Apuntes sobre el MDQ31: Un viaje personal y antojadizo

UN VIAJE PERSONAL (NOTAS DESORDENADAS Y ANTOJADIZAS)

I-

Esta edición en particular la viví como un viaje. No solo porque cada película supone un itinerario geográfico y temporal, sino por decisión propia. Y como en todo viaje, uno planifica, recorre, toma sus apuntes, descarta, se sorprende y resigna. A priori, el mapa que ofrecía la programación no estaba nada mal pese a algunos reparos que, vistos con objetividad, pueden ser más mañas de cinéfilo que otra cosa (las competencias internacional y latinoamericana siguen presentando un discurso bastante uniforme y con poco riesgo, conformadas en su mayoría por retazos de otros festivales importantes;  en la sección autores se impone la idea de “la última de”). Pero seamos justos. Cada edición ha sido en estos años una posibilidad real de goce para una comunidad que acude a las salas y vive intensamente el evento con una variada oferta. En este punto, el éxito es inobjetable.

Mi viaje empezó y terminó con dos paradas que remiten al pasado. La primera, la abandoné enseguida; a la otra la seguiré toda mi vida. Para Pierre Leon pensé en el consejo de Borges y lo apliqué al cine: sus películas no fueron hechas para mí. Muy lejos estoy de sus fieles traslaciones literarias a la pantalla, de su brechtiana puesta en escena y del divorcio emocional que proponen sus decorados artificiales, todos ejercicios más cerca de la arrogancia intelectual que de otra cosa. Fueron dos intentos, Deux Dames sérieuses y Oncle Vania, suficientes para que huyera de este gélido universo. Ambos filmes  provocan la sensación de que son los textos en definitiva los que sostienen ese mundo por sobre las imágenes y que la frialdad como pauta para el distanciamiento del espectador exacerba cierto tufillo académico. Me quedo, en todo caso, con un bonito plano de la luna para cerrar uno de los actos del segundo título, acaso uno de los escasos momentos puros de cine.

Distinto es el lugar que le corresponde a Buster Keaton, y no porque todo pasado sea mejor ni porque sea injusto comparar a David con Goliat. En todo caso pienso en la idea de distanciamiento que Buster trabaja en sus películas pero que no resigna en ningún caso la mirada atenta del otro lado de la butaca, el compartir el vértigo mismo de la modernidad y la intensidad física de un cuerpo expuesto ante la maquinaria fílmica. Ver y disfrutar de los cortos programados fue, junto con los hitos de Ford y de Vidor, uno de los momentos del festival.teatro-keaton

II-

A veces, los días durante la semana del festival se presentan así, caprichosos, discontinuos, febriles. De manera tal que la ensalada de imágenes acumuladas a la noche apenas deja lugar para pensar por separado cada una de las películas vistas y entonces aparecen notas sueltas escritas que pueden ser el germen de algo. Por ejemplo, estas son las de un viernes: “Arrancamos con De Palma, un documental que no da respiro. Una clase de cine, las imágenes de las películas y ese desenfado que uno agradece frente a tanta pose de calculada y autorreferencia. A esta altura ya decidí que prefiero ver un balde con sangre de chancho cayendo sobre Carrie o la motosierra de Scarface que estos miles de jóvenes angustiados con sus laptops. Gustos son gustos. Y de un loco me fui a otro. Johnnie To, ese maestro del desborde y animal de cine. Su última película, Three, tiene secuencias filmadas genialmente de una acción como pocas. En el medio, Loznitsa, gran documentalista, mete la cámara como una mosca en la pared para que miremos a turistas sacando selfies en pose en campos de exterminio. De la tragedia a la farsa. De eso va Austerlitz”. Y estas las de un jueves: “Cuatreros es una película de Albertina Carri en competencia latinoamericana que todavía estoy pensando y por lo pronto no diré nada. Luego, me fui a ver un documental sobre un genio, Frank Zappa. Ese sí era un transgresor, capaz de mandar a la mierda por igual a los comunistas como a los republicanos. Un amigo me dijo que deberían pasarlo en los colegios y tiene razón. El año que viene paso la letra traducida de Bobby Brown, total me estoy por jubilar. Más tarde me interné en el clima de Under the Shadows, una correcta película de terror al estilo de The Babadook que sostiene bien la tensión en un mismo espacio dramático y pará de contar. Ahora a dormir, estoy más pálido que Robert Smith.”

Velocidad. Combustión espontánea de impresiones. Todo esto también forma parte del diario de un festival.

