Crítica: Avatar (2009) de J. Cameron, escribe Mex Faliero

Avatar (Estados Unido – 2009)

Dirección y guión: James Cameron / Fotografía: Mauro Fiore / Música: James Horner / Edición: James Cameron, John Refoua y Stephen Rivkin / Diseño de producción: Rick Carter y Robert Stromberg / Elenco: Zoe Saldana, Sam Worthington, Sigourney Weaver, Michelle Rodriguez, Stephen Lang y Giovanni Ribisi / Duración: 162 minutos

Avatar: the wild blue yonder

Como nuestro estimado director ha dispuesto que todos escribamos sobre Avatar y tengo miedo de repetir conceptos con los demás, me detendré en un par de puntos que para mí son la clave de la nueva película de James Cameron.

Antes del estreno de Avatar muchos se preguntaban si Cameron es un loco demente o un genio absoluto. El error está en cree siempre que “loco demente” es una opción negativa. Por suerte Cameron es uno de esos locos dementes que creen que el cine no ha muerto y que todavía hay tiempo para sorprenderse, que las imágenes son lo que importa y que, más aún, lo son la coherencia y la ética con la que se construyen esas imágenes y que predisponen a la narración. Puede que Avatar finalmente no sea la revolución que se ha vendido (¿y eso qué sería? me pregunto), pero dígame usted cuántos tanques de Hollywood han sido pensados como experiencia: Avatar es esa clase de film.

Y mucho más: Avatar no sólo fue pensado como experiencia, inclusiva a partir de la utilización del 3D, sino además como una experiencia que sólo puede ser vivida, y justificada, frente a una pantallota de cine del tamaño de la vida. Aquí quiero señalar que, más allá del placer que brinda para los ojos, el 3D no es indispensable: Cameron, como siempre, pensó en la tecnología para contar su cuento, pero sigue siendo el cuento lo que importa. La historia de Avatar es simple, pero precisa y preciosa: y lo lamento estimados, por más superados que nos creamos como especie, creo que hay cosas que todavía deben ser dichas en voz alta. Avatar, con sus militares y empresarios empecinados en avanzar y pisar el mundo, dice lo que hay que decir de la manera en que debe ser dicho.

Cuando hablamos de experiencia en Avatar, nos referimos a la forma de atravesar la historia, de cómo el espectador se conecta con lo que ve: Cameron inventa un mundo, sus habitantes y su esencia, y no queda más que meterse allí dentro. Pero además entiéndase la experiencia como proceso, como metodología para alcanzar determinado objetivo. Cameron experimenta, busca atajos a través de la narración. Y si bien se ha hablado de Danza con lobos y Pocahontas, a la que más se parece Avatar es a The wild blue yonder, película de otro loco demente en constante ebullición: Werner Herzog. Allí el alemán construía, a partir del mockumentary, un mundo submarino al que registraba con un ojo curioso. Cameron hace lo mismo: nada de lo que se ve aquí es real, todo parte de la imaginación del director. El mundo de Pandora, así se llama el planeta donde se desarrollan las acciones, tiene una gama de colores azulados, violáceos, todo es fluorescente. Y eso nos lleva a otra instancia: Avatar es un film de animación. Porque como todo dibujante, Cameron crea desde cero. Y como si fuera poco, a ese movimiento que se va gestando lentamente, lo utiliza como herramienta para la narración.

Como Titanic, Avatar es más compleja de lo que parece: conecta diversos niveles y vuelve a reflexionar sobre cómo nos dejamos fascinar con los cuentos. En aquella oportunidad era una mujer que reconstruía el hundimiento del barco más famoso de la historia sin que sepamos a ciencia cierta si nos estaba mintiendo o no. No importaba, nos subyugaba. Aquí lo que hace Cameron es ser más evidente y explícito: va dibujando el cuento ante nuestros ojos desde lo formal y técnico. Pero quiero retomar la idea de locura demente. Mientras miraba Avatar pensaba en dos películas notables de dos grandes directores de la primera década de este siglo: Inteligencia Artificial de Steven Spielberg y King Kong de Peter Jackson. Hablo de películas geniales, extremas, desbordadas, plagadas de proezas tanto tecnológicas como narrativas. Sin embargo Cameron demuestra un control sobre lo que está contando que permite que su film sea mucho más fluido que los anteriores pero, tal vez por eso, menos perfecto para quien, como yo, ama aquellas cosas desaforadas que demuestran la vida propia que tienen las películas. En este caso, Avatar nunca se le desborda a Cameron a pesar de que lo parezca: el film avanza progresivamente y estalla en un clímax que es pura emoción. Emoción por la aventura, por lo que se cuenta y por una técnica que, en esta oportunidad, es sinónimo de cine. De gran cine.

Cameron, podemos esperar 12 años más. Vaya y descanse.

Mex Faliero 
redaccion@cineramaplus.com.ar

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