La virgen de la tosquera (Argentina / México / España – 2025)
Sundance 2025: Competencia World Cinema – Dramatic
BAFICI 2025: Mejor película de la Competencia Argentina
Sitges 2025: Mejor fotografía, Competencia Internacional
Dirección: Laura Casabé / Guion: Benjamín Naishtat, basado en dos relatos de Mariana Enriquez / Producción: Alejandro Israel, Valeria Bistagnino, Tomás Eloy Muñoz, Diego Martínez Ulanosky, Ángeles Hernández, David Matamoros, Livi Herrera / Dirección de fotografía: Diego Tenorio / Montaje: Miguel Schverdfinger, Ana Remón / Dirección de arte: Marina Raggio, Soledad Guerrero / Intérpretes: Dolores Oliverio, Fernanda Echeverría, Luisa Merelas, Isabel Bracamonte, Candela Flores, Agustín Sosa / Duración: 95 minutos.
Un curioso trabajo de adaptación da forma a La virgen de la Tosquera, la película recientemente estrenada en salas, dirigida por Laura Casabe. La base argumental surge de dos cuentos de Mariana Enríquez incluidos en Los peligros de fumar en la cama. El primero de ellos, de título homónimo a su versión cinematográfica, es una historia de obsesión. Una narradora asume la voz del grupo de amigas para develar progresivamente la incomodidad y el odio que les provoca Silvia, una joven presumida que ha venido a disputarles a Diego. Todo se desarrolla durante el verano y se siente en el relato tanto la tensión erótica como cierto malestar que abarca aristas individuales y colectivas. Como ocurre en gran parte de la narrativa de la escritora argentina, el miedo es una sensación que se amasa a partir de elementos sobrenaturales que parecen una prolongación de estados terrenales. De allí la fuerte presencia de códigos provenientes de espacios urbanos reconocibles que estallan en salidas monstruosas. En otras palabras, son más peligrosos los vivos que los muertos. Y ese peligro, en muchas ocasiones, se origina por algo que invade el barrio y atenta contra individuos y comunidades. Es lo que se advierte en el segundo cuento, El carrito, un hombre llamado Juancho, acuciado por el alcohol y la indigencia, es golpeado salvajemente por un vecino que reacciona cuando lo ve cagando en medio de la calle. Más allá del hecho, de la reacción impulsiva, hay un estado de locura social generalizada, promovida y exacerbada por los discursos mediáticos y la ausencia de políticas estatales. Lo interesante en Enríquez es que nunca abandona la forma a favor del discurso y, en todo caso, toma de una rica tradición para moldearla a su modo. Los resultados pueden ser dispares, pero sus huellas están. En ambos cuentos, la venganza es una especie de acción inevitable y catártica para que el pus social salga definitivamente y altere más el cuerpo de un país enfermo.
El riesgo de la traslación de la literatura al cine lo asume Benjamín Naishtat, quien escribió el guion y fusionó las dos historias. La impresión es que resulta un tanto forzada la manera en el que el segundo relato se incrusta en el primero, que es el sustento principal de la trama. Tengo una hipótesis, por supuesto incomprobable, y es que Naishtat se debe haber sentido particularmente atraído por la potencialidad cinematográfica de ese carrito cuya imagen se agiganta en el texto de Enríquez. Por este motivo, la secuencia de inicio le cede protagonismo a la escena fundante del cuento y deja en suspenso esa segunda historia, mostrada en ocasiones, pero bastante descolgada de la primera, la de las chicas y Diego. No es el único signo de deriva narrativa. Otras situaciones ligadas al esoterismo también quedan inconclusas y esto resiente el resultado.
La película cuenta la historia de Natalia, una joven que recién ha terminado el secundario y vive en el conurbano con su abuela Rita y un niño al que alojan temporalmente por un accidente que ha sufrido la madre. Es el verano de 2002. El país y el clima están en llamas, no obstante, para Nati la única expectativa es estar con Diego, el flaco al que todas desean. Sin embargo, la presencia de Silvia entorpece los planes. Silvia se la cree y hace gala continuamente de saberlo todo. Pero, más allá de eso, está la obsesión de Nati, el odio que crece paulatinamente dentro cada vez que Diego se le escapa. Hay que decir que Casabe capta muy bien ese universo literario de Enríquez sostenido sobre la idea de malestar, de tensión erótica y deseo contenido, que por algún lado explota. El modo en que la cámara se acerca a los cuerpos y los ilumina en sus diversos ambientes es un rasgo expresivo que sobresale en la película. Igualmente ocurre con el sopor que envuelve los ambientes, todos gestos que quieren inscribirse en esa tradición imbatible que parece haber inaugurado La ciénaga (Lucrecia Martel, 2001). Entonces, los cuerpos se tornan errabundos, dudosos y cansinos. Varios momentos que marcan la cotidianeidad están atravesados por la sombra de un tejido social en ruinas y, entonces, el terror se gesta primero allí. Por eso, salvando algunos errores groseros que se relacionan con la verosimilitud-por ejemplo, ciertas fórmulas del habla impensables para esa época tales como la muletilla actual “re” o palabras como “planazo”-la película funciona muy bien en la manera en que ensambla las inquietudes colectivas con las individuales.
El trabajo con los espacios es otro procedimiento fuerte dentro de la puesta en escena. Están los interiores oscuros, gobernados por sombras y encierro. Una casa, un ciber donde las amigas chatean con el ICQ, se vuelven amenazantes, intranquilos, al igual que la tosquera, cuya premisa idílica de descanso se transforma en un infierno. La tosquera es el lugar de sacrificio y el terror no necesariamente se da de noche. Allí se condensan lo ancestral, el deseo sexual y la posibilidad de que estalle una rabia latente cuyas proporciones pertenecen al dominio de la hipérbole. Y si bien el terror en su estado más visible y puro no necesariamente funciona en aquellos pasajes que requieren de un clima traumático más potente, hay que reconocer que la película logra inquietar desde la frontalidad con que se filman los cuerpos, su incomodidad y sus batallas personales.
La virgen de la Tosquera se afirma como una película atravesada por tensiones productivas y desajustes visibles. No todo encastra con precisión y algunas derivas narrativas dejan la sensación de una potencia apenas contenida o desviada. Sin embargo, en su apuesta por capturar un clima -el de un país al borde del colapso, el de unos cuerpos jóvenes expuestos al deseo, la violencia y el resentimiento-, la película encuentra su mayor logro. Casabe no traduce a Enríquez de manera literal ni complaciente, sino que intenta apropiarse de su universo para hacerlo estallar en imágenes. Allí donde el relato se vuelve poroso o irregular, emerge, aun así, una incomodidad persistente que se instala en el espectador. Y esa incomodidad, fiel al espíritu de la escritora, es quizá la forma más honesta de terror que puede ofrecer la directora.
Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant / @el_curso_del_cine
Puntaje: 7.0