Crítica: Adiós al lenguaje (2014), de Jean-Luc Godard

Adiós al lenguaje / Adieu au langage (Suiza / Francia – 2014)

Dirección y guion: Jean-Luc Godard / Fotografía: Fabrice Aragno / Intérpretes: Héloise Godet, Kamel Abdeli, Richard Chevallier, Zoé Bruneau, Christian Gregori, Jessica Erickson, Marie Ruchat / Duración: 70 minutos.

GODARD: UN IMPRESIONISTA DEL SIGLO XXI

Nota I: Suele pedirse que las críticas tengan puntaje. Son criterios de edición inútiles, odiosos y que hablan del modo en que algunos editores –que impusieron y sostienen la práctica- subestiman al lector, a quien juzgan como un inútil que solo mira las estrellitas. ¿Cuántos puntos le pondrían a “Sin pan y sin trabajo” o a “Claude Monet y su esposa sobre la barca atelier” o a “Canción de Alicia en el país” o “Tonada del viejo amor” o “Yuyo verde”? La primordial sospecha de este cronista es que ponerle 10 a esta película podría ser también una falsedad. Podría ser –y no digo que no lo sea- un modo de dejar ver que he sido capaz de entender y pensar esta película. Una sutil arrogancia. Por eso lo explico: el diez no habla de perfecciones, habla de lo imprescindible que es “Adiós al lenguaje” para quien está interesado en pensar desde el cine, para pensar la historia y el presente del cine, para pensar el arte. Para asumir el abismo de la incertidumbre que provoca cualquier verdadera obra de arte.

Nota II: La nota podría haber tenido otros títulos, son todos válidos. Elegí el tercero o cuarto que se me ocurrio solo porque me pareció que sonaba bien.

Nota III: quien pretende una película narrativa, que le resulte fácil de “entender” y en la cual pasen cosas tales como presentación, nudo, desarrollo y desenlace, puede evitar “Adiós al lenguaje”. Como debería hacerlo con la gran parte de la obra de Picasso, con “La hija de la lágrima” de Charly García o con la maravillosa prosa de Clarice Lispector.

Nota IV: Si pueden decidir, vean la película en 3D. Gran parte de su poder revolucionario reside en el uso que hace Godard de ese formato.

UNO. En uno de los más tradicionales textos teóricos del cine moderno Pier Paolo Pasolini decía: “…De una serie de planos-secuencia que reproducirían las cosas y las acciones reales de aquel momento, contemporáneamente vistas desde diferentes ángulos visuales: es decir, a través de una serie de tomas subjetivas. Por lo tanto, la toma subjetiva es el máximo límite realista de toda técnica audiovisual. No se puede concebir ver y oír la realidad en su transcurrir más que desde un solo ángulo visual: y este ángulo visual siempre es el de un sujeto que ve y oye. Este sujeto es un sujeto de carne y hueso. Ahora bien, la realidad vista y oída en su acaecer siempre es el tiempo presente. El tiempo del plano-secuencia, entendido como elemento esquemático y primordial del cine –es decir, como una toma subjetiva infinita-, es, por consiguiente, el presente. El cine, por lo tanto, reproduce el presente.”

Me interesa rescatar a partir de este párrafo dos ideas centrales que organizan el texto. El punto de vista –que habla específicamente de la subjetividad, del sujeto que mira- y el tiempo. El espacio es organizado por la mirada humana y el tiempo es un decurso normalizado por la vida en el momento en que las cosas suceden. La modernidad occidental se concibe, entre otras claves, desde la subjetividad, el hombre como creador de la realidad –y la verdad-, como organizador del universo luego de la desaparición de Dios y el tiempo como una línea, como una dimensión continua, con la clara separación del pasado, el presente y el futuro. Tal vez la clave de la modernidad sea justamente el presente, como un momento diferenciado, propio, escindido del pasado.

