Crítica: El Ídolo (2015), de Hany Abu-Assad

El Ídolo / Ya tayr el tayer (Palestina / Holanda / Reino Unido / Qatar / Emiratos Árabes – 2015)

Dirección: Hany Abu-Assad / Guion: Hany Abu-Assad, Sameh Zoabi / Producción: Ali Jaafar, Amira Diab / Fotografía: Ehab Assal / Música: Hani Asfari / Intérpretes: Qais Atallah, Hiba Atallah, Ahmad Qassim, Abdalkarim Abu Baraka, Tawfeek Barhom, Saber Shreim, Ahmed Al Rokh, Nadine Labaki / Duración: 100 minutos.

SUEÑO DE VOCES

Una mezcla de rebeldía, pasión e ingenuidad. Este es el combo que articula la parte inicial de The idol, el primer largometraje de ficción rodado en Gaza en 20 años, que toma como centro la historia del ganador del Arab Idol 2013 Mohammed Assaf.

Situada en los primeros años de la década del 2000, la película muestra la infancia de Mohammed, de su hermana Nour y de dos amigos desde la cotidianidad pero con matices de indisciplina, que encuentran su punto máximo en la conformación de una banda.

La segunda parte, más cercana en el tiempo, inicia en la juventud de Mohammed, bastante más alejada de los sueños infantiles y con un mayor anclaje histórico y político, aunque sin mostrar una postura o una línea ideológica. Sin embargo, el hecho que rompe la monotonía del trabajo como chofer y su carencia de motivación es la propaganda del casting de Arab Idol que se llevaría a cabo en El Cairo.

Más allá del poder enunciativo que implica la huida a Egipto y los obstáculos que el protagonista debe sortear para conseguir una vacante y participar en el concurso y de ciertos momentos efectistas y emotivos que se despliegan a lo largo de toda la película, el trabajo más interesante de Hany Abu-Assad (Omar, Paradise Now) se concentra en al comienzo, en ese contraste de rebeldía e ingenuidad de los chicos y en la conformación de la banda, la cual no sólo expone la necesidad de ser escuchados, sino la determinación para conseguir aquello que se desea.

Ese mismo valor se acentúa en el mantenimiento de Nour en el grupo –a pesar de ser una chica–, en el esfuerzo de Mohammed para conseguir dinero para afrontar un duro momento familiar, en el de los cuatro para comprar los instrumentos o dentro del hospital; una característica que parece un tanto extraña hacia los adultos pero de suma importancia para los niños.

En la última parte, el director opta por mostrar material de archivo tanto de la ceremonia final como del efecto producido en las calles de Gaza, una celebración que deja de lado, por un momento, las divisiones y los enfrentamientos para aunar al pueblo en un festejo común y en la identificación con una voz; una voz que inicia un camino hacia otros países pero que, a pesar de las circunstancias, mantiene ciertas restricciones en su propia tierra.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

 

70%
  • Nuestro Puntaje
Podría interesarte

Escribe un comentario

No publicaremos tu mail