Crítica de TV: BoJack Horseman

BoJack Horseman (Estados Unidos 2014 – 2020)

Creador: Raphael Bob-Waksberg / Producción: Alexander Bulkley, Corey Campodonico, Richard Choi, Eric Blyler, Mike Hollingsworth, Kate Purdy, Joanna Calo, Nick Adams, Mehar Sethi, Kelly Galuska / Intérpretes: Will Arnett, Amy Sedaris, Alison Brie, Aaron Paul, Paul F. Tompkins, Kristen Schaal, Adam Conover, Keith Olbermann, Aparna Nancherla, Diedrich Bader, Angela Bassett, J.K. Simmons, Wendie Malick, Stanley Tucci, Stephanie Beatriz / Compañías productoras: Tornante Company, ShadowMachine, Moris Talent Hunt, Netflix / Episodios: 77 (6 temporadas) / Cadena original: Netflix/ Distribución en Latinoamérica: Netflix.

HONRAR LA TRADICIÓN

En 2014 Netflix lanzó BoJack Horseman, una incursión en la animación para adultos para competir con HBO y su programación “de calidad”. Para ese momento era evidente que uno de los puntos débiles la plataforma de streaming era la comedia, algo que había empezado a remendar un tiempo antes con la adquisición de Arrested Developement. Por estas razones la nueva serie animada fue vista con mucha desconfianza incluso por quienes luego se desharían en halagos. Esto puede notarse perfectamente en retrospectiva.

BoJack (un caballo humanizado) es una ex estrella de televisión que saltó a la fama entre finales de los años 80 y los 90 a partir de una sitcom que podríamos definir como una mezcla entre Party of five y Blanco y Negro (Diff’rent Strokes) tanto dentro como fuera de la pantalla. Luego de la decadencia y fin del show y una fallida vuelta con otro programa, BoJack pasa sus días sin hacer prácticamente nada salvo drogarse y emborracharse, como podemos apreciar en los primeros minutos de la serie.

A pesar de este oscuro comienzo, muchos críticos coincidieron en que la serie da un vuelco a partir de la segunda temporada. En este aspecto algunos tomaron posturas antagónicas y hasta contradictorias. The Verge se quejaba en una crítica titulada “More animal puns, less animal pathos” que podríamos traducir extensamente como “más humor a partir de chistes de doble sentido con animales y menos pathos (emoción)”. The Guardian, en cambio, opinaba que en la segunda temporada BJH era “more Six Feet Under than Family Guy” (más Six Feet Under que Padre de Familia). Sin embargo, todos los elementos de lo que seguirá siendo la serie en adelante ya están incluso en los primeros capítulos de la primera temporada, claro que luego se desarrollan, crecen y se complejizan. Pero no hay un cambio de paradigma, hay un crecimiento consecuente y hasta lógico, como si el autor con el correr de los capítulos fuera “soltando la mano”, siendo más creativo, audaz y, a la vez, profundo.

Otro crecimiento que se va dando tiene que ver con la asimilación de los elementos formales y culturales que fueron dando forma a la serie. Como buen producto de la posmodernidad, BoJack Horseman se reconoce y se enmarca dentro de una tradición (por no llamarlo genealogía); pero no como conjunto de reglas o tradiciones que encorsetan o guían el desarrollo. Así como a comienzos de los 90 David Lynch tomaba todos los rasgos formales y narrativos de las series y telenovelas para volar todo por los aires y construir el pastiche delirante que fue Twin Peaks donde todo lo anterior se resignificaba burlándose muchas veces de la tradición, BoJack Horseman se reconoce heredero de esa tradición, le rinde homenaje pero no solemnemente y se vale de todo el instrumental pasado como una caja de herramientas. Tanto Lynch como Raphael Bob-Waksberg dialogan con lo pretérito pero de manera funcional. En ambas series hay elaboración, no mera repetición, como en el caso de las “películas meme” que son la saga de Scary Movie y sus derivados, en donde si no conocés la referencia no existe la gracia. BJH puede verse, entenderse y disfrutarse sin conocer el pasado o el presente al que hace referencia; pero, si lo conocemos, lo entendemos a otro nivel. Otro elemento que une ambas series es esa especie de subtrama o ficción paralela que fue para Twin Peaks “Invitation to Love” (una telenovela berreta o soup opera con todos los clichés del género) y que para la presente serie es “Horsin’ around”, la sitcom que catapultó a la fama al protagonista. Ambas funcionan como contrapunto y muchas veces sirven para completar el significado de un capítulo.

En una entrevista para la Rolling Stone, su autor nombra sus influencias entre las que se encuentran Los Simpsons (que son a la comedia animada lo que los Beatles al rock), Daria, ¿Quién engañó a Roger Rabbit? y South Park. Sin embargo hay otras más a las que se hace referencia directa como las sagas de Charlie Brown o El Show de la Pantera Rosa. La historia cultural está siempre presente pero sin limitar la creatividad sino, por el contrario, agregándole más capas de sentido.

Finalmente hay que hacer una enorme salvedad para los espectadores no angloparlantes. La serie se basa en gran medida en los chistes verbales y, como suele pasar en la comedia, muchos chistes sólo tienen sentido en el idioma en que fueron creados, son intraducibles. En BJH esto es llevado al extremo al punto de que la inmensa mayoría de los gags contienen juegos de palabras que son completamente intraducibles –un poco en la línea de Groucho Marx. De intentarlo, el subtitulado ocuparía toda la pantalla con “notas del traductor”. Esto es un dato fundamental pues, sin entender el inglés, la serie pierde una enorme parte de su atractivo. Les sugiero que hagan el experimento de leer los subtítulos en castellano o escuchar determinados chistes en el original y luego volverlos a ver doblados. Seguramente el espectador que no pueda entender el idioma original o bien pensará que la serie es por demás estúpida o carente de gracia o, si es más consciente, entenderá que hay algo que no puede traducirse pero que debe ser gracioso en el original. En ambos casos, el disfrute les estará vedado.

BoJack es un personaje a tono con la nueva generación de series del siglo XXI: es irritante, egoísta, egocéntrico, mezquino, un catálogo de defectos; sin embargo nos preocupamos por él, empatizamos con su dolor, con su conflicto interno irresoluble. Quizás porque es gracioso, quizás porque es un poco como todos nosotros.

Por Martín Miguel Pereira

Podría interesarte

Escribe un comentario

No publicaremos tu mail