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Crítica: Volver a empezar (2016), de Bavo Defurne

Volver a empezar / Souvenir (Bélgica / Francia / Luxenburgo – 2016)

Dirección: Bavo Defurne / Guion: Bavo Defurne, Jacques Boon, Yves Verbraeken / Música: Thomas M. Lauderdale, Pink Martini / Fotografía: Philippe Guilbert / Montaje: Sophie Vercruysse / Intérpretes: Isabelle Huppert, Kévin Azaïs, Johan Leysen, Jan Hammenecker, Benjamin Boutboul, Anne Brionne, Carlo Ferrante, Muriel Bersy, Fanny Blanchard, Thomas Coumans / Duración: 90 minutos.

ESENCIA INTACTA

¿Quién no alcanzó un lugar en el que se sentía pleno/a y, de golpe, lo perdió todo? O peor aún, se resignó a pasar desapercibido/a por el resto de su existencia como si nunca hubiera conocido nada mejor. Lilian experimentó el éxito y amor del público cuando era cantante de Eurovisión, hasta que un dichoso concurso le arrebató lo que había conseguido. Incluso, su representante y marido Tony Jones la dejó. Entonces, no se supo más nada de aquella mujer que cantaba de forma dulce repitiendo movimientos esquemáticos de las manos y brazos.

“¡Yo digo sí!”

En la actualidad, todas sus acciones son mecánicas: levantarse, ir a la fábrica, decorar con hojas de menta y frutos cada comida, almorzar, salir a la 17, subir al micro, tomar whisky o alguna bebida alcohólica mientras ve un programa de preguntas y respuestas en la casa, y acostarse. Una rutina solitaria –nadie se sienta con ella en los almuerzos o en el colectivo–, inmersa en la oscuridad del ámbito privado y en la luz cegadora y artificial de la fábrica. Hasta que un nuevo y joven empleado la reconoce. Es ella, la auténtica Laura, la cantante que su padre admiraba y que le hizo familiarizarse.

“¡Yo digo sí!”

Volver a empezar  (Souvenir en la versión original en referencia a su hit), trabaja a partir de los polos brillo/decadencia, madurez/ juventud, miedo/amor desde dos perspectivas: la relación que se entreteje entre los protagonistas y las formas de cada uno de habitar el espacio del otro. Más allá de esto, el vínculo entre ambos no termina de destacarse quedando chato en varias situaciones y hasta predecible.

“¡Yo digo sí!”

La metáfora utilizada por el director Bavo Defume –y que se tornará un motivo recurrente– son las burbujas; tan ligeras, inquietas, efervescentes y alborotadas, que, desde el comienzo, emergen en la presentación desde diferentes ángulos para anclarse en un vaso con medicamento para calmar la acidez. Sin embargo, durante el transcurso de la película, estas no hacen más que resignificarse y acompañar los cambios que atraviesa Lilian: desde la soledad de su casa, la posibilidad de volver a ser feliz, el símbolo de la fama y del exceso.

“¡Yo digo sí!”

Otro elemento que aparece de forma esporádica y subraya la monotonía de la vida de la protagonista son los pequeños travelings de la cinta que transporta las entregas de comida del sector en el que trabaja, o de las viandas de cada empleado, en las largas mesas así como la mostración de objetos específicos como el reloj que marca el final de la jornada.

“¡Yo digo sí!”

Las burbujas revolotean con más intensidad que nunca. Es hora de gritar con el alma: “¡Yo digo sí!”

Por Brenda Caletti
@117Brenn

60%
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