El cine es sin dudas uno de los espacios privilegiados de la modernidad. Pasolini, intelectual moderno, creía en la verdad y el cine como posibilidad de reconstrucción de esa verdad a partir de la mirada del hombre y la organización del tiempo. Como en Vertov, el montaje es el dispositivo por el cual la verdad se devela, organizando la mirada del hombre y el tiempo –siempre presente-. A partir de esto intento pensar un plano de “Adiós al lenguaje” que propone destruir esta idea, a la que Godard también adscribía 50 años atrás. Para ello el realizador nos trae al mundo del 3D, porque el uso de esta herramienta técnica adquiere en la película un valor nunca visto hasta ahora. Una imagen de un hombre y una mujer que dialogan. La imagen, gracias a los anteojos apropiados, es difícil de ajustarse a la visión humana. Pero se comprende o al menos se intuye. Ellos dialogan. La imagen irrita. Si el espectador se tapa un ojo, verá a uno de los personajes claramente, si se tapa el otro ojo, verá al personaje que completa el cuadro. Lo que está viendo con sus dos ojos es una imagen compleja que superpone dos puntos de vista –de los que habla Pasolini- y probablemente dos tiempos subjetivos. Godard nos lleva a asumir simultáneamente dos puntos de vista. Y el resultado es una imagen incómoda, que claramente no sabemos leer. Al menos hasta ahora.

DOS. Gran parte de la primera obra de Godard recupera la potencia disruptiva de las estructuras narrativas clásicas. Godard entendía desde aquella modernidad, que aun creía en el destino inexorable revolucionario, en el paradigma que otorgaba centralidad al hombre, con su capacidad de observar la realidad y ser sujeto transformador. Todo ello articula con las formas de la narratividad clásica en el cine. El cine clásico aparece nuevamente en “Adiós al lenguaje” pero ahora como parte de un discurso vacío, como un conjunto de operaciones del habla que están significadas por un aparato productor de sentido que las antecede. Cualquier imagen significa ya lo mismo, sin importar ninguna de las operaciones de reconstrucción de la realidad. De este modo, al repensar el relato clásico a partir del vacío de sentido o, peor aún, de una (pre)significación que porta como un estigma, no hace sino presentar desde otro lugar eso mismo que quebraba con la potencia del plano citado anteriormente: La modernidad ha fracasado. La racionalidad, el pensamiento, la idea de la voluntad transformadora, los lenguajes, todo ello nos ha dejado en un lugar donde solo quedan las guerras. Las guerras son el gesto más puro de la modernidad y la prueba más patente de su fracaso y del vacío. Si nos quedamos sin guerras ¿qué hacemos con los cuerpos? Uno de los problemas es reponer el sentido a los cuerpos, a la imagen, al hombre fuera de este momento de la historia. Los cuerpos del cine clásico han perdido ya toda su potencia y son cuerpos vacíos de sentido, son cuerpos ahistóricos.

TRES. La mirada humana ha perdido la capacidad de ver, hay que aprender a mirar nuevamente. ¿Será la mirada del perro la mirada de futuro, en un extraño sueño de retorno al estado de naturaleza? ¿O será acaso la mirada de la nueva tecnología, esta que nos invita a mirar los tiempos y lugares superpuestos y esforzarnos a aprender a mirar nuevamente? Como la imagen, el sonido se solapa. La palabra muta en excremento, la voz en el ruido mismo de un pedo y el cuerpo se deserotiza. Las voces se pisan, se juntan, se besan, interfieren. Escuchar dentro del ruido de esas palabras es encontrar nuevos sentidos. Que las palabras adquieran otra dimensión (otros planos sonoros, otros volúmenes, otros tiempos). Eso propone Godard haciendo cine. Y lo hace con los mismos recursos de los que dispone cualquier cineasta. La voz debe adquirir un nuevo valor, pero también debe hacerlo la escucha. La percepción del mundo material a través de los sentidos es parte de la base del positivísimo. El valor de lo empírico sostiene a la verdad. Transformar la realidad solo es posible después de conocerla. El hombre es el único que puede conocer, porque cuenta con la razón como herramienta. Godard arremete contra este conjunto de afirmaciones que –simplificadas- sostuvieron la modernidad capitalista. El hombre ya no conoce. Tal vez nunca lo ha hecho. ¿Qué nos queda por hacer? Cuanto menos, desmontar la mitología que ha sostenido este proceso histórico, que por el momento parece inmutable. Ya no es “Razón y revolución”. Al menos en los mismos términos en los cuales el propio Godard creía 50 años atrás.

CUATRO. Adiós al lenguaje es una apelación, además de un título. Es una propuesta de búsqueda, no es una conclusión. La mirada, la palabra, el tiempo y el espacio deben ser quebrados, porque son el sustento de una modernidad que ha fracasado. Godard no nos impone el vacío de la posmodernidad, sino que nos enfrenta al fracaso de nuestro proyecto de modernidad y obviamente propone movimientos, gestos, lugares en los que plantear la disputa. Todo en una película cargada de belleza, desconcierto, desacoples y citas literarias, que funcionan como guías para la desorientación intelectual.

Por Daniel Cholakian
@d_cholakian

 

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