Crítica: El cadáver insepulto (2020), de Alejandro Cohen Arazi

El cadáver insepulto (Argentina – 2020)
Estreno en la plataforma Cine.ar Play (Gratis hasta el 10 de diciembre).

Dirección, Guion y Producción: Alejandro Cohen Arazi / Producción ejecutiva: Valentin Javier Diment, Vanesa Pagani, Alejandro Cohen Arazi / Fotografía: Leonel Pazos Scioli / Montaje: Gabriela Jaime / Música original: Gustavo Ariel Pomeranec / Vestuario: Tatiana Mazú Gonzalez / Intérpretes: Demián Salomón, Héctor Alba, Fernando Miasnik, Mirta Busnelli, Sergio Dioguardi, Carolina Marcovsky, Sebastián Mogordoy, Angie Gambetta / Duración: 84 minutos.

El director Alejandro Cohen Arazi estrenó su ópera prima ficcional en la competencia iberoamericana del Feratum, festival de cine de género de Michoacán, México. El filme no sólo se presenta como un thriller imbuido de terror psicológico, sino y lo más interesante, se revela como documento que pone al descubierto el patriarcado, es decir, los mecanismos de poder, y sus modos de reproducción, dentro de los pueblos chicos.

Maximiliano (Demian Salomón Sánchez) es un psiquiatra radicado en Buenos Aires que debe recurrir a la ingesta de calmantes para controlar sus alucinaciones, resabios de una niñez traumática transcurrida en un orfanato. Sin embargo, ya adolescente logra huir del orfanato, establecerse en la ciudad y hacer una nueva vida. Pero, al recibir la noticia del fallecimiento de su padre adoptivo afincado en el pueblo donde transcurrió su niñez, decide viajar no tanto para asistir al funeral como por la posibilidad cierta de recibir parte de su herencia ya que está ahogado en deudas.

Desde el momento de su llegada a la casa familiar el clima comienza a enrarecerse. El modo en el que su hermano lo recibe y lo lleva a ver a su padre recientemente fallecido pero insepulto, es decir, lo mantienen sentado a la mesa con la comida servida tal como lo encontraron al momento de su muerte, logran perturbarlo a tal punto que comienza a desequilibrarse emocionalmente.

El conflicto surgirá a partir de la renuencia de los hermanos a darle sepultura al padre de inmediato. Ya que quieren disuadir a Maximiliano de no precipitar las cosas, y esperar un tiempo antes de enterrarlo. La atmósfera por momentos inquietante se irá espesando a medida que el lado siniestro de los personajes se vaya develando. El cura, viejo compañero de clase, el empresario, la antigua novia, convertida en maestra con la que se encuentra en la calle, el comisario que resulta más intrigante que la propia sacerdotisa que habla con una jerga de secta.

El padre es un hombre de campo, un terrateniente que detenta el poder no sólo sobre la tierra y el ganado que son de su propiedad, sino, y lo sorprendente, es que aún muerto sigue detentando el mismo poder pero sobre los hijos que crió, entre ellos Maximiliano, que se disputan su cuerpo, como si el cadáver encarnara, vaya la contradicción, el poder vacante que los hijos se disputan entre ellos. Esta imagen de señor feudal, tristemente vigente y tan real hoy día, en el campo argentino, nos da una vaga idea del modo de vida opresivo y asfixiante que se da en los pueblos chicos cuyos caudillos manejan y se adueñan de la vida de los pueblerinos menos afortunados, que se convertirán con mayor o menor suerte, recordemos la joven que cae en las garras de la secta, en chivos expiatorios, al igual que las vacas que faenan en el frigorífico de su propiedad.

El filme funciona de manera contundente en al menos dos planos, en el del relato de suspenso y terror psicológico, algunas de sus escenas son escalofriantes, y difíciles de presenciar, como la de los matarifes faenando ganado dentro del frigorífico, pero también funciona, incluso de manera más contundente, como documento que devela los entramados de poder en los pueblos chicos de provincia donde el patriarcado es la ley que rige los destinos de sus habitantes.

Los ritos patriarcales de la caza, los asados entre hombres, las sobremesas de juego y vino, y los ritos en ceremonias siniestras preanuncian un desenlace no exento del horror que subyace agazapado por debajo de una aparente normalidad y de un ambiente engañosamente hospitalario.

Por Gabriela Mársico
@GabrielaMarsico

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