Nuestro puntaje

7/10

La princesa de Francia (Argentina – 2014)

Guión y dirección: Matías Piñeiro / Fotografía: Fernando Lockett / Música original: Julián / Edición: Sebastián Schjaer / Dirección de arte: Ana Cambre / Sonido: Daniela Ale, Mercedes Tennina y Emilio Iglesias / Intérpretes: Julián Larquier Tellarini, Agustina Muñoz, Pablo Sigal, Gabriela Saidón, Romina Paula, María Villar, Elisa Carricajo, Laura Paredes, Julián Tello y Juan Chacón / Duración: 70 minutos.

EL CINE COMO FUSIÓN DE TODAS LAS ARTES

Desde el minuto cero, La princesa de Francia de Piñeiro, muestra su artificio. Un artificio que revela la introducción a la obra de un realizador que opta por las temáticas clásicas, pero de forma extrema y arriesgada; huellas de un cine que se muestra consciente de su lenguaje y dueño del don de poner en imágenes y sonidos las escenas de la vida cotidiana transformadas en arte.

Suena Schumann y el filme abre con una escena que será difícil olvidar y que marca antecedente en la filmografía independiente nacional. El viaje cinematográfico comienza desde un balcón de un piso alto, y en esmerado sobrevuelo la cámara inventa un recorrido de zoom in hacia la acción que se percibe tímida desde lo lejos: un partido de football que más que un deporte parece la perfecta coreografía de una compañía de danza. De gran logro técnico y con suma originalidad, el comienzo de La princesa de Francia, se deja ver culta, bella y armónica.

Su historia es sencilla, Víctor regresa a Buenos Aires y es su historia de amor (desamor y exceso del mismo) lo que la película narra entre líneas. Víctor se encuentra con su novia, su ex, su amante, etc. Pero extraña a Paula. ¿Realmente extraña a Paula? Digo entre líneas porque lo más sobresaliente del filme no es su tema, sino la forma en la que se presenta, porque Matías Piñeiro es un cineasta de mundo que trabaja en dos sentidos, por un lado con la intertextualidad (variopinta y cuidadosamente seleccionada) como caballito de batalla y por el otro, con la superposición de niveles temáticos y retóricos que complejizan la experiencia del espectador, invitándolo a la reflexión, pero también al guiño humorístico y la complicidad.

“Ninfas y Sátiro” es un cuadro inserto en el academicismo francés del siglo XIX bajo la firma del artista William. A. Bouguerau. En él es sencillo ver la forma en la que se representa la figura femenina (su cuerpo blanco, pulcro y sensual) en una feroz batalla apasionada por la posesión del único ser masculino del cuadro. Cualquier semejanza con lo narrado en el filme no es pura coincidencia porque la forma clásica y la representación mitológica recuerdan que la historia de Víctor y sus mujeres no es sólo sentimental sino también física, descarnada e intelectual.

A su vez, Piñeiro es la tercera vez que elabora una versión libre de un texto de William Shakespeare (al parecer más de un William lo inspira), y pone en evidencia la no tan novedosa idea del valor actual de aquellas líneas isabelinas, al mismo tiempo que pone en marcha un procedimiento en el cual se arriesga a fusionar dos artes enfrentadas históricamente, el cine y el teatro, la repetición sin aura ante la experiencia de la vivencia del aquí y ahora (siempre distinto y transformador).

Es así como La princesa de Francia, enamora los sentidos y activa procesos conceptuales que hacen de la película una experiencia sensible y atractiva para la mente. ¿Quién no tuvo una historia de amor intelectual?

Por Paula Caffaro
@paula_caffaro

 

Nuestro puntaje

7/10

La princesa de Francia (Argentina – 2014)

Guión y dirección: Matías Piñeiro / Fotografía: Fernando Lockett / Música original: Julián / Edición: Sebastián Schjaer / Dirección de arte: Ana Cambre / Sonido: Daniela Ale, Mercedes Tennina y Emilio Iglesias / Intérpretes: Julián Larquier Tellarini, Agustina Muñoz, Pablo Sigal, Gabriela Saidón, Romina Paula, María Villar, Elisa Carricajo, Laura Paredes, Julián Tello y Juan Chacón / Duración: 70 minutos.

EL CINE COMO FUSIÓN DE TODAS LAS ARTES

Desde el minuto cero, La princesa de Francia de Piñeiro, muestra su artificio. Un artificio que revela la introducción a la obra de un realizador que opta por las temáticas clásicas, pero de forma extrema y arriesgada; huellas de un cine que se muestra consciente de su lenguaje y dueño del don de poner en imágenes y sonidos las escenas de la vida cotidiana transformadas en arte.

Suena Schumann y el filme abre con una escena que será difícil olvidar y que marca antecedente en la filmografía independiente nacional. El viaje cinematográfico comienza desde un balcón de un piso alto, y en esmerado sobrevuelo la cámara inventa un recorrido de zoom in hacia la acción que se percibe tímida desde lo lejos: un partido de football que más que un deporte parece la perfecta coreografía de una compañía de danza. De gran logro técnico y con suma originalidad, el comienzo de La princesa de Francia, se deja ver culta, bella y armónica.

