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Festival Punto de Vista: Elogio del documental creativo

ELOGIO DEL DOCUMENTAL CREATIVO
Algunas consideraciones a partir de películas del Festival Punto de Vista de Navarra 2016.

1.
Podemos afirmar, sin riesgo a equivocarnos que el género documental goza de muy buena salud. Su crecimiento parece, incluso, desenfrenado. Las razones de este fenómeno pueden ensayarse en varias direcciones, pero tomemos al menos dos que son bastante visibles. Por un lado, el agotamiento de la ficción en cuanto modo de relato industrial que, luego de más de cien años, no ha modificado sustancialmente los aportes de Griffith, pionero en el modo de contar una historia a través de las imágenes. Toda la libertad que los relatos cinematográficos han ido perdiendo por exigencias del mercado, es recuperada y alimentada en forma permanente por los documentalistas, quienes buscan tratar la realidad creativamente mediante diversos materiales, más allá de la convencional idea de registro. Por el otro, asistimos a una expansión cuya razón debe buscarse en la proliferación de nuevas tecnologías y en el impacto que éstas han generado en la producción, alterando incluso nociones como el tiempo y mecanismos como el montaje a la hora de concebir la película en pantalla. El uso de numerosos dispositivos reformularon las formas de puesta en escena y ampliaron las posibilidades económicas y estéticas, palpables en cantidad de directores (muchos de ellos independientes) que encuentran en el género enormes perspectivas de desarrollo. De este modo, el supuesto registro objetivo de los hechos entra en crisis y puede ser reemplazado por diversos modos a través de ensayos, relatos personales y otras estrategias que ponen en cuestión a sujetos y objetos representados. En este camino, a la vez, las delgadas fronteras entre el documental y la ficción se hacen cada vez más difusas y pertenecen progresivamente al terreno de la ilusión ya que los mecanismos tradicionales del género aparecen dinamitados como consecuencia de la fusión de mixturas y de insertar la subjetividad bajo múltiples maneras.

No obstante, el documental como modalidad también se mueve en una zona movediza y se enfrenta a una serie de paradojas que requerirían de un estudio de tipo sociológico, puesto que su crecimiento no ha logrado consolidar aún su comunión con el público mayoritario que se supone concurre a las salas (contrariamente se ha incrementado el visionado en plataformas virtuales). Son pocos los que elegirían ir a ver una película de esta naturaleza dentro del circuito comercial (si tiene la suerte de estrenarse más allá del recorrido festivalero). En este punto, se podrían plantear algunos motivos pero me detendré en dos. En primer lugar, se hace evidente que frente a la industria del entretenimiento, el documental como género corre en desventaja. Pese a abrir el mapa de alternativas expresivas y argumentales para captar a un espectador cada vez más ansioso, televisivo e informático en sus modos de ver, lo cierto es que el crecimiento de esta modalidad no va acompañada de la aceptación incondicional del público que acude a las salas. Y esto se engancha con la segunda razón (una hipótesis más arriesgada, si se quiere) que se vincula con la imposibilidad de experimentar el dolor ante lo que se ve, de ponernos en espejo con nuestras propias miserias, con la dificultad de escuchar la voz de los otros, cuestiones que el documental ha sabido mantener como espacio ético de enunciación.

Frente a lo descripto, afortunadamente existen los festivales y los lugares donde se puede revertir esta renuencia a mirar documentales y a ganar la batalla a los tanques ficcionales e industriales de los jueves que, además, cuentan con infinidad de posibilidades económicas. No es casual que en la última entrega de los premios Oscar, cuando se presentó el premio al mejor documental, se utilizara la ironía al anunciar el resultado (se nombró a Mad Max) y previamente se advirtieran las desigualdades de financiación y de ganancias en desmedro de los documentalistas. Sin duda, un valiente gesto en medio del millonario marco industrial.

