Festival UNCIPAR: Jornada 2

Si la primera jornada estuvo marcada por un segmento de cortos nacionales más ligado a los géneros cinematográficos y un segundo segmento con muy buenas obras, pensadas de un modo más heterogéneo, la segunda jornada trajo dos tandas muy desparejas entre si.

La primera de ellas (“Rosa” de Sebastián de Caro, “Erase una vez” de Patricio Vega, “Arroz y fósforos” de Javier Beltramio, “El pescador” de Mayra Buxareo, “Tupasy” de Alejandro Nakano, “Deolinda” de Ana Pelichotti, “Traviata” de Mercedes Arturo, “Catalina y el sol” de Anna Paula Honig, “Abismo” de Gisela Peláez y “Un turista” de Emanuel Sabio)  trajo una serie de propuestas imprecisas en sus narrativas, prejuiciosas o esquemáticas, algunas muy trabajadas plásticamente pero poco en el resto de los recursos estéticos. Con miradas pobres sobre los personajes tratados o maniqueas sobre los universos, uso insoportable de la música incidental o actuaciones descomedidas, los cortos presentados no parecen estar a la altura del resto de los trabajos vistos hasta ese momento.

La única excepción puede ser “Tupasy” de Alejandro Nakano, que asume riesgos narrativos con la intención de instalarse en un escenario particular. Este espacio es la niñez, la inmigración y un asentamiento que podría ser cualquier periferia urbana en Argentina. La cámara se adentra y permite que las situaciones y las palabras ocurran. De ese modo da cuenta de cuestiones como la otredad, el extrañamiento de la infancia, la inocencia y la situación de indigencia, de un modo por momentos extrañamente bello, y en otros momentos francamente difuso a la compresión y la atención del espectador.

La segunda de las tandas de los cortometrajes en la competencia nacional (“Los días felices” de Agostina Guala, “Anima” del Clara Frías, “Una de esas noches” de Germán Servidio, “Princesas” de Natural Arpajou, “Mal trago” de Francisco Inchausti, “Papel y Tinta” de Gabriel de Bella, “Reflejos” de Federico Larrosa, “Berta y las menores” de Marina Glezer y “Cuchipanderos” de Agostina Guala) fue realmente superior a su antecesora.

Para sorpresa de todos, la realizadora Agostina Guala logró entrar en competencia oficial con dos cortometrajes, que de algún modo presentan una marca autoral muy interesante, a la vez que cuenta la historia desde el sur del país. “Los días felices” son los años de la vida, los momentos extraños que hacen que la felicidad sea la suma de los recuerdos de los instantes, de las caricias, de los varones de la tribu yendo a hacer pis juntos. Ese recuerdo cálido de una tarde de sol en la playa, aunque la jornada no haya sido la más hermosa vivida. “Cuchipanderos” es acaso una obra en el mismo registro del recuerdo y la felicidad, pero con una narración más compleja y un  pulso maduro. En un relato que engaña, que pasa de un falso policial a la historia de una larga amistad entre cuatro hombres, la película es un viaje hacia un final necesario y previsible. La directora demuestra capacidad para contar con sutileza, para evitar que un solo gesto innecesario diga lo que ya fue dicho y para construir una mirada masculina sobre una historia que por ya contada no deja de tener acá una profundidad amorosa notable. Cuatro muy buenas actuaciones le permiten a Guala apoderarse de esos juegos de relaciones y hacer una gran película de amigos hasta siempre.

En “Una de esas noches” la pesadilla nocturna que Scorsese pintó en “Después de hora” se produce pero sin la duda o la cavilación. Lo pesadillesco es aquí lo que ocurre (y es razonable que ocurra) sin que el personaje se sienta necesariamente desubicado. Una situación intolerable tras la otra se suceden en una comedia muy bien armada, con timming preciso y un protagonista que presta su tranquilidad pasmosa ante semejante sucesión de eventos desafortunados. Entretener al público tiene sus dificultades y Germán Servidio lo hace muy bien con esta película.

Princesas” de Natural Arpajou cuenta la historia de una madre y una hija extremadamente pobres en Paraguay, en un relato que no apela a la explotación de la situación social, sino a contar como se resuelve lo cotidiano, como se vive el trabajo, la vida familiar, la comida. O como se festeja (o no) un cumpleaños, de la princesa niña, la hija bella de la madre mucama de hotel.

Del programa Cine en los barrios promovido en años anteriores por el INCAA surgió la muy buena “Papel y Tinta” que relata un testimonio sobre la represión de la dictadura cívico militar en Argentina. Automotores Orletti fue un centro clandestino de detención especialmente dedicado a acciones del plan Cóndor, organizado en conjunto por países del Cono Sur. Las marcas de las paredes en una casa del barrio de Floresta son el testimonio de que allí, en una casa vecina a muchos, se asesinada, torturaba y sometía a cientos de militantes políticos. Esas marcas, esas pequeñas señales que el barrio no debe olvidar son las que aporta el realizador en esta muy buena obra.

El Festival cerró y deja algunas hipótesis para construir. La falta de documentales, la escasez de cine político, la casi desaparición de la perspectiva de género y la abundancia de uso de los sistemas hipercodificados por el cine (conocidos como géneros cinematográficos) es algo que nos permite pensar. Eso será parte de la tercera y última nota de la cobertura, que seguramente vendrá adicionada a la lista de los premios que, por lo que se viene anticipando, serán muchos.

Por Daniel Cholakian
@d_cholakian

 

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