Amarga Navidad (España – 2026)
Cannes 2026: Competencia oficial
Guion y dirección: Pedro Almodóvar / Producción: Agustín Almodóvar / Música: Alberto Iglesias / Fotografía: Pau Esteve Birba / Montaje: Teresa Font / Diseño de producción: Antxón Gómez / Intérpretes: Bárbara Lennie, Leonardo Sbaraglia, Aitana Sánchez-Gijón, Victoria Luengo, Milena Smit, Patrick Criado, Quim Gutiérrez, Carmen Machi, Rossy de Palma, Amaia Romero / Duración: 111 minutos.
En el año 1980, un novel Pedro Almodóvar de treinta y un años filma su opera prima Pepi, Luci Bom y otras chicas del montón, una película que con los años se convertirá en símbolo de la movida madrileña, del universo contracultural del destape español. Una película kitsch, con un clan femenino border y de colores saturados. Cuarenta y seis años después, estamos frente a su película número veinticinco, y frente a un otro Almodóvar que ya no necesita firmar con su nombre de pila para que sepamos de quien se está hablando. Si a sus treintitantos entramos a su cine por una puerta salvaje y marginal, a sus 76 años habitamos un mundo de complejidades estilizadas y emociones oscuras. Basada en un texto literario homónimo de su propia pluma, Amarga navidad se impone como una de sus obras más salientes en los últimos diez años de producción artística.
Es difícil ver un filme de Pedro y no echar una mirada hacia atrás, buscar sus conexiones, sus procesos, sus texturas, sus temas y sus búsquedas. Amarga navidad es una contundente y magistral narración de su puro presente autoral, pero eso no invalida la infinidad de hilos invisibles que se tejen hacia otras obras anteriores, como: Dolor y Gloria, Julieta, La habitación de al lado y hasta con La mala educación.
Amarga navidad es pura ficción, pero a la vez es más que una sugerente auto biografía. Este filme es una autoficción, una economía narrativa sustraída de la penetrante moda literaria y contemporánea. Fue incluso nombrado explícitamente por Almodóvar a Emmanuel Carrere, refiriéndose a la ética y estética del escritor francés y el vínculo entre sus códigos escriturales y su propio filme.
Pero vamos a la trama. Esta historia nos pone a la vista en la primera capa de su trama a un director de cine, Raúl, (Leonardo Sbaraglia) en la faena de su acto creativo: la escritura de un guion. Escribe ante nuestros ojos y desde allí nos deja acceder a otra ventana visual: a la historia de ficción dentro de la ficción, al relato que el escritor va desarrollando a lo largo de toda la narración del filme.
La coreografía general, la estructura basal se nos presenta con una arquitectura clara, por un lado, vivimos historia de la vida “real” de Raúl, y por otro a la creación de esa vida paralela que es la forma cinematográfica de su obra. Raúl en silencio es presa de la angustia frente a un inminente bloqueo creativo que lo acecha latente en el cursor de su notebook. Su vida apenas cuenta con dos de sus desgastados vínculos: su pareja, Santi, y su asistente de toda la vida, Mónica.
Mientras, en la capa meta ficcional (la historia dentro de la historia) ingresamos a un mundo sombrío y triste, al de la vida sufriente del imaginario personaje protagónico: Elsa (Barbara Lennie). Ella es una directora publicitaria adicta al trabajo, aunque pronto descubrimos que en su pasado ha dirigido dos filmes independientes convertidos en películas de culto. Pero jamás ha vuelto a filmar. Raúl ha creado para el mundo de Elsa una serie de vínculos claves: su pareja Beau, más Natalia y Patricia que son sus amigas más íntimas. Elsa también vive agobiada, en ella vemos que la señal contundente del padecimiento está en los síntomas de su cuerpo, allí va a parar lo opaco de su angustia, donde las pastillas son un paliativo para huir de sí misma.
Las historias se desarrollan como en un espiral hecho de espejos ya que lo que sucede en una capa deviene en la reflexión deformada de la otra. Es así como el cuerpo de Elsa funciona como una clara proyección de los padecimientos de Raúl, algo que podemos ver desde el minuto uno del filme. Una secuencia de migrañas, ataques de pánico y tortuosas dolencias físicas varias que funcionan como una caja de resonancia de la autoficción autoral.
Planos especulares reflejan los traumas de sus personajes en ambas líneas narrativas, gracias a la magia que crea los distintos circuitos de la ficción, vemos en un ida y vuelta los traumas no resueltos de los personajes que habitan el relato. Beau sufre una variante de desamor que vive Santi, la pareja de Raúl, Patricia se aferra a sus negaciones como el mismo Raúl y su impotencia creativa, sumados a Natalia que funciona como un espejo para Elsa con su duelo infinito.
Los espejos que se multiplican van de la mano de la figura del doble: cada Doctor Jekyll tiene su Mister Hyde. Espejos y dobles, material esencial del melodrama y del thriller que fluye entre los huecos de las capas del filme. Algunas huellas de este procedimiento de tensión de poder están incrustadas en la temática de plagio, en la desesperada manipulación de Raúl con su deseo de apropiación de la privacidad (de los otros). Este tema, el de desear robar la vida ajena, funciona como un motor para el protagonista, pero a su vez está puesto en cuestión tanto por su condición inmoral, como por su condición de ilegal.
Raúl representa la desesperación del que roba porque no encuentra alternativas en su propia creación, y Mónica es ese cuerpo que queda desnudo frente al arrebato del ladrón. Este es el conflicto que se despega hacia el último tercio del filme. Podríamos pensar que solo estamos frente a una apasionada lucha de poder entre el usurpador y el usurpado, pero esto no se agota allí.
En los ojos enajenados de Raúl, en la forma (suplicante) de mirar a su antagonista, vemos la frágil y angustiosa desesperación de quien seria capaz de rasgar los fotogramas del filme con tal de conseguir una idea nueva, una historia que lo aleje del vacío existencial, del agujero creativo, y que le salve la vida. Al fin y al cabo, que lo aleje de la muerte de su imaginación.
9.5 puntos
Por Victoria Leven
@levenvictoria
Estrenada en CINEPOLIS ARGENTINA