2.
Pamplona es el lugar donde cada año se desarrolla Punto de Vista, Festival Internacional de Cine Documental de Navarra. Más allá de las diferencias lógicas en los gustos y en los criterios de programación, es un lugar interesante para discutir algunas de las ideas expresadas anteriormente. Varias de sus películas pueden seguirse, incluso, en plataformas virtuales como Festival Scope, lo que posibilita tomar contacto con buena parte del menú ofrecido. Esta edición contó con un atractivo jurado entre los que estuvo nada menos que el gran cineasta colombiano Luis Ospina, el cual concedió el Gran Premio a Oleg y las raras artes (España), de Andrés Duque (film que no tuve ocasión de ver) por “su innovadora, coherente y sensible aproximación al retrato de un artista”. A su vez, se otorgó el Premio Jean Vigo a la Mejor Dirección a Jakob Brossman por la película Lampedusa in Winter (Reino Unido) “por ser un primer largometraje hecho con gran acierto, seguridad y humanidad”. El reconocimiento se da en un contexto donde coincidentemente la urgencia del tema de los refugiados se ha convertido en la agenda de varios realizadores (el premio mayor en Berlín recayó sobre una película que aborda el mismo espacio). Y es en la voluntad ética por mostrar el problema más que en las virtudes estéticas donde uno puede hallar la fuerza de la cinta del director austríaco. Lampedusa es una pequeña isla italiana que recibe barcos de inmigrantes, hecho que afecta su destino turístico y pone a prueba las opiniones y conductas de sus habitantes en torno a cómo resolver legal y humanamente esta problemática. En todo caso, más allá del registro del acto en cuestión, se percibe una voluntad en el trabajo de montaje por contar una historia basada en las tensiones que provoca la llegada de los refugiados en un contexto nada propicio para la isla (planteo similar a Terraferma de Emanuele Crialese de 2012) puesto que los pescadores resisten a las dificultades para trasladarse debido a que un incendio destruyó el ferry del lugar. La mirada estrábica de Brossman se divide entre el candor del drama, con las acaloradas discusiones de los pobladores, y los planos generales en los que hace honor a la belleza geográfica de la isla. En relación a la primera dirección, se instala una pregunta: ¿cómo conciliar la falta de infraestructura y la desatención del gobierno hacia los inconvenientes de Lampedusa con el imprevisto arribo de los inmigrantes? La respuesta se encuentra en el seguimiento de la cámara, la cual oficiará de testigo entre las diversas posturas, registrará las discusiones y las protestas que los refugiados efectúan para ser reubicados en condiciones decentes. Son los momentos televisivos del caso que cobran fuerza cuando lo colectivo se manifiesta y se transforma en la fuerza vital para impedir la parálisis y el miedo. No obstante, hay zonas donde la atención se resiente al abordar historias individuales carentes de interés en ese conjunto y donde asoma uno de los grandes problemas del documental contemporáneo asociado al uso de las nuevas tecnologías: incluir material sobrante. Este hecho afecta la percepción global de la película.

La otra línea expresiva, la que apuesta a los tiempos muertos y abandona la palabra por un momento, resulta estimulante cuando trabaja sobre cierta idea de lo residual, de lo que queda en un espacio asediado por políticas económicas desacertadas que afectan a las regiones: góndolas vacías, recovecos, situaciones de desamparo. Es el contrapunto que insiste en otra tensión, a saber, la diferencia entre el subyugante paisaje y el cruel abandono humano, como si el paraíso admitiera también la injusticia En este juego visual la película logra trascender la problemática específica o la mera exposición de un dilema actual.