Su historia es sencilla, Víctor regresa a Buenos Aires y es su historia de amor (desamor y exceso del mismo) lo que la película narra entre líneas. Víctor se encuentra con su novia, su ex, su amante, etc. Pero extraña a Paula. ¿Realmente extraña a Paula? Digo entre líneas porque lo más sobresaliente del filme no es su tema, sino la forma en la que se presenta, porque Matías Piñeiro es un cineasta de mundo que trabaja en dos sentidos, por un lado con la intertextualidad (variopinta y cuidadosamente seleccionada) como caballito de batalla y por el otro, con la superposición de niveles temáticos y retóricos que complejizan la experiencia del espectador, invitándolo a la reflexión, pero también al guiño humorístico y la complicidad.

“Ninfas y Sátiro” es un cuadro inserto en el academicismo francés del siglo XIX bajo la firma del artista William. A. Bouguerau. En él es sencillo ver la forma en la que se representa la figura femenina (su cuerpo blanco, pulcro y sensual) en una feroz batalla apasionada por la posesión del único ser masculino del cuadro. Cualquier semejanza con lo narrado en el filme no es pura coincidencia porque la forma clásica y la representación mitológica recuerdan que la historia de Víctor y sus mujeres no es sólo sentimental sino también física, descarnada e intelectual.

A su vez, Piñeiro es la tercera vez que elabora una versión libre de un texto de William Shakespeare (al parecer más de un William lo inspira), y pone en evidencia la no tan novedosa idea del valor actual de aquellas líneas isabelinas, al mismo tiempo que pone en marcha un procedimiento en el cual se arriesga a fusionar dos artes enfrentadas históricamente, el cine y el teatro, la repetición sin aura ante la experiencia de la vivencia del aquí y ahora (siempre distinto y transformador).

Es así como La princesa de Francia, enamora los sentidos y activa procesos conceptuales que hacen de la película una experiencia sensible y atractiva para la mente. ¿Quién no tuvo una historia de amor intelectual?

Por Paula Caffaro
@paula_caffaro

 

Crítica: La princesa de Francia (2014), de Matías Piñeiro

Nuestro puntaje

7/10

La princesa de Francia (Argentina – 2014)

Guión y dirección: Matías Piñeiro / Fotografía: Fernando Lockett / Música original: Julián / Edición: Sebastián Schjaer / Dirección de arte: Ana Cambre / Sonido: Daniela Ale, Mercedes Tennina y Emilio Iglesias / Intérpretes: Julián Larquier Tellarini, Agustina Muñoz, Pablo Sigal, Gabriela Saidón, Romina Paula, María Villar, Elisa Carricajo, Laura Paredes, Julián Tello y Juan Chacón / Duración: 70 minutos.

EL CINE COMO FUSIÓN DE TODAS LAS ARTES

Desde el minuto cero, La princesa de Francia de Piñeiro, muestra su artificio. Un artificio que revela la introducción a la obra de un realizador que opta por las temáticas clásicas, pero de forma extrema y arriesgada; huellas de un cine que se muestra consciente de su lenguaje y dueño del don de poner en imágenes y sonidos las escenas de la vida cotidiana transformadas en arte.

Suena Schumann y el filme abre con una escena que será difícil olvidar y que marca antecedente en la filmografía independiente nacional. El viaje cinematográfico comienza desde un balcón de un piso alto, y en esmerado sobrevuelo la cámara inventa un recorrido de zoom in hacia la acción que se percibe tímida desde lo lejos: un partido de football que más que un deporte parece la perfecta coreografía de una compañía de danza. De gran logro técnico y con suma originalidad, el comienzo de La princesa de Francia, se deja ver culta, bella y armónica.

Su historia es sencilla, Víctor regresa a Buenos Aires y es su historia de amor (desamor y exceso del mismo) lo que la película narra entre líneas. Víctor se encuentra con su novia, su ex, su amante, etc. Pero extraña a Paula. ¿Realmente extraña a Paula? Digo entre líneas porque lo más sobresaliente del filme no es su tema, sino la forma en la que se presenta, porque Matías Piñeiro es un cineasta de mundo que trabaja en dos sentidos, por un lado con la intertextualidad (variopinta y cuidadosamente seleccionada) como caballito de batalla y por el otro, con la superposición de niveles temáticos y retóricos que complejizan la experiencia del espectador, invitándolo a la reflexión, pero también al guiño humorístico y la complicidad.

“Ninfas y Sátiro” es un cuadro inserto en el academicismo francés del siglo XIX bajo la firma del artista William. A. Bouguerau. En él es sencillo ver la forma en la que se representa la figura femenina (su cuerpo blanco, pulcro y sensual) en una feroz batalla apasionada por la posesión del único ser masculino del cuadro. Cualquier semejanza con lo narrado en el filme no es pura coincidencia porque la forma clásica y la representación mitológica recuerdan que la historia de Víctor y sus mujeres no es sólo sentimental sino también física, descarnada e intelectual.

A su vez, Piñeiro es la tercera vez que elabora una versión libre de un texto de William Shakespeare (al parecer más de un William lo inspira), y pone en evidencia la no tan novedosa idea del valor actual de aquellas líneas isabelinas, al mismo tiempo que pone en marcha un procedimiento en el cual se arriesga a fusionar dos artes enfrentadas históricamente, el cine y el teatro, la repetición sin aura ante la experiencia de la vivencia del aquí y ahora (siempre distinto y transformador).

Es así como La princesa de Francia, enamora los sentidos y activa procesos conceptuales que hacen de la película una experiencia sensible y atractiva para la mente. ¿Quién no tuvo una historia de amor intelectual?

Por Paula Caffaro
@paula_caffaro

 

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