Crítica: Sirât (2025), de Oliver Laxe

Sirât (España / Francia – 2025)
Cannes 2025: Premio del Jurado
Chicago 2025: Hugo de oro (Mejor película)
Denver 2025: Premio Krzysztof Kieslowski (Mejor película)

Dirección: Oliver Laxe / Guion: Oliver Laxe, Santiago Fillol / Producción: Agustín Almodóvar, Pedro Almodóvar, Domingo Corral, Xavi Font, Esther García, Oliver Laxe, Oriol Maymó, Mani Mortazavi, César Pardiñas, Andrea Queralt / Fotografía: Mauro Herce / Montaje: Cristóbal Fernández / Directora de Arte: Laia Ateca / Intérpretes: Sergi López, Bruno Núñez Arjona, Stefania Gadda, Joshua Liam Herderson, Richard ‘Bigui’ Bellamy, Tonin Janvier, Jade Oukid / Duración: 115 minutos.

Podemos partir de una observación en relación al cine actual: existe una especie de disputa estética por mostrar un estado terminal del mundo, un lugar cada vez más inhabitable, inestable e incierto. La diferencia radica en que algunas películas se permiten introducir algún mecanismo reparador que habilita un dejo de esperanza, sin necesidad de patearle la cara al espectador ni de subestimar o agredir su sensibilidad. Otras, en cambio, funcionan a base de un descenso progresivo hacia el infierno, acumulan sordidez y se refugian en patrones formales sólidos. Mientras las primeras apelan a ciertos restos de humanidad y confían al menos en una persona para salvar a otras, las segundas transforman a los personajes en móviles para que tal director o directora se luzcan detrás de cámara a favor de los conceptos y de una belleza que se pretende cautivante. En ambos casos, el imaginario del fin es una tentación, como también lo es la pérdida de la fe en lo colectivo. En Sirat: Trance en el desierto(2025), Oliver Laxe le hace decir a uno de los personajes “hace mucho que es el fin del mundo” y en esa declaración se concentra uno de los motores de esta trama, vinculado a una clase de neodeterminismo, la posibilidad de que siempre se desencadene algo fortuito, sin previo aviso. Esta lógica le permite al realizador español incluir a su antojo algunos estallidos o golpes de shock, de esos que permiten la sospecha y develan el engaño: el impacto ya no se corresponde con la genialidad sino con la trampa del efectismo. Entonces, cualquier intento por ofrecer una cinematografía del afecto y de la reparación de vínculos es ofrecido al sacrificio de la inmediatez del sufrimiento.

El epígrafe que explica el título es un aviso: “Existe un puente llamado Sirat que une infierno y paraíso. Se advierte al que lo cruza que su paso es más estrecho que una hebra de cabello, más afilado que una espada.” Inmediatamente comienza una secuencia que confirma la habilidad de Laxe como documentalista. En medio del desierto de Marruecos una torre de parlantes da vida la música y una celebración masiva se mueve compulsivamente, participando de un ritual pagano frente a esos dioses mecánicos, erigidos de modo similar al enorme monolito que Kubrick ofrendó en 2001: una odisea del espacio(1968). A medida que transcurren los créditos, se recortan las criaturas que serán parte del viaje posterior. El carácter festivo de la Rave es una huida del mundo civilizado, un trance colectivo despojado de coordenadas físicas, como si el culto a Dionisio hallara un símil contemporáneo en una delgada frontera entre lo grotesco y lo trascendente. En medio de la euforia, un padre, un niño y su perro buscan a una hija desaparecida hace unos meses. Tienen el dato de que puede estar allí, pero la búsqueda no solo se vuelve infructuosa, sino que se interrumpe cuando llegan autoridades militares y evacuan el lugar por seguridad. A partir de ese percance, la trama da un giro y propone un viaje hacia otra fiesta. El padre, el niño y el perro se unen a un grupo y emprenden un trayecto que, por momentos, parece contagiarse de la fiebre y del terror de El salario del miedo (1953), el clásico de Clouzot. Es allí donde el desierto se convierte en una jaula de infinitas proporciones y la película apunta a una dirección insalvable: la acumulación de sordidez, esa moneda que tan bien cotiza, y que despierta la duda: ¿lo formal disfraza lo intrascendente o construye un objeto artístico trascendente? En la disputa por el gusto, las aguas se abrirán como a Moisés. ¿Hibridez genérica o deriva narrativa?

Laxe persiste en un frasco estético importante y guarda en el mismo dos o tres golpes al pecho al borde de los soportable. El disfraz conceptual de la película es la necesaria máscara para tapar el vacío discursivo, el mismo que pregonan tantos pensadores con sus diagnósticos terminales acerca del presente. Y con ello, con esa especie de resignación melancólica, se niega la capacidad del hombre de superar su propia historia.

Sirat se inscribe así en una tradición del cine contemporáneo que confunde lucidez con fatalismo y radicalidad con castigo. Allí donde el tránsito entre infierno y paraíso podría abrir una zona de ambigüedad fértil, la película opta por clausurar el recorrido en una experiencia de desgaste, como si no quedara ya nada por atravesar. El problema no es el diagnóstico oscuro, sino la renuncia a imaginar una salida, incluso mínima, incluso frágil. En ese gesto, más que interpelar al espectador, se termina confirmando el mismo callejón sin salida que dice denunciar, con la obvia metáfora del tren hacia el final.

Puntaje: 5.0

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant / @el_curso_del_cine

Estrenada en CINEPOLIS ARGENTINA

Artículos recientes

Artículos relacionados

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí