Reseña del noveno Festival Internacional de Cine de Santiago del Estero

La persistencia de la cinefilia

Hace unos días, concluyó la novena edición del SEFF (Festival Internacional de Cine de Santiago del Estero). Quienes se encargan incansablemente, año tras año, de su organización, lo llaman “el más lindo del mundo”. Por supuesto, tienen sus razones. Y quienes gozan de la posibilidad de asistir, pueden comprender el alcance de la sentencia. Todos los que se involucran en la producción dejan lo mejor y son entrañables anfitriones. De allí que ese fuego sagrado que los motiva para continuar cada año sea decisivamente contagioso. Porque, más allá de ciertas limitaciones técnicas y de contar con los recursos justos en lo que concierne a la organización de un Festival de Cine, todo esto queda relegado frente a la cinefilia de sus programadores y al corazón que pone la comunidad de jóvenes para defender y sostener su espacio. Un incesante programa de actividades, totalmente libres y gratuitas, se desarrolló desde el 15 de junio en el Colegio de Arquitectos de la capital. Decoraron el lugar y promovieron la interacción con el público dos muestras muy lindas y la apertura contó con la presencia de Carlos Sorín para acompañar la proyección de La película del rey.

Tuve el gusto de ser invitado y participar como jurado de la Competencia Internacional de Cortometrajes. Con mis compañeros, Andrés Restrepo y Mariano Frigerio, otorgamos una mención a Karies, de Aline Höchli. El corto logra algo difícil: una premisa simple ejecutada con un encanto genuino. La animación en papel y acuarela tiene calidez artesanal, y el humor silencioso funciona muy bien. Una pieza original que valió la pena destacar. El premio principal en este rubro fue para Samba Infinito, de Brasil, dirigido por Leonardo Martinelli. Cuadro a cuadro, la película construye un preciosismo formal a la altura de su objeto festivo, pero nunca complaciente ni ornamental. No evade ni enfría las fuerzas dramáticas y vinculares que el carnaval -y el fin del carnaval- conllevan. Al contrario, compone una fábula melancólica sobre el fervor popular y sobre esa energía que, incluso desacompasada por el dolor de una pérdida, todavía puede purgarnos de él y hermanarnos con los otros.

Un aspecto a destacar sobre la propuesta cinematográfica es la excelente curaduría de sus programadores. En las diversas secciones competitivas, al igual que en las paralelas, se notó un corpus equilibrado, capaz de aglutinar diversas miradas estéticas, de ofrecerle al público la posibilidad de acceder a películas resonantes en otros festivales y de no perder un criterio personal necesariamente en la elección. Más allá de mi tarea como jurado, como espectador pude ver otros títulos que se proyectaron, en medio de actividades organizadas en las que la gastronomía y la cultura de Santiago del Estero me ganaron por completo gracias a la generosidad de su gente. Uno de los largometrajes para destacar es el que, finalmente, se llevó el premio principal en la categoría de ficción. Nomad Shadow, de Eimi Imanishi, se acerca con precisión a un conflicto cultural complejo y aborda la cuestión de los inmigrantes desde un enfoque sólido, sin concesiones, y con una original mirada. Una joven saharaui enfrenta la deportación al Sáhara Occidental y debe readaptarse a su tierra natal, al tiempo que confronta las tensiones familiares provocadas por su partida anterior. Es una película que aborda la diáspora saharaui, evitando caer en los lugares comunes. Se trata de crear una identidad fragmentada y una continua sensación de descentramiento, sin sentir un lugar ni una comunidad como propios. Estéticamente no se distingue de cierta estandarización de patrones que suelen repetirse en los circuitos de festivales, pero su fuerza reside en la permanente tensión que construye progresivamente, focalizada en el punto de vista de la protagonista.

El principal galardón a la categoría de No Ficción fue para 50 metros, de Yomna Khattab. La justificación del jurado se basó en la utilización precisa y sensible del lenguaje del documental para convertir el cine en una herramienta que se hace preguntas sobre su propia vida, preguntas que trascienden la pantalla y se extienden también al espectador. También, por la construcción de un universo íntimo y de personajes complejos y profundamente humanos y por la delicadeza con la que trabaja tanto aquello que se dice como aquello que permanece en silencio. Yomna es la directora que debuta con una película sobre su padre y el equipo de gimnasia acuática que él integra, un grupo de hombres mayores de sesenta años. Un primer eje del documental discurre en el trabajo de metalenguaje: cómo encarar una película, cómo representar el mismo proceso de gestación, el cine dentro del cine, de qué modo articular la primera persona, etc. Pero el verdadero motor es la relación padre e hija. Interesante abordaje. Lo mejor se encuentra en los detalles. Lo más flojo en cierta voluntad enunciativa que la acerca a un peligroso narcisismo.

