Un repaso por los filmes argentinos que participaron del Festival Construir Cine 2020

Ha concluido una nueva Edición del Festival Construir Cine, con varias secciones y con la excepcional ocasión de que las películas pudieran verse a través de una plataforma debido a la circunstancia de la pandemia que nos aqueja, circunstancia que ha replanteado (una vez más y de manera obligada) los modos de producción y de exhibición cinematográficas. En esta oportunidad tuve el gusto de participar como jurado de la Asociación de Cronistas Cinematográficos en la Competencia Argentina de Largometraje. Más allá de preservar los juicios de valor sobre lo evaluado, van aquí algunas observaciones que tienden a describir lo visto.

La película de Sabrina Blanco, La botera, contiene varios de los procedimientos recurrentes en un cine argentino que, en su gran mayoría, incursiona en ese terreno fronterizo entre ficción y documental, posee una veta ensayística, se abre a la sobredimensión de lo cotidiano y enfrenta el desafío de contar una historia con pocos elementos. En este caso la protagonista es Tati, una adolescente que vive con el padre en la Isla Maciel. El título alude a un objeto de deseo, la posibilidad de trascender un mundo que no es nada fácil. Ese bote es el único signo que le permite cierto estado de felicidad tanto anímica como económica. La cara de ella cuando recibe unas monedas por cruzar a un pasajero es el plano salvador, uno de los escasos momentos de aire fresco en este relato de iniciación y de búsqueda de identidad en un universo hostil. Tati transita la vida desde la marginalidad y Blanco da cuenta de ello desde un punto de vista preciso, es decir, nunca suelta a la chica y acompaña su padecimiento como sus destellos de felicidad. Al mismo tiempo, parece conectarse con la necesidad de explorar la identidad sexual a base de la imitación, de la necesidad de pertenencia y de la búsqueda. Las mejores escenas (las más libres, desatadas del imperativo del silogismo ilustrado) son aquellas en las que Tati se desplaza con su cuerpo y con sus gestos por un mundo que apenas puede espiar. Unas chicas bailan y ella intenta sumarse a la distancia; otra se pinta en el baño y ella ingresa después de estar escondida para hacer lo mismo (a su manera) en el espejo. Cada una de estas acciones son efectivas gracias a la fotogenia y a la naturalidad de Nicole Rivadero y, por supuesto, a la pericia de la directora para captarla en su torpe inocencia.

Una banda de chicas, de Marilina Giménez, comienza con una zona interesante como inédita, dar cuenta de la música hecha por mujeres a través de grupos como Yilet, Las Taradas y otras fusiones posteriores. A partir de un registro íntimo en base a testimonios y de la alternancia con jugosos archivos, el documental utiliza de manera muy inteligente el montaje de manera tal que ese principio rector conduzca progresivamente a las problemáticas actuales en relación a la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo como una necesidad social. Lo que a primera vista puede tomarse como un sesgo de dispersión, concluye en una efectiva manera de hacer fluir imágenes y palabras para establecer una mirada nada indiferente a la certeza de que tanto la música como situaciones del presente son pensadas desde la lógica masculina.

Ahora bien, más allá de hacer visible una temática recurrente en las producciones cinematográficas actuales, el gran rasgo diferencial de la película pasa por un hallazgo, uno de esos momentos con los que todo documentalista sueña, independientemente de los pactos que se establecen previamente con los personajes. Hay una escena en la calle, durante la noche, cuando la cámara acompaña a unas chicas que salen de algún recital y son seguidas por un flaco borracho. La tensión de la escena solo puede ser captada en la espontaneidad en que se da y la naturalidad aflora para sugerir aún más el horror de cierta forma de acoso que solemos tener como normalizada y aceptada.

En Miserere, de Francisco Ríos Flores, parecen cruzarse las imágenes de dos cineastas intensos y comprometidos, Edgardo Castro (La noche, Familia, Las ranas) y César González (Atenas, Lluvia de jaulas). Un espacio (la plaza que da nombre al título de la película) congrega a diferentes jóvenes que se prostituyen para sobrevivir. Al mismo tiempo que los vemos moverse estratégicamente por diferentes lugares, escuchamos monólogos en off que pautan aspectos de sus vidas. El registro de sus itinerarios incluye escenas jugadas dentro de un escenario superpoblado, observado en su lógica de múltiples rituales propios de una economía informal y de la necesidad. Cada historia individual confluye en una visión de conjunto donde el sexo es transacción, las miradas indiferentes de los otros es un estigma y la búsqueda de afecto un deseo postergado cotidianamente. Sumada a la osadía formal, y más allá de un método que deriva en la repetición, la película es pensada desde fragmentos textuales de “La prostitución masculina” de Néstor Perlongher.

Educación rural, de Federico García Bedoya, también exhibe un método de observación. Un plano inicial y otro final de una institución (un colegio rural) ostentan orgullo y dan cuenta de un montaje preciso para narrar lo que se propone. Esta especie de modestia evidencia un acercamiento honesto e inteligente hacia un grupo reducido de personas, maestros y estudiantes, que comparten un espacio, que sortean las dificultades de infraestructura y que se sostienen en una comunidad que resalta el valor de la pertenencia y la importancia de las políticas públicas a favor de lo humano para toda capacitación. Y en este muestrario de actos, la decisión de no resignar la mirada hacia lo políticamente correcto es un rasgo más que saludable. En uno de los grandes momentos del documental se muestra cómo aprenden los alumnos y las alumnas el proceso para matar y limpiar un cerdo. García Bedoya no recurre al fuera de campo y su decisión es totalmente coherente con el tema y el espacio que aborda, independientemente de lo que la agenda mediática pueda dictar. El cine es un territorio de más allá de la moral.

Otro acierto de la película es la manera en que lo político se cuela, sobre todo al poner en escena discusiones que giran a torno a la precarización laboral, sin desmadres ni dramáticas confesiones, con la naturalidad de jóvenes como el paisa, el protagonista, capaz de llevarse materias, quejarse y reírse de sí mismo, ya que sus acciones no reflejan lo que dicen, como sostiene una profesora. Nada forzado y con la firme voluntad de captar lo espontáneo como sesgo, el seguimiento del director es digno de destacar aunque sus intenciones puedan parecer modestas.

Un espacio también concentra la atención en El panelista de Juan Manuel Repetto, el Instituto Nacional de Tecnología Industrial. Y sobre todo un protagonista con disminución visual que trabaja allí como parte de un programa que alberga personas con capacidades diferentes para colaborar. Carlos tiene 39 años y se desempeña en el Laboratorio de Análisis Sensorial. Hay tiempo en ese registro que alterna el trabajo con las historias de vida, lugar para el drama y para la comedia. Todo aquello que se pueda objetar desde un punto de vista formal es recompensado por la dimensión humana, por los vínculos mostrados de solidaridad en ese pequeño universo. No hay lugar para la demagogia ni para la típica música cómplice de tantas películas que abordan temáticas similares y, pese a cierto carácter disperso y a alguna licencia cuestionable, el resultado es honesto.

Las golondrinas que dan título a la película de Mariano Mouriño son dos hermanos tucumanos, Juan y Ana, que la luchan por el plato del día. La explotación laboral y sus mecanismos de implementación, desde la violencia más visible a la hipocresía, son el foco de atención en un drama de corta duración cuyo patrón, Germán Palacios, lleva un look que no le teme al ridículo. La sutileza que no aparece a nivel físico, asoma en la construcción de su comportamiento, un péndulo que oscila entre la aparente bondad y los planes maquiavélicos. El contexto es el menemato y el lugar un campo de nueces donde los hermanos son explotados y luego considerados en un supuesto privilegio fundado en la necesidad del patrón por tener a la joven cerca. La tensión funciona bien mientras tanto y los deseos masculinos se terminan confundiendo en una misma voluntad de poder y de posesión, sea el patrón como el hermano.

En el caso de La estrella, de Francisco Martín, hay una madre involucrada con el mundo del boxeo que debe resguardar el vínculo con su pequeño hijo Salvador ante las presiones sociales e institucionales. El registro privilegia un modo de encuadre capaz de resguardar esa relación a una distancia prudencial, del mismo modo que se involucra la mirada con la adrenalina lógica del box, una forma de descargar el malestar existencial. Y si bien por momentos algunas actuaciones crean poca empatía o desnaturalizan la intensidad dramática, la confianza en el mundo de la protagonista y sus constantes búsquedas para salir de las convenciones elevan el interés de esta modesta ficción.

Por último, y a diferencia del resto, Hermanas de los árboles de Camila Menéndez y Lucas Peñafort, transcurre en otro lugar, la India, y tiene a mujeres que plantan árboles para celebrar el nacimiento de niñas, un ritual que contrarresta un pasado donde la mujer era vista como una maldición. Estamos en el desierto de Rajasthan y era tradición que las familias que no podían pagar dotes se deshicieran de sus hijas. El presente alimenta la luz de mujeres organizadas cuya férrea voluntad contagia a otras para torcer una tradición nefasta. La resistencia es el hilo que une a esta película con las otras más allá de las distancias geográficas y al corazón de un festival que visibiliza las problemáticas ligadas al trabajo y a la perspectiva de género.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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