Festivales: Dos rostros, tres películas de Rotterdam

DOS ROSTROS, TRES PELÍCULAS DEL FESTIVAL DE ROTTERDAM

La última edición del Festival Internacional de Cine de Rotterdam, a juzgar por el menú de películas ofrecidas, confirma dos tendencias propias de este tipo de eventos: la medianía de la competencia oficial y el carácter inconmensurable de la programación. Si bien siempre es un gesto saludable la existencia de rutas alternativas para explorar el estado del cine contemporáneo de autor, a veces, los filtros escasean y los rellenos asoman, descarados, para mostrar más de lo mismo. Basta echar una mirada a la película que se llevó este año el premio mayor, Radio Dreams del iraní Babak Jalali, ligada a la reconocible pose indie de tantos otros productos que establecen a esta altura un canon cuyas reglas son aptas para formar parte de festivales. Aquí, un respetado músico iraní se instala en San Francisco y se convierte en el jefe de programación de una radio. A pesar de su talento y sensibilidad para incluir textos poéticos y reflexiones que le permitan conectarse con otros compatriotas en esta lejana tierra, debe someterse a los arbitrarios designios de los gerentes que le obligan a poner avisos sobre pizzas y otras banalidades. El interés comercial de la radio choca contra los osados movimientos de Hamid. En medio de este panorama decepcionante, el protagonista tiene una jugada maestra que es juntar a la banda de rock más conocida de Afganistán con Metallica en una Jam Session. Sin embargo, la demora de Lars Ulrich (el baterista) pone en jaque la paciencia del protagonista, sumido en la melancolía y el desarraigo.

Jalali combina, no siempre de manera acertada, una mirada cool con pasajes de verdadera inspiración. Estos nacen en el momento en que Hamid recita poemas de autores ignotos y se desempeña en el marco radial como un auténtico transgresor, depresivo, como si fuera una estrella dark de culto. El tono azulado de las imágenes acompaña el registro cotidiano de una existencia signada por la melancolía y la confrontación. El clima de sus programas se corta con una serie de horribles comerciales que despojan sus pretensiones de trascendencia. Sucede que el perfil de Hamid nada tiene que ver con la lógica de lo mismo que plantea la radio y por ello sus ideas se transforman en aquello que anticipa el título del filme, sueños. El montaje que propone Jalali es fragmentario y da lugar a pequeñas situaciones propensas a destilar un humor soterrado. Hay que decir que el trabajo de sonido y musicalización es notable y está dirigido a correr la puesta en escena de carriles convencionales para destacar el artificio de manera permanente.

Entonces, ¿cuál es el problema de Radio Dreams? Estar sujeto a una pose cool, estática, donde la pericia técnica destrona cualquier atisbo de humanidad en los personajes, chatos, sin matices. La postergación del famoso encuentro entre bandas, lejos de establecer el suspenso, se convierte en un mecanismo de dilatación sin alma y entonces esta reflexión asordinada sobre el sentimiento de exilio se consagra solo a una superficie formalmente ombliguista. Cuando se leen los argumentos por los cuales se decidió premiar la película (“reflexión sutil y llena de humor sobre la alienación de un grupo de marginados en una cultura extranjera”) se entiende de qué manera sigue prevaleciendo en los festivales europeos la necesidad de legitimar historias digeribles para una óptica contenta de asimilarlas sin que dañen conciencias, en una tranquila generalización (nótese la indeterminación de palabras como “grupo de marginados” y “cultura extranjera”, el baúl conveniente para mandar todo lo que parezca exótico).

