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Reseñas Del Ciclo Film Noir (MALBA) (9): Sed de mal

Sed del mal (Touch of Evil, 1958) tiene tantas cosas de todos los filmes que hemos comentado dentro el ciclo, pero a la vez es tan diferente que la causa hay que buscarla en una única razón: Orson Welles. El lunático, el hombre con una personalidad arrolladora, el enemigo de la industria en una época donde no había cabida para los cineastas independientes, quiso hacer una película, armó algunas estrategias en el set para que no lo importunaran los espías que ya le habían hecho la vida imposible otrora, tuvo el visto bueno luego del rodaje, actores que lo apoyaron y fueron explotados en sus mejores facetas, es decir todo para que el final fuera feliz, pero faltaba un dato importante, el montaje. Entonces se armó el lío y todo se desdobló. Existe la película que montó Welles y la que manipularon los jerarcas de Hollywood. En definitiva, una historia más de la eterna pelea entre la genial ambición individualista de un cineasta y los tipos de traje que ponen el dinero (esa mafia que tan bien describiera Lynch en El camino de los sueños, habiendo pasado por Cautivos del mal de Minelli e Intimidad de una estrella de Aldrich). Dice Bárbara Leaming en su biografía sobre el realizador: “Una constante grotesca de la actividad cinematográfica de Orson ha sido el tener que invertir buena parte de la misma en demostrar sus méritos, al igual que Sísifo, condenado eternamente a empujar una gran roca por la falda de un monte para contemplar cómo cae rodando al llegar arriba y comenzar de nuevo”. Este fue su último intento.

La película confirma una vez más la potencialidad cinematográfica en el concepto de adaptación, esto es, cómo convertir libros o argumentos mediocres en grandes filmes. El mismo Charlton Heston declaraba que le habían ofrecido al director “una historia policíaca muy normal, de esas que se ven en televisión” (la novela original es de Whit Masterson y se llama Badge of Evil) y que Orson se apropió para reescribir un guión varias veces. Al parecer lo único firme al principio era que encarnaría la inmortal figura del corrupto jefe de la policía de frontera, el hediondo y desagradable Quinlam, cuyos kilos de maquillaje y siniestra presencia mostrada en ángulos contrapicados lo transformaría en una de esas presencias insomnes que se quedan para siempre en la retina. El ingenio de Welles no solo estaría restringido, en cuanto a la actuación, a su figura. Cuando convenció a Janet Leigh de participar en el proyecto, se las arregló para ocultar en varias escenas el brazo que, producto de una fractura, llevaba un yeso. También logró una soberbia interpretación de Dennis Weaver como el neurótico encargado de un hotel (rol que anticipa al Norman Bates de Psicosis, película que tiene varios puntos de contacto con esta) y una inolvidable participación de la Dietrich como prostituta maternal y adivina. Allí está su famosa frase cuando el detective le pide que lea su futuro: “se ha agotado.” ¿Qué podía fallar con todo lo anterior? Nada en principio, solo que el barroquismo de Welles, su potencia visual y los planos secuencia que desterraban cualquier convención de continuidad reinante en un sistema clásico espantaron a los productores. El ejemplo perfecto es el ya eterno comienzo en el que Welles muestra cómo ponen una bomba en un auto mientras el tráfico humano deambula con la pareja protagónica incluida. Se trata de una lección con mayúsculas donde todos los movimientos organizados concluyen en el contraste de la explosión y el beso al mismo tiempo. Esto, que hoy no dudamos en otorgarle el calificativo de asombroso, espantó a unos cuantos señores de traje entonces. Podían aceptar la lóbrega iluminación de los ambientes pero jamás libertades de esta clase donde se atentaba contra la consagrada fluidez narrativa. Por este motivo, le metieron otro montajista y lo que siguió es historia conocida, a pesar de que hoy afortunadamente podemos ver el corte del director.

Más allá de sus aspectos formales, Sed del mal continúa en la línea de películas donde las implicaciones morales y políticas sobre la justicia se ponen en jaque en un mundo caótico cuya incomodidad Welles trabajaría desde lo estilístico con sus planos prodigiosos, torciendo la mirada desde una normalidad nunca admitida como regla y exacerbando esa maldad que marca la serie genérica progresivamente. Nunca el argumento estuvo por encima de la tensión provocada por la relación entre las imágenes y la concepción de un montaje agresivo (su forma de responder a la tradición de que debían tomar mucha sopa para igualar la virulencia de su película; capricho de los genios y de sus egos) a base de cortes bruscos y retrocesos dentro de una misma escena para enlazar dos hilos narrativos simultáneos. Verla en fílmico es una oportunidad más de comprobar la vigencia de un clásico, de despertarnos de la modorra para notar que nunca el poder es inocente y disfrutar (aunque el placer se geste en un largo y sinuoso camino) de una obra maestra.

PROGRAMACIÓN COMPLETA DEL CICLO

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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