Crítica: Un amor imposible (2018), de Catherine Corsini

Un amor imposible / Un amour impossible (Francia / Bélgica – 2018)

Dirección: Catherine Corsini / Guion: Catherine Corsini, Laurette Polmanss, basada en el libro homónimo de Christine Angot / Producción: Elisabeth Perez / Fotografía: Jeanne Lapoirie / Música: Grégoire Hetzel / Montaje: Frédéric Baillehaiche / Intérpretes: Virginie Efira, Niels Schneider, Jenny Beth, Estelle Lescure / Duración: 135 minutos.

Nota del Editor: Esta crítica contiene spoilers.

La realizadora francesa Catherine Corsini que mantengo presente por su anterior filme, Tiempo de revelaciones (La belle saison – 2015) vuelve a la pantalla en este nuevo relato con una nueva apuesta al melodrama adaptando la premiada novela homónima de Christine Angot. Aunque en ambas el correlato argumental es el mismo, o casi, las diferencias son tantas, y nada favorables al abordaje del filme que sería más pertinente dejarlas ahora a un lado para no centrar el breve análisis en una comparación entre el texto germinal y su fruto cinematográfico.

La trama expone la vida una hermosa joven judía, Rachel, de clase trabajadora que se enamora de un galán parisino que trabaja temporalmente en el lugar y que pertenece a una clase social por lejos más alta que la mencionada jovencita. Pero este enamoramiento erótico y veloz termina cuando él debe regresar a París y ella decide quedarse allí, en su pueblo. Al descubrir que lleva un hijo de ese joven en sus entrañas busca contactarlo y pedirle le de su nombre al niño por venir, a sabiendas de que él jamás aceptaría casarse. El hombre rechaza su pedido y esa hija, llamada Chantal, es registrada como de “padre desconocido”.

Años después, ya entrada la juventud de Chantal su padre reaparece y entabla una relación paterno filial, pero aún cuando finalmente accede a reconocerla legalmente el vínculo con esa hija de clase proletaria nunca será el mismo que con la familia de clase alta que ha consolidado en esos años de distancia. Poco a poco el padre incluye a su hija en el mundo de la cultura y la vida cosmopolita. Pero, ese vínculo que Rachel cree un logro afectivo encierra un siniestro secreto que marcará la vida de esas dos mujeres para siempre.

El relato puede ser sintetizado muy económicamente en estas líneas, juega en dos terrenos que son nichos del melodrama: el amor romántico fallido y la relación parental, más focalizada en el filme entre madre e hija a la hora de exponer las escenas de conflicto, violencia o desencuentro que en las del padre, que aparecen fragmentarias y el espectador debe completar a partir de esas intencionadas omisiones. La figura de la mujer-madre, ocupa un espacio central en el relato articulando una idea de madre-épica a la hora de sostener a su hija en este mundo, lograr darle una identidad, crearle un entorno de pertenencia y todo lo que al universo de la protección maternal míticamente concierne. Pero esta meta épica termina siendo una venda que ciega a la “gran madre” frente a una realidad oscura y perversa que se le impone frente a los ojos y que ella reniega de ver una y otra vez.

Esta mujer – madre en la piel de Virginie Efira tiene la sensualidad ideal para proponer la figura de una mujer bella y deseante, pero no es territorio fértil para presentar la complejidad que materializa a esa madre, obstinada por darle un padre a su hija a la vez que vive a ciegas hundida en la nebulosa de ese amor, más bien de ese deseo maldito, el cual que le impide ver en manos de quién está entregando a su preciada hija.

El relato lleva como voz narradora la de Chantal, hoy mujer, que hace este gran racconto de la vida de sus padres y de su vida, por lo cual aquello que ella omite no se nos narra, no lo vivimos solo lo podemos inferir, hete aquí la fatal diferencia con la novela que no usa a la joven de narradora por lo que nos permite entrar en los oscuros intersticios de la relación patológica con su padre sin vergüenza ni temores.

Filmes de este modelo, o sea, con mucha carga argumental o como algunos dicen con “mucha narración” pecan de dejar afuera toda la fuerza del hecho estético del lenguaje cinematográfico, y a veces hasta se reduce al solo esfuerzo de ilustrar mejor o peor los pasajes planteados en el guion. Un poco esto sucede en el filme de Corsini que cuenta con muy pocos momentos de expresión genuinamente cinematográfica.

El final en el que Chantal, ya toda una mujer, habla con su madre para exponer su reveladora reflexión sobre la relación siniestra con su padre es uno de los momentos de mayor actualidad de todo el filme. Una puesta en palabras de lo que puede significar vivir atrapada en un esclavizante incesto.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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