III-

En relación con lo anterior, hay un antídoto que funciona muy bien ante la enfermedad incurable de la acumulación. Existen momentos en un viaje donde se busca refugio en lugares seguros donde el placer está garantizado. Uno sabe que hay cosas que no fallan y es bastante extraño que decepcionen con el tiempo. Llega esa instancia en que todas las películas actuales parecen la misma, salvo honrosas excepciones. Por eso, es acá donde uno hace la plancha.  En lo particular, me es difícil ceder a la tentación de cualquier film noir, así que un día lo consagré con felicidad a la excelente sección destinada a exhibir copias restauradas en 35 mm del género. Cada una de ellas fue presentada con nivel y entusiasmo por Fernando Martín Peña (se notaba su felicidad por compartir estas películas) y por el curador de la retrospectiva que incluía obras poco difundidas, fuera del canon, lo cual se transformó en un lujo. Entre ellas, vi dos grandes películas. La primera es El cómplice de las sombras (The Prowler) de Joseph Losey y la otra Peligro (Cry Danger) de Robert Parrish. Diálogos filosos, imágenes ingeniosas para vulnerar la censura y planos que han sido copiados hasta el hartazgo por los que vinieron después. Hay que ver el modo en que se las ingeniaban estos tipos para huir de la caza de brujas. Pero son notables también ciertas decisiones formales alejadas de la norma genérica o que rompen con ciertas convenciones. Losey planta una secuencia final antológica en el paisaje de Calico, con una casa abandonada que confirma la maestría de su director artístico, frente a los claustrofóbicos y sombríos espacios que abundan en el género, lo cual provoca un atípico extrañamiento. Indudablemente este panorama de desencanto del estilo de vida americano, entre otros motivos, le valió al director la conocida persecución del momento. Losey, a diferencia de Kazan, eligió no delatar a sus compañeros.

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En el caso de Parrish, la particularidad pasa por el humor y el sarcasmo que salen de sus diálogos filosos. El guionista, William Bowers, escribe magníficamente y eso se advierte en los intercambios verbales donde los personajes parecen tener navajas en vez de lengua. Definitivamente, ambas propuestas fueron una dosis necesaria entre tanta cosa estirada y reiterativa. Para lograr ese equilibrio también se trabaja en un festival.

IV-

Hubo paradas musicales en documentales más bien convencionales pero sin duda interesantes. De los que vi, dos fueron sobre genios; el tercero, sobre unos que se creyeron genios. Me refiero a Gimme Danger de Jim Jarmusch (ya comentado aquí), Tragate esa pregunta: Frank Zappa según sus propias palabras (Eat that Question: Frank Zappa in His Own Words) de Thorsten Schütte y Supersonic de Mat Whitecross. Inmediatamente después de ver este último anoto, un poco condicionado por su relato fragmentado, televisivo y publicitario:

“1-Poco se puede esperar de un documental donde uno de los involucrados es el productor ejecutivo.
2-La película organiza el discurso caótica y publicitariamente y si algo queda claro, más allá de las intenciones, es que Oasis fue un fenómeno musical, que no es lo mismo que una gran banda.
3-Sucede en el cine también. La prensa y sus modistas de turno entronizan y califican de obras maestras a objetos que no se recordarán más allá de diez o veinte años. Oasis, una buena banda, tiene dos discos que superan la medianía con lindas canciones, algunos riffs potentes y…eso.
4-El grupo se sostuvo a partir de la química destructiva y patológica entre los dos hermanos. Uno aportando lo musical; el otro, el dominio escénico. Cuando se pudrió todo, ya fue. Hoy cada uno realiza intentos vanos por reconstruir una carrera que ya terminó (con varios millones en los bolsillos).
5-Las circunstancias superaron, en cuanto fenómeno, a estos pibes de los suburbios de Manchester. Quisieron ser contestatarios cuando ya habían existido los Pistols y se pensaron como la mejor banda del mundo cuando ya habían existido los Beatles.
6-Ahora, si se prescinde de todo eso, quedan buenas canciones repartidas en corta discografía que se pueden disfrutar más allá de las imágenes de autobombo.”

Pasados unos días, lo sigo pensando.

Más inteligente es el filme dedicado a Zappa y no necesariamente por ser objetivo. Que Zappa es un genio todo el mundo parece tenerlo en claro pero son pocos los que se atreven a su música. Si bien esto se incluye en la película, lo más interesante es la visión integral de un artista que se cagó en el sueño hippie cuando todos arrojaban flores para arriba, que no necesitó hacer un culto al reviente y que se expresó políticamente frente a la cara más detestable del conservadurismo de Reagan en todas sus expresiones.  Sus intervenciones en programas de televisión y sus discusiones en el mismísimo senado no tienen desperdicio, así como la demolición del sueño americano y de la política intervencionista, en declaraciones que ponen a EE.UU en la mera posición de brutos sin cultura. Entre Zappa y los hermanos Gallagher hay un abismo: mientras unos le dieron de comer al chiquero de la industria con fama de transgresores, el otro rompió por más de veinte años las puertas de la corrección política, en serio.

