Crítica: Drive My Car (2021), de Ryûsuke Hamaguchi

Drive My Car / Doraibu mai kâ (Japón – 2021)
Estreno exclusivo hoy en la Sala Lugones y a partir del 1 de abril en MUBI.
Próximas funciones en la Lugones: Viernes 9 y sábado 10 de abril a las 17 horas. /// Sábado 16 y domingo 17 de abril a las 20 horas.
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Dirección: Ryûsuke Hamaguchi / Guion: Ryûsuke Hamaguchi y Takamasa Oe, basado en el cuento de Haruki Murakami / Producción: Teruhisa Yamamoto / Fotografía: Hidetoshi Shinomiya / Montaje: Azusa Yamazaki / Música: Eiko Ishibashi / Intérpretes: Hidetoshi Nishijima, Masaki Okada, Toko Miura, Reika Kirishima, Park Yurim, Jin Daeyeon / Duración: 179 minutos.

Una gran adaptación es la que logra Hamaguchi del cuento homónimo de Murakami, incluido en su libro Hombres sin mujeres. Y esto no tiene que ver con cuestiones de fidelidad, sino con tomar elementos del relato y potenciarlos en un universo aparte, el de la pantalla cinematográfica. Durante este viaje de tres horas (nobleza obliga: le sobra una en el medio) se cuenta la historia de un actor y director teatral, Yusufe Kafuku que, tras la muerte de su mujer, acepta realizar un montaje de «Tío Vania» en un festival en Hiroshima. Y allí conoce a Misaki, la conductora que le asignan y con la que empieza a mantener largas conversaciones en el coche. Uno de los ejes que atraviesa a los personajes es la dinámica propia del teatro (arte enfatizado de modo permanente en la ficción, una especie de herencia de las películas de Jaques Rivette), a saber, actuar/simular, ser, ¿dónde empieza cada intención y cuándo finaliza? Se refuerza esto con la condición actoral de los protagonistas, dispuestos a confundir los términos, a jugar si tomamos la doble acepción del vocablo play. “Todos actuamos, entonces”. Los personajes de Murakami hacen honor a la sentencia de que “nadie parece ser quien es a simple vista”, pero Hamaguchi envuelve esta cuestión en hermosos pasajes de ensoñación, tristeza y soledad.

Otro elemento importante es el contrapunto hombre/mujer. La trama devela ciertos patrones asociados a uno y otro. El resultado es que los hombres sin mujeres gozan de un infantilismo sano, se pierden en la ingenuidad y están detrás de ellas, aunque pueden caer en acciones torpes de consecuencias que los sobrepasan. Son los hombres quienes encuentran su propio ser a partir del conocimiento de las mujeres, de aprender a mirarlas, a escucharlas y a decodificar sus gestos. Esto va más allá de las condiciones sociales: Kafuku tendrá que leer progresivamente (como los textos teatrales que estudia) a Misaki, la joven chofer con un traumático pasado, y entender la vida más allá de su ombligo (como no pudo hacerlo con su difunta esposa), para reencontrarse interiormente. Los personajes femeninos son intensos y representan la alteridad, las que se van, el doble. Los personajes masculinos las buscan para encontrarse a sí mismos.

No obstante, el amor verdadero parece ser, por lo menos para los hombres, un ente abstracto, idealizado, que solo ellos creen comprender, hasta que la realidad les cae encima. Esto es parte también de esa incomunicación de base, de la imposibilidad de entender un cierto misterio femenino que los sobrepasa. Y esto va in crescendo: las dudas de Kafuku con respecto a su mujer revelan cada vez más su ingenuidad/desprotección, pero lo mismo le sucederá con las otras mujeres que conocerá en diversas circunstancias. Todo es quizá en materia de explorar la interioridad femenina y bastan algunos primeros planos gloriosos del director para enfatizarlo.

Incluso, en el mismo viaje del auto (marco de la historia), a medida que se conocen Kafuku y Misaki a través de la palabra, hay silencios que son más fuertes. Y aquí viene el otro elemento clave, la palabra como desahogo, que no necesariamente es verdad, no solo por la cárcel que representa el lenguaje en sí mismo, que expresa y desecha al mismo tiempo, sino porque se constituye como una máscara que desinhibe, pero siempre es insuficiente. Palabras y silencios que escamotean el deseo y generan los sustitutos, las máscaras temporales, como en el teatro. Generalmente, unos tienen lo que a los otros les falta. Y esto excede a la cuestión del amor.

Sumado a lo anterior, la experiencia de la soledad asoma como un horizonte ineludible. Este es el mundo que traza la película, un mundo contemporáneo signado por la soledad de la gente que se muere sola, enferma del alma y en este punto trasciende lo regional con aquellos temas que recorren la historia tales como los suicidios, los amores prohibidos y las razones del corazón. Pero siempre hay un tiempo cinematográfico que permite el pasaje. En una estructura a base de secuencias narrativas y dialogadas, la conversación es el registro por excelencia dentro de un orden cotidiano de aparente banalidad. De lo simple parece derivar lo complejo. Y entonces surge el auto como ámbito privilegiado, un espacio simbólico, ligado al cine, con sus ventanas/pantallas, sus reflejos y encuadres reforzados.

Siempre sugieren correspondencias entre parabrisas y cámaras, entre conductores y espectadores en una sala de cine, solos y con otras personas al mismo tiempo. Las imágenes recurrentes de la visión a través del parabrisas, metaforizan al espectador: ver algo pero al mismo tiempo sentirse separado de lo que se está viendo. Los trayectos en automóvil, además de activar la naturaleza cinematográfica y reforzar la idea de encuadre, aluden a un sentido de privacidad, o de distancia con respecto a lo que se observa, pues es estar como en una sala cinematográfica. El auto se transforma así en un espacio privilegiado, se pasan allí momentos importantes. Se tiene una vida mucho más intensa que en una casa, para algunos, donde se está siempre en movimiento, donde no hay tiempo para meditar.

Pero si todo fuera solamente una sumatoria de conceptos, estaríamos en problemas. Si hay algo que destaca a Drive My Car es un flujo poético, hipnótico, que no hace falta racionalizar demasiado. Solo alcanza con entregarse a sus luces, a sus colores de melancolía y dejarse llevar por el viaje.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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