Crítica: Vapor (2016), de Mariano Goldgrob

Vapor (Argentina – 2016)

Dirección y Guion: Mariano Goldgrob / Fotografía: Soledad Rodríguez / 
Edición: Francisco Vázquez Murillo / Dirección de Arte: Guadalupe Arriegue / 
Sonido: Francisco Seoane / 
Producción: Rita Falcón / Intérpretes: Julia Martínez Rubio, Julián Calviño / Duración: 70 minutos.

APARIENCIA NOCTURNA

Vagabundeo. Una caminata sin razón ni rumbo, con la única certeza del prolongamiento y la sucesión de lo místico, del fragmento, de lo oculto, de recuerdos, de lo ambiguo, ideas, sueños, sensaciones envueltas en el velo de un reencuentro inesperado.

En su primera película de ficción, Mariano Goldgrob crea un universo, en el que los personajes se sostienen mediante dos aspectos: por un lado, lo evidente reflejado en el calor sofocante y en las calles desiertas de distintos barrios porteños. Este último punto funciona como bisagra porque si bien se pueden identificar algunos nombres de calles, estaciones de subte o infraestructura con los barrios, hay un fuerte trabajo para volverlos no-lugares.

Por otro, lo inasible presente en las anécdotas, en ciertas acciones y, sobre todo, en el estado de permanente ensoñación que ambos atraviesan durante toda la noche; un diálogo entre dichas cuestiones y la cámara que se convierte en el tercer personaje.

Vapor, lejos de apostar por las explicaciones se deja llevar por la inercia de la ciudad en un recorrido sin ataduras, que se modifica de forma constante así como también por la condición de posibilidad tanto de lo que es como de lo que podría ser.

El amanecer borra los últimos vestigios de sopor, de luces centellantes y de confidencias. Ahora poco importa la sucesión de fragmentos ambiguos y los saltos temporales de la charla porque las imágenes se vuelven nítidas, ordenadas y discernibles. El otro universo despierta: es tiempo de andar con un sentido y en una única dirección.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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