Crítica: Espejos N°3 (2025), de Christian Petzold

Espejos N°3 / Miroirs No. 3 (Alemania – 2025)
Cannes 2025: Quincena de los realizadores
TIFF Toronto 2025
São Paulo
Busan
Palm Springs 2026

Dirección y Guion: Christian Petzold / Producción: Anton Kaiser, Florian Koerner von Gustorf, Claudia Tronnier, Caroline von Senden, Michael Weber, Julius Windhorst / Dirección de Fotografía: Hans Fromm / Edición: Bettina Böhler / Intérpretes: Paula Beer, Philip Froissant, Barbara Auer, Enno Trebs, Victoire Laly / Duración: 98 minutos.

Hay una fuerza misteriosa que determina el orden del universo. Está en todas partes, pero puede manifestarse repentinamente. Podemos sentirla. Gran parte de la filmografía de Christian Petzold escenifica ese momento en el que los personajes son arrastrados hacia una experiencia que no necesariamente pueden explicar. Nosotros tampoco. Pero sucede. En general, existe una escena -llamémosle primitiva- que transcurre en una zona de intuición, un presentimiento que tienen sus criaturas, cuya energía es imposible de esquivar.

Los personajes parecen emerger en cada historia, irrumpen en el primer encuadre. No sabemos necesariamente algo concreto de su pasado. Las historias se van armando como piezas dispersas en un tablero en un presente generalmente difuso, como si el mundo se redujera a un pequeño reducto. Petzold suele introducirlos en sus esferas laborales o cotidianas sin dar mayores precisiones, a veces, con un montaje alternado. los personajes están atravesados por fracturas emocionales que se develan progresivamente. Pero las relaciones se juegan entre una necesidad de conectar y, al mismo tiempo, un rechazo que puede ser más fuerte y que obedece tanto a traumas individuales como históricos.

Con frecuencia, los marcos son genéricos. Pueden ser natatorios, restaurantes, hoteles, carreteras, aeropuertos, bosques, museos, playas. Se trata de no lugares, sin posibilidad de hogar, pequeñas metáforas del mundo en una Alemania contemporánea (o del pasado) cuyas fisuras aparecen sin estar explicitadas. Esta indeterminación, sobre todo en sus últimas películas guarda un correlato con un cierto orden de naturaleza fantástica, inquietante, inserta en lo cotidiano. En Mirrors N° 3, el inefable cuerpo, el enigmático rostro de Laura (Paula Beer, insuperable), una joven estudiante de música, parecen desconectados del mundo, como si la vida se hubiera suspendido por un instante y en esa superficie de agua que la circunda se hallara una clave cifrada del universo. Es el inicio y a partir de allí, su identidad muta, su comportamiento parece diferente. Su novio y sus amigos no la entienden. Un accidente fatal deja sin vida a su pareja, pero sale ilesa. ¿Milagrosamente? Su cuerpo en el césped, similar a una pintura de Marcel Duchamp, es rescatado por otra mujer, Betty. Sus miradas se habían cruzado previamente, como si un lazo ya uniera sus destinos. A partir de la fatalidad, Laura hallará en casa de Betty la ficción de un nuevo hogar. Estos elementos le bastan al realizador alemán para tejer pacientemente una trama que, poco a poco, devela secretos y se funda sobre la idea de reemplazos afectivos, dolores contenidos. En definitiva, de espejos enfrentados, sean individuos o familias. A diferencia de otros títulos contemporáneos que versan sobre los estados sentimentalmente camaleónicos, en Mirrors N° 3 la tragedia indescriptible, lo que no se puede nombrar, no es representado por una galería de gestos histéricos, por el contrario, siempre prevalece el carácter enigmático de las causas como la posibilidad de recomponer las piezas quebradas de eso que solemos llamar amor.

En un mundo donde todo está roto, Petzold sigue abordando con una asombrosa sutileza los vínculos humanos, lejos de la sordidez y de la misantropía barata. Basta que haya una persona en el mundo para que otra pueda ser rescatada. Y, a pesar de que todo acaece sostenido por una ilusión, por una ocasional fantasía, siempre quedará la sensación de que una poderosa energía que envuelve el universo, une y desune fragmentos de existencia. El móvil, como ocurre también en esta última película, es una mujer. Para tales fines, siempre prevalece ese encuadre Petzold que las aísla como epifanías solitarias en medio de un paisaje que viven y perciben de otro modo. Una naturaleza indescifrable intenta ser captada de modo justo por una cámara que encapsula planos para ubicarlos más allá de la historia. El rostro de Paula Beer al final ya es parte de la religión.

Puntaje 8.0

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant / @el_curso_del_cine

Estrenada en CINEPOLIS ARGENTINA

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