El premio del público fue compartido. Nuestra tierra, de Lucrecia Martel, fue una de las elegidas. Película muy discutida, incluso por los incondicionales de la directora. La honestidad de Martel es no sesgar la mirada ni desligar responsabilidades. No necesita gritarlas. No es un documental realizado en función de la urgencia ni del imperativo del reality. A la negación verbal de las instituciones ensuciadas de corrupción y de maniobras de aniquilamiento, le opone las imágenes y los hermosos primeros planos de los comuneros. A las múltiples maneras de usurpación territorial, lingüística y verbal (de decretos, medios periodísticos engañosos y papers académicos) las enfrenta con la belleza de una tierra y de sus ancestros, pero no desde la tramposa evocación de tiempos inalcanzables, sino desde un presente y una actualidad que interpelan, que buscan el diálogo e invitan a la discusión sin el disfraz de la paráfrasis ni de los lugares comunes. Pero, más allá de lo ético, hay una forma que replica ciertos contenidos vistos en su trilogía inicial. La actitud de encubrimiento social que bien podía advertirse en La ciénaga, La niña santa y La mujer sin cabeza, como red de complicidades, en este documental se abre a un lugar más visible, más popular, porque, en definitiva, se trata justamente de nuestra tierra.

La otra película más votada por la gente fue Nueve auras, de Mariano Frigerio, un realizador que parece haber encontrado hasta ahora la veta para explorar el universo de la repercusión y la memoria larga de títulos emblemáticos en la historia del cine argentino. En este caso, la figura involucrada es Fabián Bielinsky. Se trata de un rescate emotivo donde se encuentran muy bien ensambladas las locuciones con las imágenes de archivo. Al mismo tiempo, permite entrever un perfil más completo del que teníamos. Tal vez la parte de El aura resulte un poco forzada, pero ameritaba su inclusión por la grandiosa anécdota de Darín con los ciervos. Los testimonios de la mujer y el hijo de Bielinsky son hermosos.

La actual predisposición hacia el gesto enfático de la crítica argentina, ligera y no exenta de oportunismo, ha elevado a las esferas de la conveniencia a La noche está marchándose ya, la película de Ramiro Sonzini y Ezequiel Salinas. Este mecanismo de consagración inmediata no parece estar justificado necesariamente por la emoción, por la eficacia misma de su cinefilia, sino por la exigencia reductiva de querer encasillarla como crónica de un desastre político o la desintegración de la Argentina. La realidad que Sonzini y Salinas proponen se funda en la confianza con el medio que manejan. No sobreabundan los diálogos redundantes y eligen los hechos que importan. Del mismo modo, no les exigen nada a cambio a los personajes que capturan con la cámara. Entendemos que todos están atravesados por la precariedad laboral, pero también que hace falta una persona para que el mundo amistoso se organice más allá de cualquier aparato institucional ominoso. Allí donde escasean las habituales diatribas verbales toscas y quejumbrosas, sabroso caldo de cultivo para los enfáticos de turno, la película se agiganta en el modo en que da cuenta visualmente de los vínculos entre los personajes, a partir de pequeños gestos, alejados de toda ampulosidad discursiva. No obstante, hay algo en la construcción del Pelu, el protagonista, que contradice las lecturas consagratorias de la resistencia. Se trata, ni más ni menos, de un joven que vive obligadamente en una sala mítica de Córdoba, que ve películas, que lee, y termina en un lugar de resignación absoluta. Lejos está esa situación de cualquier revolución política.

No matar se llama el largo y controvertido documental de Juan Villegas. Todas las discusiones que se suscitaron a partir del contenido verbal y de quiénes son entrevistados, todas las disputas acerca de la memoria y los diversos posicionamientos políticos no logran omitir algo evidente: lo que se ve durante casi cuatro horas no es diferente a un podcast filmado, a fragmentos de libros evocados o un extenso video de Youtube. Muy pobre y perezosa la puesta en escena, muy lejos del cine. El montaje parece arbitrario, el modo en que intervienen las referencias bibliográficas parece una decoración de lector (mal) ilustrado. Sin embargo, quienes la acusan de oportunista, deberían revisar sus intervenciones críticas en otros momentos de la Argentina donde se consagraban propuestas documentales igual o más oportunistas.

Por último, Alberdi en el espejo, de Fabián Soberón, tiene un punto de partida más que interesante. Un titiritero atraviesa una crisis vital y encuentra la posibilidad de representar a Alberdi en una obra. Su novia le ha dicho que se parece bastante a él. La película representa la caída del personaje en una obsesión que consume su energía vital y complica su existencia. Al mismo tiempo, conjuga la puesta en escena de la Historia con la Ficción propiamente dicha. El problema es que nunca logra salir del lastre teatral, sumado a algún registro actoral que no termina de convencer en términos dramáticos.

Quienes llevan adelante la organización del SEFF ya trabajan con la mirada puesta en una décima edición que, prometen, será especial. Todo indica que así será. No solo por la calidad de una programación que año tras año consolida una identidad propia, sino porque el festival demuestra que todavía existen espacios donde el cine importa antes que la pose, la conversación antes que el marketing y la hospitalidad antes que el prestigio. En tiempos en que buena parte de la experiencia cinematográfica parece reducirse al algoritmo o a la lógica del evento, el SEFF recuerda que un festival también puede ser una comunidad. Y acaso allí resida su mayor virtud: en hacer que, durante unos días, el cine vuelva a sentirse como una celebración compartida.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant / @el_curso_del_cine

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