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Perdida en medio del mar de la sección “para chicos” pasó prácticamente desapercibida Sing Street, de John Carney, un melómano de los buenos que ha sabido ofrecer un equilibrio notable entre el estímulo por recuperar una época (los comienzos de los ochenta y la multiplicidad de búsquedas que van desde el postpunk hasta el pop, pasando por el dark) y la dosis necesaria de nostalgia como para correr a escuchar  esos discos. Si bien se percibe un olorcito highschoolmusical, hay un aspecto que Carney desarrolla muy bien en sus historias (al igual que en Once y Begin Again, dos de sus filmes anteriores) y que se traduce en un momento en el que los protagonistas saben para qué están en el mundo. Por supuesto, es un momento musical de sujetos perceptivos, emocionales, que encuentra en la inspiración el oráculo que vaticinará metas modestas pero sentidas. Y ahí se encuentra la clave de su cine: se puede perder el rumbo, ser un perdedor, pero jamás un buen oído. Parece decirnos Carney que lo mejor de la vida también transcurre en bares de mala muerte, en la calles, y que el arte no puede sino expresarse a partir del dolor y de esa sensación de soledad en las grandes ciudades y en horribles colegios que solo pueden ser aplacadas con canciones. En este sentido, la mirada del director rescata el espíritu comunitario y solidario de un grupo de personas unidas por la misma pasión, el sesgo artesanal frente a un mundo frívolo y violento. Son seres que buscan, que van por ese momento que los determina o cambia su destino, inquietos, simpáticos y molestos. Humanos en definitiva. Y sin careta de conflicto existencial.

V-

En un viaje se mira a través de ventanas. Pueden ser de micros, de hoteles o de aquellas casas desde donde se descubren los misterios de una ciudad. Generalmente son instantes de reposo en los que el resultado puede variar desde la calma inofensiva a un estado cercano a la gracia. Lo mismo sucede con las películas. Se recorren kilómetros donde el paisaje no se modifica, salvo por algún toque efectista que nos sacude con trampa en el último tramo (la decisión de las protagonistas en People that are not me, de Hadas ben Aroya, ganadora de la competencia internacional, y en Aquarius, de Kleber Mendonça Filho, aclamada por el público, dos trazos gruesos innecesarios). Sin embargo, hay otras ventanas por donde se observa y el asunto va por otro lado, por una especie de goce perpetuo, por gestos esteticistas que no reniegan de su condición no necesitan acudir a los mecanismos férreos de la narración porque lo suyo es el tiempo y la percepción, dos ingredientes inherentes al acto mismo de mirar. En este sentido, hubo dos perlas. La primera es el corto que nos legó Kiarostami, Take me home, una pequeña joya rodada en el sur de Italia, entre valles y escaleras, sin diálogos, en un perfecto digital en blanco y negro cuya acción principal es una pelota que cae y que veremos caer durante un rato porque “la repetición hace la poesía” en las películas del recientemente fallecido director. El espacio se torna infinito gracias a la ilusión que genera el montaje y la cadencia de imágenes musicalizadas delicadamente nos introduce en un espacio fantástico (“Todas las escaleras, la escalera”) hasta retomar el equilibrio inicial. Una pelota que cobra vida y un niño que la persigue. Parece un gag de los inicios del cine o un homenaje al famoso globo rojo de Lamorisse del que hablaría Bazin, objetos que se rebelan ante sus dueños. Pero es sobre todo una delicia.

kiarostami

Una de las grandes películas del festival y de este año es La muerte de Luis XIV del controvertido Albert Serra. Serra, esteta como pocos, construye un réquiem y la muerte opera en un doble sentido. Es la del personaje histórico en cuestión pero también la de ese enorme rey de la pantalla llamado Jean-Pierre Léaud. Su exquisita composición de la agonía de Luis XIV en medio de la atmósfera decadente que impregna el filme opera como un contraste inmediato con aquel chico corriendo por la playa hacia el final de Los 400 golpes de Truffaut. Por ende, hay una dimensión emotiva presente en el imaginario de todo cinéfilo al ver ese cuerpo gastado por el paso del tiempo y que ahora se consagra a interpretar al poderoso monarca en sus últimos momentos. Lo vemos descansar, padecemos su dolor, acompañamos los estados febriles y observamos sus miradas como si siguiéramos los versos en un poema. La película se sostiene sobre los pilares del silencio y de los parsimoniosos movimientos de quienes rodean al rey, con predominio de planos de conjunto y primeros planos que otorgan a cada momento un sentido pictórico, no en su acepción de decorado, sino de cuadros vivientes. La propuesta de Serra es sensorial, es el cine en su estado más material, allí donde reina la belleza. Y es cuando uno no quiere volver a la ruta.

VI-

Finalmente, uno se da vuelta y alguna señal oficia como despedida. Puede ser cualquier ícono que nos recuerde que el viaje ha terminado y que regresan los olores y los actos rutinarios. O puede ser el final de El circo de Chaplin cuando la carpa se desmonta, la chica se ha ido y no queda más que darse vuelta y caminar con resignación. La vida sigue. Y el cine siempre nos encontrará presentes.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

 

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