Crítica: Jojo Rabbit (2019), de Taika Waititi – MDQFilmFest34

Jojo Rabbit (Estados Unidos – 2019)
MDQFilmFest34: Panorama – Autores

Dirección y Guion: Taika Waititi / Fotografía: Mihai Malaimare Jr. / Montaje: Tom Eagles / Música: Michael Giacchino / Producción: Carthew Neal, Taika Waititi, Chelsea Winstanley / Intérpretes: Roman Griffin Davis, Thomasin McKenzie, Taika Waititi, Rebel Wilson, Sam Rockwell, Scarlett Johansson / Duración: 108 minutos.

Taika Waititi es un realizador neozelandés de trayectoria amplia y con diversidad de realizaciones, desde un filme de producción muy mainstream como Thor: Ragnarok (2017) hasta trabajos más indie en Lo que hacemos en las sombras (2014) una parodia estilo falso reality, protagonizada por vampiros que viven encerrados en una mansión.

Jojo Rabbit nace de la transposición de la novela Caging Skies de Christine Leunens al guion cinematográfico del propio Taika Waititi. El argumento que estructura a esta comedia paródica está construido sobre la figura de un niño, Jojo “Rabbit” Betzler. Él carece de figura paterna, ya que su padre se fue a la guerra tres años atrás, y el fantasma absurdo del mismísimo Adolf Hitler es su guía, su tutor, su padre sustituto. Con sus escasos 8 años, Jojo es inevitablemente un entusiasta del nazismo y piensa en su futuro como soldado alemán combatiendo a esos “sucios judíos”, dicho con todo el humor y la sátira puestas en escena para burlar aquello mismo que se está afirmando, con la gracia y la elegancia con la que la parodia puede hacer una crítica sobre aquello más trágico y oscuro.

Así es que Jojo, hijo de la bella Scarlett Johansson muy graciosa como madre germana que habla mal el alemán y se viste como una americana, se alista a un campamento en el que los niños son preparados para la vida bélica y cuyos aprendizajes centrales son: saber tirar una granada, empuñar un fusil, saltar obstáculos, tirar al blanco un dardo y una lista de absurdidades varias. En esta secuencia inicial Waititi despliega una gracia y un ritmo narrativo ideales para empujarnos a ese mundo naif y delirante de la vida del pequeño Jojo. Se destaca desde estas escenas iniciales y hasta el final de la película el papel que compone Sam Rockwell haciendo del “Capitán Klenzendorf” un militar tan decadente como empático.

Jojo vive en su entusiasta universo nazi reforzado por el vínculo imaginario con un caricaturizado Adolf Hitler que lo aconseja en cada momento. Juntos juegan, corren y saltan como si se tratara de un niño más. Waititi, que interpreta a Hitler en el filme, le da al personaje el trazo de infantil absurdidad necesaria para alejar al relato de la historia real que le da contexto.

El cambio argumental se produce cuando un día Jojo descubre que en su casa, más precisamente en el cuarto de su hermana (quien, sin muchas explicaciones, suponemos que falleció hace tiempo) devela la existencia de un escondite secreto y que allí se refugia ni más ni menos que una joven adolescente judía, simbólicamente su enemigo más mortal.

A partir de este hallazgo se pone en juego el mecanismo triangulado entre Jojo, su madre Rosie y la joven Elsa donde sabremos quien guarda el secreto de la existencia de la adolescente refugiada, y enlazado a eso quien “no sabe que el otro sabe”, como en una clásica comedia de enredos.

El vínculo con la joven Elsa Korr, la niña judía, va articulando un cambio progresivo, partiendo de ese antagonismo radical que pasa por la evaluación especulativa de revelar o no revelar la existencia de la niña allí, a tomarla como un caso a investigar para entender quiénes son realmente los judíos. Este proceso teje sobre este vínculo una trama cada vez más íntima, cada vez más cercana, que juega entre la hermandad de dos almas solitarias que viven casi como huérfanos para llegar a la fantasía de amor que Jojo proyecta sobre Elsa cuando termina de descubrir en ella su mismo universo. Ambos son las caras complementarias de un mundo que ha dejado a los niños solos en busca de un lugar seguro, de una certeza y de un espacio para construcción con otro y no en contra de ese otro.

Está en el espíritu del relato rescatar el vínculo de la hermandad como una forma de salvación, enlazada a la singular capacidad de descubrir este tipo de unión en el mundo de la infancia, como Jojo y como Elsa son capaces de construir. Esos mismos niños que se presentan influenciados por un mundo en guerra que los hace creerse enemigos, son seres emocionales capaces de descubrirse, aunque sea simbólicamente, como iguales, como hermanos.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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