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Crítica: Djam – una joven de espíritu libre (2017), de Tony Gatilf

Djam – una joven de espíritu libre / Djam (Francia / Turquía / Grecia – 2017)

Dirección y guion: Tony Gatilf / Fotografía: Patrick Ghiringhelli / Montaje: Monique Dartonne / Intérpretes: Daphne Patakia, Simon Abkarian, Maryne Cayon, Kimon Kouris, Solon Lekkas, Yannis Bostantzoglou, Eleftheria Komi / Duración: 97 minutos.

Tony Gatlif, el director del filme que hoy nos compete, dejó un sello inolvidable en la pantalla con películas como “Gitano” (2002) o “El extranjero loco” (1998) entre otras, obras mucho más impactantes que esta nueva propuesta, que aun así no deja de tener sus pequeños e indiscutibles encantos.

El filme abre con un plano secuencia sobre la joven Djam, la protagonista de esta historia, que canta y baila llena de energía a lo largo de un camino alambrado. Recorre eufórica cada parte del sendero con sus pasos de bailes y los pasajes de la canción, música que pertenece al género rebético, un ritmo popular entre festivo y melancólico que fusiona la música griega y turca en un mismo sonido.

Este inicio es una señal clave para el filme ya que Djam danza y canta cada vez que algo la alegra o incluso cuando debe resolver un problema, dándole una impronta de seudo musical a esta road movie.

Djam vive con su padre en Lesbos, una isla de Grecia, pero las razones para que esa convivencia sea insostenible son varias, entre ellas la absoluta rebeldía de la joven ante todas las formas establecidas en una sociedad patriarcal.

Así es que su padre decide enviarla “con una misión” a Estambul. Misión que surge cuando su padre le dice una frase de despedida en el puerto sobre la meta de ese viaje. Algo que tal vez la joven Djam deje en el olvido.

En Estambul conoce a una joven francesa, Avril, que viaja con el objetivo de conocer nuevos mundos. La amistad se instala entre ambas desde el minuto cero y quedan unidas a lo largo de toda la narración, en un recorrido de descubrimiento personal y social al mismo tiempo.

Hay una escena en la que ambas corren desnudas entre las sábanas blancas de una terraza, a partir de que Djam juega a perseguir a Avril que sale de la habitación hasta el lugar, es de una frescura y desprejuicio inéditos. Definitivamente bella.

En este derrotero de road movie, les suceden todas las desventuras que en un viaje planteado en los términos de puro devenir pueden ocurrir: perder o ganar, comer o no comer, llegar o no llegar y al final salvarse para seguir su camino. La misión que el padre le había designado no desaparece de la historia, sino que marcará un momento importante en el devenir del recorrido.

Daphne Patakia, es la actriz que encarna a Djam, una joven que en su despliegue actoral se impone con un poder magnético que no nos deja ver otra cosa más intensa que su misma presencia en el cuadro. Maneja un nivel de actuación pocas veces visto en la pantalla de Medio Oriente para un personaje femenino: ya que destila pura vitalidad, locura, deseo, energía y sensualidad.

Djam en griego significa “jamás”, y si hay algo que este personaje no quiere perder jamás es la conciencia de sentirse dueña de su propia vida, de vivir a su antojo y con la potencia de ejercer su más absoluta libertad.

Otro de los elementos singulares en este relato es el abordaje de ciertos temas sociales conflictivos que aparecen a lo largo del viaje y en el cierre del filme: los temas raciales, los temas de marginación, la problemática de la migración y la gran crisis vigente en Grecia.

Aun así el guión tiene varias mesetas, y no logra una homogeneidad y una fuerza dramática totalizadora. En el balance entre forma y contenido pareciera que la insistencia en ciertos tópicos del contenido ganan por sobre el “cómo” los muestra, y ese no es un resultado de lo más feliz.

La que empuja el filme con toda su fuerza es la joven Djam con su magnetismo y la música que baña las escenas más seductoras del relato.

Por Victoria Leven
@victorialeven

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