Crítica: Algunas Bestias (2019), de Jorge Riquelme Serrano – Festival de Lima

Algunas Bestias (Chile – 2019)

Dirección y Producción: Jorge Riquelme Serrano / Guion: Nicolás Diodovich, Jorge Riquelme Serrano /
Música original: Carlos Cabezas / Fotografía: Eduardo Bunster / Montaje: Valeria Hernández, Jorge Riquelme Serrano / Dirección de Arte: Patricia Figueroa / Intérpretes: Paulina García, Alfredo Castro, Consuelo Carreño, Gastón Salgado, Millaray Lobos / Duración: 97 minutos.

Región de Calbuco, en el sur de Chile. Una isla y una familia reunida. Se supone que son dos espacios ideales, pero desde el comienzo la cámara de Serrano nos advierte la tensión. La hija parece hacer denodados esfuerzos por hacer sentir cómodos a sus padres y su marido no se quedará atrás porque necesitan dinero para desarrollar un proyecto hotelero en el lugar cuya virginidad dificulta los servicios básicos. El padre lleva anteojos negros y putea contra el gato, la madre sobra la situación y no está dispuesta a sacrificar nada material para ayudarlos. Juegos psicopatones, juegos peligrosos. Es lo que se ve en una puesta en escena enrarecida que permite oler a podrido de modo progresivo. Mientras los adultos se mueven en una máscara hipócrita de vínculos utilitarios, los nietos corretean por ahí y tienen sus rituales de placeres escondidos entre los árboles (siempre amenazantes) de la isla. Entre ellos se encuentra Nicolás, un lugareño que provee de agua y se encarga de los trabajos pesados, por lo menos hasta que se dé cuenta de que en esta familia pasan cosas extrañas (la señora lo avanza una noche de fogón) y se va. Entonces, sin su sostén, el agua escasea y todo se desmorona de igual manera en las relaciones. Porque una cosa es una selfie en la orilla del mar y otra cuando se levanta la piedra y la mugre emerge. El director lo tiene en claro y lo trabaja con un seguimiento de cámara que circunda a los personajes, que disecciona ese núcleo perverso en el que todos se espían, se hablan por detrás y desempeñan actuaciones según la propia conveniencia. La violencia en sus diversas manifestaciones comienza a mostrar sus tentáculos. Pueden ser palabras hirientes, gestos decisivos, actos dudosos, susurros incómodos, signos que alimentan la creciente incomodidad sostenida, además, por una banda sonora envolvente. Y en ese itinerario de locura hay un thriller que habilita preguntas: ¿dónde está Nicolás?, ¿qué pasará con los abuelos si no consiguen salir de la isla?, ¿aflojarán con el tema de la plata para el proyecto? Todo es un horror, pero nada estalla. Alejandro, el joven marido, no puede menos que convertirse en una especie de Jack Torrance empantanado en asistir a sus suegros, los verdaderos reyes de la cabaña. Todo sea por la guita.

La manera en que Serrano mantiene la tensión es admirable. Dos escenas dan lugar a momentos significativos. El primero evidencia un manejo escénico extraordinario y sucede durante un juego de mesa. Parte de la perversidad de los personajes posibilita que tengan breves raptos de reconciliación impostada que, por supuesto, terminan siempre mal. Y uno espera ese desenlace gracias a la forma en que se dilatan las secuencias. Tener tiempo para mirar permite en el plano examinar las conductas y distinguir los roles, y es un acierto. Una discusión entre la abuela y la nieta (la verdadera víctima en la película) concluye en un escándalo. Pero cuando la extensión temporal de un plano ante un hecho aberrante pone a prueba la tolerancia del espectador, el efecto es otro. Ya no son los personajes quienes nos hablan, sino el director, como si no hubiéramos sabido nunca quiénes son las damnificadas de este episodio familiar siniestro. Me refiero a ese otro momento que no es conveniente aclarar para preservar la trama y del cual, se hablará seguramente más que de la película en sí, muy meritoria en lo que muestra y cómo lo hace, salvo por una escena en que todo aquello que no era explicado, sino sugerido, se desbarranca por un precipicio que habla más de una pose egocéntrica por encima de la historia y de los personajes. Son trampas (o acaso confusiones) de ciertos imperativos del presente.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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