Ante el adocenamiento de propuestas como la película ganadora, el antídoto rabioso hay que buscarlo en secciones paralelas, escondidas, que incluyen filmes que han escapado de la atención en otros festivales pero que representan zonas más estimulantes. No tienen prensa y en ocasiones quedan relegados con el rótulo de experimental en las fichas técnicas, como si eso constituyera un pecado capaz de espantar a espectadores más avezados en lugares seguros. Hubo otros rostros dentro del monumental menú de Rotterdam (disponible también en plataformas virtuales) más cercanos al cine que a la pose, cuyos riesgos están por encima de alternativas que, vistas en cantidad y en el corto lapso de una semana, se transforman en un eslabón más de una cadena de repeticiones. The Exquisite Corpus de Peter Tscherkassky es un saludable gesto de renovación al respecto. En este caso, el título de la película remite a la idea surrealista de cadáver exquisito solo que en vez de palabras hay libre yuxtaposición de imágenes sobre la pantalla. Por ende, la vista nunca está obligada a fijarse en un punto ni a establecer cómodos vínculos referenciales. En este notable trabajo, lo sensorial y lo estético predominan ante cualquier conceptualización. Imágenes edénicas en blanco y negro de una pareja desnuda son el puntapié para un ejercicio de found footage donde una situación recurrente (aquí una mujer tendida en la arena) genera cierto suspenso en su resolución. En el medio funcionan sobreimpresiones de cuerpos, recomposición plástica y recontextualización de imágenes eróticas, siempre con el objetivo de transgredir la posibilidad de entender el dispositivo cinematográfico como registro de lo real. Hay en ello un gesto político, si se quiere, a partir de una necesidad por actualizar el carácter materialista de las vanguardias del veinte y una fascinación por el funcionamiento mismo del cine como lenguaje. La seducción sensorial se completa con una banda de sonidos naturales que forman parte del notable soundtrack de Dick Schafer.

Gesto político también es el que manifiesta la notable Toponimia de Jonathan Perel. Su terreno no es la proclama verbal sino la confianza en las imágenes como portadoras de significación, sin subestimar al espectador y con inteligencia. El título, disciplina que estudia el origen etimológico de nombres de lugares, es el puente que traza Perel para introducirnos en una película de espacios significativos desde donde interrogar el pasado. En este caso son poblaciones de la parte oeste de Tucumán, fundadas por el gobierno militar a mediados de los setenta en el marco del Operativo Independencia para eliminar a grupos guerrilleros. Los materiales son fotos, actas, mapas, archivos variados, signos de una escritura tendiente a eliminar las posibles acciones subversivas. Pero lo notable de Toponimia lo constituyen las imágenes del presente. Barrios, comisarías, estatuas, que se erigen como huellas escalofriantes de un pasado latente donde la amenaza jamás se pierde y por ende la intencionalidad es hacerla visible. El mecanismo es similar al final de El eclipse de Antonioni: los lugares persisten más allá de las personas, con su peso simbólico y su gravitación, solo que aquí, remiten a la ominosa labor del terrorismo de Estado.

Y son los espacios los que conforman el registro enunciativo del documental, pero también los sonidos que marcan el contrapunto entre la inocencia y la calma de la naturaleza, inmersa en la lógica del devenir cotidiano, y el siniestro estatismo de los signos militares inscriptos a la luz del sol en monumentos y placas destinados a celebrar “la gloria del ejército argentino”. Nunca son puestos en un entorno turístico: están, permanecen espectralmente. Y si el director escoge la reiteración como recurso para abrir cada capítulo, la insistencia opera con un efecto de perversidad que, extrapolado, remite al origen de los operativos fundacionales de cada pueblo de la zona, consagrados a los mismos rituales y destinados a consagrar la memoria de los militares que perdieron la vida en combate con la guerrilla. Se trata de una particular forma de introducir la supuesta civilización en medio de la barbarie, arrasando todo signo que se encuentre y sustituyéndolo a la fuerza. Perel traza ese imaginario de manera impecable y con una inteligencia que jamás desconfía de las imágenes. Sus planos/viñetas son el elocuente móvil para construir un gesto político y poner la cámara a la altura del discurso: la mirada hacia un orden aberrante, instituido en documentos que preceden a la realidad geográfica y confirman el plan de exterminio.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

 

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