Olmo & the Seagull de Petra Costa y Lea Glob pertenece a esa clase de documentales que coquetea (ya se ha transformado prácticamente en una pose) con los límites entre ficción y realidad. Olivia y Serge son actores, viven en pareja y deben afrontar un embarazo que pone en crisis sus identidades artísticas, sobre todo para ella, quien tiene la oportunidad de representar en Nueva York La Gaviota de Chejov. El registro ensayístico que adoptan las realizadoras pretende difuminar las fronteras entre lo cotidiano y la recreación de situaciones, entre la vida misma y la actuación. Para ello acuden a un montaje de cortes continuos, encuadres incómodos, fuera de foco y planos cortos para establecer un acercamiento hacia Olivia, atendiendo fundamentalmente a su punto de vista. La mirada a cámara del personaje supone también una reflexión sobre su propio desempeño en el teatro como en el día a día. Por momento, las alusiones al embarazo se tornan exageradas, recargadas, y no se logra disimular el lastre de la actuación, hecho que debilita el necesario pacto con el espectador para este tipo de propuestas. Y si bien en el plano de la “ficción” la idea es poner en escena la intensidad emocional de Olivia aprovechando su carácter fotogénico y aludiendo a cómo el embarazo pone en jaque su actividad profesional, hay un dejo de solemnidad que hace un poco de ruido en todo esto.

Pese a todo hay que reconocer que más allá de cierta pose en esa tensión entre lo real y lo representado, el documental tiene la virtud de no caer en el barranco de las emociones baratas. Inspirado libremente en Mrs. Dalloway de Virginia Woolf, su pretensión parece estar acorde a la fuente de la que parte en la voluntad por ocuparse de un día en la vida de una mujer. También hay que decir que, como suele ocurrir ante la proliferación desmesurada de esta clase de propuestas, la tesis (la invasión a la intimidad y las dudas que aparecen en situaciones similares a realities) está por encima de los resultados. Queremos tanto a Cassavetes que una película como la de Costa y Glob asoma como versión liviana de las relaciones entre vida y actuación.

La ambición formal y la búsqueda de belleza son los móviles que persigue la singular Las letras de Pablo Chavarría Gutiérrez. Gran parte del cine mexicano actual trabaja sobre cierta idea de trascendentalismo y eso se advierte en sus imágenes destinadas a indagar sobre las posibilidades del cine como motor expresivo, aún en medio del horror y a costa, en algunos casos, de la sordidez no exenta de misterio. Es un límite finito que roza la provocación pero que puede lograr momentos únicos (como en el cine de Reygadas, faro desde donde se iluminan varios directores jóvenes). En este sentido, Chavarría Gutiérrez propone un viaje sensorial y una exploración sobre el movimiento. Hay un hecho detrás: en junio de 2000, cuatro policías aparecen asesinados y un profesor activista de la región mexicana es condenado a 60 años de prisión por ello. Luego de trece años, recibirá el indulto. La causa nunca fue clara. Ahora bien, no hay una intención de referir lo ocurrido como si fuera una investigación, sino un manejo de la cámara que a través de delicados movimientos recorrerá espacios con vocación poética y siguiendo un precepto en todo caso ligado a lo estético, con una búsqueda que quedará planteada desde el epígrafe que abre la película: “¿Qué es aquello que emana desde las entrañas, eso que late sin ser oído por no tener palabra?” Y en esa propuesta, queda la invitación hacia un modelo de espectador capaz de introducirse con paciencia en las misteriosas imágenes que ofrece el realizador. Un fundido en negro inicial con una duración considerable mientras se escuchan los sonidos de la naturaleza parece ser la prueba de fuego para formar parte del registro hipnótico empleado. A partir de ese momento, la cámara oficiará como el sustituto móvil de una voz callada, silenciada por la inmovilidad de la cárcel, desplazándose por diversos trozos de espacio/tiempo.

Una película como Las letras es una apuesta a desterrar los límites entre el documental y la ficción. Su carácter alucinatorio se destaca por sobre la premisa del registro acerca de un hecho real y confirma la tendencia cada vez más visible de que el documental como género se distancia progresivamente de la ciencia como modelo discursivo para incursionar en el terreno de la poesía. Se trata de ver no solo el hecho detrás, sino el proceso de recreación. Este es el mapa por donde nos movemos en el film de Chavarría Gutiérrez, una zona difusa como los bordes de la pantalla, como la mirada misma de su lente. Y parece ser un camino estimulante para el futuro del género.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

 

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