indígenas que buscan alguna posibilidad laboral en la ciudad. Esto no es ni más ni menos que la naturalización del desprecio.

Elisban llega a la ciudad de Puno en busca de un amigo con quien debería trabajar. No lo encuentra y entonces comienza un viaje por ese espacio que transitará como un extranjero en su propia tierra, sin dinero y con lo que lleva puesto. Es demasiado educado, noble y bueno para un mundo que lo empuja y ni se presta a mirarlo. Solo una mujer puestera se compadece y le da de comer, mientras él hace algunas changas, deambula y asiste asombrado a los rituales religiosos y étnicos del lugar. Perdido entre procesiones, busca dignidad. Y en ese camino, el director no lo suelta jamás, capta al personaje en toda su dimensión, física, emocional y verbal. Los colores fríos son parte de una paleta nada condescendiente con la explotación estética de la marginalidad y la pobreza. Si bien duele la condición existencial de Elisban, conmueve su persistencia aguantando las consecuencias de la precariedad laboral, la indiferencia y el vacío estatal, el universo donde los pobres se tienen que rebajar ante los pobres por unas míseras monedas. Un acierto del director es no dotar de tintes manipuladores al recorrido. No hay música ni picaresca posible que atempere o falsifique esto a la manera de una tarjeta postal. Ni tampoco una salida fácil que haga caer al protagonista en el robo o el asesinato para confirmar una tesis complaciente. Elisban aprende a los golpazos en su propia indefensión, pero ello no implica que devuelva con la misma moneda, un lugar común en el cine contemporáneo destinado a conciencias tranquilas. Acá, solo le queda la contención de una mujer, y tampoco es llevada a un plano romántico ni utópico. Es la única que lo escucha frente a todos los demás, que directamente lo anulan con un gesto o una palabra, cuando no un empujón. Y aunque no se grite, sabemos que es parte del colapso sistemático de sociedades que aguantan embates neoliberales feroces alternados con otros gobiernos que profundizan los problemas estructurales. Los efectos visibles son las conductas que ponen en evidencia lo peor. Ya no se mira al otro, se lo esquiva.

Es interesante el modo en que otros discursos están puestos en la película. Por ejemplo, el de la religión. Pese a todo, pese a la miseria y la falta de respuesta eclesiástica, la religión continúa operando en ciertas culturas. Aquí aparece como banda sonora, se escucha en las calles, pero está mezclada con los puestos, las ventas y la informalidad. Este carácter lateral dice mucho sin mostrarlo.

Es cierto que, por momentos, uno se pregunta si no será mucho, pero también se entiende que el desarrollo de la película abre una expectativa: esperamos un milagro. Y lo esperamos sobre todo cuando el protagonista es desplazado a vivir como un náufrago en un basural. Sin embargo, el milagro llega en dos pequeñas dosis que nada tienen que ver con lo económico y sí con una dimensión humana que cierra el periplo de Elisban. El primer milagro es una especie de vuelta de tuerca, un guiño que da cuenta del amor por el cine y de lo que el cine nos da. El segundo abrirá una puerta que no borra lo anterior, pero nos insufla de aliento.

Salir de Lima como epicentro, construir con la cámara un personaje único y sumamente expresivo a pesar de su introversión, y otorgarle una importancia decisiva a los gestos y a las miradas (qué lindo es ver una película donde no se grite para expresar un dolor de modo oportunista), son otros indicadores que se suman a lo anterior y que hacen de Manco Capac una película muy atendible.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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