Crítica: Los colores del tiempo (2025), de Cédric Klapisch

Los colores del tiempo / La venue de l’avenir (Francia – 2025)
Cannes 2025
: Fuera de concurso
Palm Springs International Film Festival
Göteborg Film Festival

Dirección: Cédric Klapisch / Guion: Cédric Klapisch, Santiago Amigorena / Fotografía: Alexis Kavyrchine / Montaje: Anne-Sophie Bion / Intérpretes: Suzanne Lindon, Abraham Wapler, Julia Piaton, Vincent Macaigne, Sara Giraudeau, Zinedine Soualem, Cécile de France, Paul Kircher, Pomme, Vassili Schneider, Raïka Hazanavicius, Olivier Gourmet, Angèle Garnier, Fred Testot, Cassandra Cano / Duración: 124 minutos.

Hay un arco sostenido entre el principio y el final cuyo resorte es la mirada o, mejor dicho, el modo de mirar. En el primer extremo, una modelo posa delante de un cuadro en un museo. La puesta en escena se enmarca en una sesión fotográfica y la pintura es apenas una excusa, un telón de fondo asimilado con fines publicitarios. Los personajes involucrados discuten acerca de la pertinencia de tales o cuales colores, de qué filtros aplicar, y la joven se muestra preocupada por la posición de su cuerpo dentro del encuadre. El primer gesto que manifiesta la película de Klapisch aparece teñido de frivolidad, signo característico del amor en los tiempos de la selfie. Dos tecnologías, dos formas de registro, conviven en un mismo espacio como esas parejas que apenas se miran o ni siquiera se hablan. La pintura permanece allí, ante la indiferencia de la gente que circula con sus cámaras de fotos y sus auriculares, observando apenas al pasar. La velocidad de sus movimientos es inversamente proporcional al tiempo que demanda esa forma de arte figurativo.

En el otro extremo, en la escena final, el significado se revierte. El mismo joven que tomaba fotos y filmaba de manera frenética ahora se encuentra sentado frente al mismo cuadro. Nada se interpone entre él y su mirada. Es otra joven la que se acerca y se sienta a su lado. La cámara los toma de espaldas y es el propio cuadro el que les devuelve la mirada. En la trama de Los colores del tiempo algo ha ocurrido para trazar ese arco: un largo camino de aprendizaje, (auto)descubrimiento y memorias compartidas. La película sugiere reminiscencias, encarnaciones y conexiones entre almas; sin embargo, no nombra doctrina alguna ni cae en la conveniencia discursiva de la lógica New Age. Por el contrario, urde un relato con múltiples capas narrativas y distintos niveles de significación a partir de una premisa sencilla: en el París del presente, unas treinta personas son informadas de que han heredado una casa abandonada. Cuando realizan el inventario de lo que hay en ella, encuentran un valioso cuadro. En cada uno de los objetos y fotografías que descubren está la historia de Adèle, que nos transporta a los años de la Belle Époque.

La escena final adquiere entonces una dimensión que excede la mera resolución narrativa. No son los personajes quienes contemplan únicamente una pintura; también son contemplados por ella. El cuadro deja de ser un objeto decorativo o una pieza de museo para recuperar aquello que Walter Benjamin atribuía a la obra de arte antes de su reproducción técnica: una presencia capaz de interpelar al espectador. Después de haber recorrido la historia de Adèle y de comprender los vínculos invisibles que unen pasado y presente, la mirada del joven ya no consume imágenes; se deja afectar por ellas. Allí reside la transformación más profunda que propone Klapisch. En una época dominada por la compulsión de fotografiarlo todo, la película reivindica la posibilidad de detenerse, mirar y aceptar que las imágenes también tienen algo que decirnos. La película no contrapone pintura y fotografía, sino dos regímenes de la mirada. La fotografía del comienzo no es criticada por ser fotografía, sino por ser una mirada instrumental, acelerada y utilitaria. La pintura del final tampoco vale por ser pintura, sino porque obliga a un tiempo distinto de contemplación. En ese sentido, Klapisch no establece una oposición entre tecnologías, sino entre verymirar.

Klapisch construye un puente entre pasado y presente. Como si hilvanara los planos, trabaja una continuidad que aflora desde diversos lugares y en medio de situaciones cotidianas que, entonces y ahora, se sostienen mediante vasos comunicantes. El tiempo se convierte en una experiencia cíclica, de retornos y sensaciones compartidas por personajes de fines del siglo XIX y de la actualidad. Los colores, el arte, los deseos y las circunstancias de la vida forman parte de un conjunto de signos que se retroalimentan con el paso de los años para interpelar a un siglo XXI que parece obnubilado por su propio fulgor, perdido entre un millón de estímulos pasajeros. La historia de Adèle, la búsqueda de su madre y la posible paternidad del famoso pintor Monet son algunos de los ganchos narrativos enmarcados en un momento en que las tecnologías de la visión comienzan a poner en crisis el arte pictórico y, al mismo tiempo, a liberarlo de las ataduras de la mímesis -pasarían todavía algunas décadas para que las vanguardias confirmaran ese movimiento-. Los dos amigos de Adèle, uno dibujante y el otro fotógrafo, dan cuenta de esa tensión, mientras asoma la invención del cinematógrafo.

Pero también están los relatos del presente, sobre todo focalizados en cuatro personajes, cada uno con sus dilemas y conflictos, asociados circunstancialmente en la aventura de reconstruir ese linaje perdido. Quien más se verá impactado será el joven fotógrafo del comienzo y del final. La conexión, incluso chamánica, que mantiene con el pasado le permitirá reformular su vida, su vocación y la propia noción del tiempo. Es en este terreno donde la película, más allá de ciertos resortes emocionales exacerbados, gana en humanismo. Jamás se resguarda en la queja ni levanta el dedo acusador para señalar que todo está perdido. Por el contrario, apuesta por una continuidad de identidades a través del tiempo y por una simultaneidad de experiencias que, con sus lógicas variantes, conectan la existencia de ayer con la de hoy. Lejos del cinismo y de la misantropía que rigen buena parte de las imágenes vendidas y legitimadas como arte serio, la aparente sencillez de Los colores del tiempo se amplifica en la belleza de su estética, pero, sobre todo, en la de sus vínculos.

7 puntos

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant / @el_curso_del_cine

Estrenada en CINEPOLIS ARGENTINA

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