MDQ31: Reseña de los filmes de Jim Jarmusch

Lado A: Paterson

Paterson es el nombre del protagonista, un chofer de colectivos que vive con su novia y un perro muy particular, y también del pueblo que habitan en New Jersey, exponente de la América profunda. Su vida transcurre entre la rutina laboral, hogareña y los intersticios que le sirven para anotar poemas en una libreta. Con estos escasos elementos Jarmusch narra una historia cuyo tono homenajea a una tierra de escritores inspirados. Cuando las imágenes muestran la monotonía de la ciudad se ve que no puede haber otra cosa que enfrentarla con literatura y con esas imperdibles conversaciones que los personajes mantienen en un espíritu de camaradería que no da lugar a la clásica mirada de buenos y de malos. Si hay algo que poseen las criaturas de Jarmusch es humanidad, nobleza y sensibilidad. De allí que el ritmo de la película siga una especie de cadencia poética y conserve una sobriedad que no da lugar a exabruptos emocionales. Todo aparece en su justa medida. Paterson trabaja y desea que las horas pasen para poder escribir y estar con su novia, anclada en pequeños sueños de grandeza gastronómicos y musicales. Es un sujeto perceptivo, capaz de asombrarse por las constantes duplicidades que la realidad del lugar le ofrece (nótese la galería de personajes idénticos, una influencia acaso de la fotógrafa Diane Arbus) y de crear sus versos mientras maneja. Al mismo tiempo, cada aporte sonoro de los pasajeros en el colectivo favorecerá su propio universo de interpretación. Por otro lado, la lógica minimalista de la repetición de los días y de los actos siempre agrega casi imperceptiblemente signos que se suman para dar paso a variaciones dentro de una misma melodía narrativa. Pero hay algo más: la visibilidad del mundo del trabajo y la posibilidad de conectarlo con la poesía. Hay allí una relación interesante entre poseer conciencia de una situación social y un amplio margen de inseguridad en torno a la creación. Paterson no quiere dar a conocer sus poemas a pesar de la insistencia de su novia. En un momento, pierde todo lo escrito en la libreta y, lejos de dramatizar el hecho, continúa con su carácter melancólico y sus lacónicas frases. Un encuentro lo motivará a empezar de nuevo.

Justamente, empezar de nuevo es el leitmotiv del filme. Cada episodio arranca con la misma escena y reitera el itinerario: el levantarse, iniciar el día, intercambiar algunas palabras con un compañero de trabajo al que siempre le va mal, permanecer en el ómnibus, observar, regresar, pasear al perro y estar con su mujer. En esa rutina las variaciones pasan por la escritura, por esos versos que se van sumando a medida que transcurre el tiempo, y por pequeños hechos que no son significativos en apariencia pero funcionan como leves cambios existenciales. Con parsimonia y mucho cuidado en el manejo de la cámara, la película fluye cómodamente adormecida, al igual que los soñolientos personajes. Y se vive como tal.

Lado B: Gimme Danger

En Gimme Danger, dos cosas quedan bien claras. Una que Iggy Pop es el desafío encarnado a la muerte, el tipo que se le rió a la parca y que sigue riéndose a partir de concebir la vida como una permanente patada en los huevos a la corrección. Otra, que el canoso director no puede esconder su fanatismo por los Stooges.

Si hay algo que tienen los documentales relacionados con el mundo de la música es el hecho de compartir rasgos genéricos con las películas de gánsters en la medida en que son propensos a narrar historias de ascensos y de caídas, de acceso a la fama y al infierno de los excesos. La diferencia en este caso es que la mirada de Iggy es totalmente desenfadada y más cercana a la comedia anárquica de los hermanos Marx. La evaluación de los hechos que hace de su vida evita cualquier atisbo de emoción tramposa y en todo caso apunta a una actitud verdaderamente punk. Valgan dos ejemplos. Cuando habla de sus orígenes, de la búsqueda de un rumbo musical que lo distinga dice “Fui a la playa, me fumé un porro y me di cuenta de que no era negro”, reflexión que sirvió como motor para la formación de The Stooges. Más adelante, en otro momento en el que el espectador pone todas sus expectativas (el encuentro con Bowie) refiere “Entonces fui al club. Conocí a Bowie y…era…cool” La sardónica parquedad de la declaración echa por tierra todo deseo de otorgarle trascendencia y protagonismo al duque blanco y a la situación. Así de simple y directo se muestra la iguana. El resto es un compendio de escenas alocadas, de los cambios que sufrió la banda y de información sobre cada uno de los miembros, pero lo mejor y lo que queda es el marco de enunciación con el rostro de Iggy y su sonrisa de viejo zorro contando las jugosas anécdotas. Esto solo alcanza para sostener el documental y volar a escuchar los discos.

Por guillermo colantonio
@guillermocolant

Podría interesarte

Escribe un comentario

No publicaremos tu mail