Crítica de TV: The end of the f***ing world (Temporada 1)

The end of the f***ing world (Reino Unido – 2017) – Temporada 1

Creador: Jonathan Entwistle / Producción: Kate Ogborn / Intérpretes: Jessica Barden, Alex Lawther, Steve Oram, Wunmi Mosaku, Gemma Whelan, Christine Bottomley / Compañías productoras: Clerkenwell Films, Dominic Buchanan Productions / Episodios: 8 / Cadenas originales: Netflix, Channel 4 / Distribución en Latinoamérica: Netflix.

LA DELGADA LÍNEA DE LA INCORRECCIÓN POLÍTICA

Las series inglesas fluctúan entre la solemnidad (más que oscuridad) de sus policiales y dramas y la completa incorrección política de las muy pocas excepciones a esa identidad poética. Pero cuando estas ocurren (y quizás en violenta respuesta a esa extrema seriedad) parecen no tener límites en su irreverencia. Hace unos años nos encontramos con la maravillosa (y cancelada) Utopía y, recientemente, apareció The end of the f***ing world para replantearnos los límites de lo políticamente correcto. Renovada para una segunda temporada, esta serie original de Netflix está basada en un comic, aunque su final es distinto pues su creador quiso dejar la puerta abierta para una nueva entrega.

En líneas generales, no parece haber nada muy nuevo en esta ficción: dos adolescentes freaks que se enamoran y huyen juntos hastiados de sus vidas y sus disfuncionales familias. Sin embargo, hay un detalle importante en el personaje de James: es un psicópata e íntima con ella para asesinarla. En tiempos de proclamas en contra de la violencia de género la introducción “detalle” es jugar con fuego. Sin embargo, el tono extremadamente irónico y sarcástico y la fuerte personalidad de su partenaire femenina le permite a la serie no quemarse.

Por más extravagante que nos resulte esta pareja, no son sino arquetipos de adolescentes, por lo menos de algún tipo de adolescente. Sí, son raros, pero ¿qué persona de esa edad no lo es? Y sus problemáticas son las mismas que las de sus coetáneos: el primer amor, el impulso sexual (devenido en pulsión de muerte en el caso de James), el acoso sexual, la violación, la primera vez, el deber ser, las familias disfuncionales, el descontento con el mundo.

Este subgénero se encuentra atravesado por un fuerte imaginario cinéfilo. Por un lado, el de las películas de fuga y persecución. Thelma y Louise se encuentra con Asesinos por naturaleza pero también con Moonrise Kingdom y todas ellas con el Godard de Al final de la escapada, Bande apart e incluso Pierrot el loco (la escena de la estación de servicio en particular). Lo que la distingue de estos filmes es que en aquellas la huida era sin rumbo, el lugar al que se dirigían era más bien simbólico y figurativo que un sitio específico. James acompaña a Alyssa a buscar a  su padre. Lo que buscan, en sí mismo, es un límite, es el control, representado por la figura paternal. Pero, como podemos imaginar, aquel hombre no estará a la altura de sus expectativas. Entonces, lo único que les queda son ellos mismos.

Esta suerte de pequeño Dexter entenderá que su psicopatía no es más que la forma en que su psiquis intenta resolver la ausencia de la madre. Terminará enamorándose de su compañera y se sentirá por primera vez vivo. El de Alyssa es un caso más convencional. Su pretendida rebeldía y antipatía es la manera lógica en que contestamos al destrato parental, el síntoma claro de no encontrar un lugar al que llamar “hogar”.

Como en un filme de Wes Anderson, todas las figuras de autoridad son endebles, débiles, incapaces de contener. Entonces, en ese desconcierto del mundo adulto los adolescentes buscan emociones. No podría decirse que se rebelan en rigor de verdad, pues no existe nada ante qué rebelarse. Los hijos ofician de padres y los padres son seres perdidos sin atisbo de poder brindar un rumbo, una clave. De alguna manera, The end of the f***ing world nos dice que esta sociedad nos ha robado las certezas, pero, con ello, también nos robó la capacidad de insurrección, quedando el amor como la última de las batallas.

Por Martín Miguel Pereira

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